Continúo con el cuarto capítulo, que espero que os guste como siempre

-- La fiesta del asesino --
Las murallas de la ciudad se veían desde la embarcación. Estaba atardeciendo. Era una estampa bella y agraciada. La ciudad siendo engullida por el crepúsculo.
Después de todo lo vivido en el templo por fin estuve aliviada. Además de que Zärven estaba a mi lado.
Ya se acercan las dos lunas – Habló Zärven, con su mirada perdida en el ocaso.
Gran acontecimiento.
En Kling se celebra un festival en honor a ello.
¿Creo que el signo de la ciudad son las dos medialunas?
En efecto.
Encontré a algunos cadáveres en el templo con las lunas dibujadas en la armadura – Me apené.
Eso ya es agua pasada. No volveremos jamás a ese santuario maldito.
Como siempre, Zärven tenía razón. Pensar en ello sólo me acarrearía problemas y dolores de cabeza.
Arribamos al fondeadero que había en la ribera del río.
Fuimos directos a la ciudad.
Sin duda, los ciudadanos de Dalea-Imperá estaban deseosos del festival que se avecinaba. La ciudad entera estaba revolucionada.
Tanto ricos como pobres dejaban sus diferencias para hacer de ese festejo algo maravilloso.
Sin querer, llegué a tropezarme con un niño pequeño. Estaba muy concentrada en lo que veía a mí alrededor.
Disculpa, ¿estás bien?
Sí, no es nada Aelenta.
¿Cómo sabes mi nombre…?
Me percaté de que se trataba nuevamente del dios Tar. Zärven también estaba allí, y aunque anteriormente ya se había encontrado con el dios, no pudo evitar emocionarse.
Bendito seas que nos honras con tu presencia – El comandante se postró ante el niño, bajo la mirada de muchos ciudadanos curiosos.
Zärven, me estás dejando en evidencia – Contestó un poco avergonzado el dios.
¡Recuerdas mi nombre! – El comandante no podía aguantar tanto júbilo.
Sus ojos expresaban agitación y conmoción.
Dejemos a Zärven – Me dijo – Veo que habéis regresado sanos y salvos.
Ha sido una experiencia horrible y terrorífica – Suspiré.
Lo importante es que estáis vivos. A mi padre esto le cabreará mucho.
¿Tu padre?
Sí, Üjiel. La chica fantasmal que viste era Soelia, la demonio del terror.
Ahora todo encaja – Me acordé del ritual que vi en uno de los altares.
Me alegro de que estéis bien – Esbozó una sonrisa.
Es todo un honor recibir elogios de un dios.
Zärven volvió.
Me gustaría acompañaros durante el festival. Quisiera ver como se divierten los humanos.
El comandante quedó petrificado.
Tar era también el dios de las fiestas. Quizá acompañarnos le serviría para comprender como nos divertimos.
Bueno… sí que puedes, pero antes tenemos que visitar al Imperátor.
Tranquila, iré a donde vosotros valláis.
El pequeño niño caminó junto a nosotros al palacio.
Zärven no dejaba de mirarlo. “Nos acompaña un dios” me decía en voz baja al oído. Yo simplemente reía.
Los dioses no me incumbían para nada, pero era cierto que tener la compañía de uno era bastante gratificante y todo un honor.
Durante el trayecto nos volvimos a encontrar con Marteyus.
Parece que está a la orden del día encontrarme con vosotros dos.
Las coincidencias son de lo más perspicaces – Hablé – La verdad es que deseaba encontrarme contigo.
Ya veo. Querías presentarme a tu hijo ¿no? – Observó al niño – Lo que no entiendo es como ha podido crecer en tan poco tiempo. Creo que en el templo pasó algo más entre ustedes dos – Nos miró divertidamente.
Zärven y yo dirigimos nuestras miradas al pequeño dios.
¡Te equivocas! – Grité sonrojada – No es nuestro hijo, es…
Es mi primo, que ha venido de visita para entretenerse en la fiesta – Continuó Zärven.
Pues me dejáis más tranquilo – Se puso serio – El Imperátor os busca desesperadamente. Parece ser que ya se ha enterado de vuestra llegada.
Íbamos justo allí.
Pues ve Aelenta, y tú también Zärven. El Gran Emperador está muy alterado y no creo que espere mucho más.
Marteyus nos empujó varios centímetros hacia delante.
Al parecer el Imperátor nos requería urgentemente. Tar nos acompañó, maravillándose con los preparativos que nos encontrábamos por la calle.
Llegamos a palacio, donde varios soldados nos escoltaron a la sala del trono. Allí, el Imperátor esperaba ansiosamente nuestra presencia.
¿Tenéis el objeto? –Se limitó a decir.
Aquí está – Se lo di a uno de sus soldados que se lo puso en sus manos.
Observó la punta de flecha durante un rato, por delante y por detrás, por arriba y por abajo y por el hueco de su base.
Parece ser que está en perfecto estado, si no fuera por su deterioro – Nos miró – También puedo observar que estáis vivos. Tantos soldados perdidos pudiéndoos enviar a vosotros desde un principio.
Lo que había allí era mucho peor de lo que se puede imaginar – Cambié de tema - ¿Para qué quiere esa preciada reliquia?
Puro pasatiempo.
Eso me enojó mucho.
Ahora os necesito para otro asunto. Pero antes, ¿quién demonios es ese niño?
Se trata de mi primo Gran Emperador.
¿Acaso intentáis engañarme? Llevo tanto tiempo en este mundo como para saber que ese es el dios Tar en su versión masculina.
Esa información nos dejó desconcertados.
Era de esperar – Habló Tar – Digna deducción Imperátor.
Ahórrate las palabras, ya sabes que yo sólo me debo al Antiguo.
Por supuesto.
El Gran Emperador nos volvió a mirar.
Necesito que me hagáis otro favor, y no es una opción. Esta mañana ha aparecido muerto uno de los actores de la obra de teatro que se va a realizar mañana.
¿Quiere que investiguemos el asunto? – Preguntó intrigado el comandante.
En efecto, pero también tú formarás parte del reparto – Zärven se esperaba algo como esto – Sustituirás al muerto. Ya estás tardando en ir a la representación de prueba.
El Imperátor llamó a dos de sus hombres para sacarnos del palacio.
Allí estábamos los tres, pensando en que hacer a continuación.
Lo primero es lo primero – Zärven rompió el silencio – Yo iré a la función y averiguaré todo lo que pueda, aparte de practicar para la representación de mañana.
Muy bien.
Tú, Tar, puedes indagar más sobre el asunto preguntándole a los guardias que patrullaban durante la noche.
¿Y me mandas a mí una tarea tan sencilla como esa?, bueno, así aprovecho para darme una vuelta por la ciudad. ¡Dalo por hecho comandante!
Zärven no pudo evitar emocionarse un poquito.
Y tú Aelenta podrías ir a ver el cadáver y descubrir cómo murió.
Eres cruel mandándome esa tarea.
Lo siento. Pero eres la única que queda, y no pretenderás que mande a un niño a ver un muerto.
Ese niño tiene más años que tú, yo y mi padre juntos, pero no te preocupes, iré al cuartel a buscar pistas. Tar ven conmigo, así puedes aprovechar para preguntar a los guardias.
Muy bien.
Los tres nos separamos, deseándonos suerte mutuamente.
Zärven llegaba tarde a su representación de prueba. Consiguió que le abrieran el portón, ya que era una función a puerta cerrada.
Varias personas estaban actuando en el centro de la sala. Alguien le empujó por su espalda.
¿Y tú eres? – Preguntó un hombre de voz fuerte.
Zärven, comandante de la guardia Solano y actor suplente del fallecido.
Llegas tarde.
Sí, lo siento, pero es que también estoy trabajando en el asunto del asesinato.
Habla con Feda. Es la pelirroja.
Zärven dio media vuelta. Una muchacha de cabello encarnado se encontraba supervisando al resto de los actores. El comandante se dirigió a ella a paso lento.
La chica se fijó en él. Zärven quedó impresionado, pues de espaldas no era igual que por delante. Era una joven bella y agradable a la vista.
Una muchacha, de cabello muy arreglado y de aspecto muy cuidado.
¿Tú eres el sustituto de Lerotus?
Sí, vengo a ocupar su puesto. Me llamo Zärven – Dijo el comandante con palabras entrecortadas.
Muy bien, podemos empezar entonces. Espero, también, poder ayudarte en todo lo que pueda con lo del asesinato…
Pero la joven no aguantó más y empezó a sollozar.
El comandante no sabía qué hacer, y por ello tuvieron que venir dos de sus compañeros para ayudarla y sentarla en una silla. Zärven hizo lo mismo.
Lo siento. Lerotus era mi futuro marido. Nos íbamos a casar en pocas semanas – Habló entre lamentos.
El que lo siente soy yo Feda. Esto debe ser muy difícil para ti.
Mucho, pero mi deber ahora es otro. Si puedo ayudarte en algo sólo has de decírmelo.
¿Quién fue el último en ver a Lerotus?
Creo que Barildo, ese de allí.
Señaló a un hombre mayor, de cara envejecida y aspecto fuerte.
Luego hablaré con él – Volvió a mirar a Feda – Quisiera que me hablaras sobre la obra.
Somos la Compañía de actores de la subcomarca sur. Nuestro grupo es muy conocido en las tierras de Nan del sur, y procedemos de allí. El Imperátor contrató nuestros servicios para la celebración de las dos lunas. La obra trata sobre los Shasar.
¿Shasar? Qué es eso.
Tú que eres de Borgduás deberías saberlo. Los Shasar son seres alados que viven en el reino de Alinda. La palabra Shasar viene del vocabulario tumbarion.
Había oído hablar de esos seres, pero no de ese nombre.
Continúo. La representación se centra en un Shasar que baja a la tierra y queda enamorado de una bella joven. Como tu bien sabes, el reino de Alinda se encuentra en la luna de Quentarior.
En efecto.
Pues bien, este Shasar tiene que regresar a Quentarior, ya que la luna sólo vuelve cada cien años.
¿Y qué ocurre?
El Shasar pretende llevarse a su amada consigo, pero Alinda no lo permite, y el Shasar se marcha, dejando a la pobre muchacha con el corazón roto. Pero su amor es eterno, ya que cuando la joven muere, su alma se reúne con él.
Y supongo que vivieron felices.
Todos aspiramos a llegar al reino de Alinda, y no vivir entre los muros de Maltasâr.
La capital del infierno – Él frunció el ceño.
Efectivamente. Empezaremos a practicar inmediatamente.
¿Te encuentras mejor?
Sí, sólo necesitaba desahogarme un poco – Sonrió.
Zärven era el Shasar y Feda la amada. El guión era sencillo, pero la práctica no, pues todo debía hacerse minuciosamente.
El comandante Solano no era actor, mas su papel lo hizo a la perfección. Al menos durante la prueba.
Ahora le tocaba hablar con Barildo. Al hombre no le gustaba Zärven, y al comandante le costó trabar con él.
Sé que no te caigo bien y la verdad es que sospecho que tiene que ver con lo del asesinato.
Yo no tuve nada que ver – Dijo con voz ronca y seca.
Eso es lo que suelen decir todos los asesinos.
Lo que digan los demás me da absolutamente igual. Soy un hombre honrado aunque no lo aparente.
Tú fuiste el último en ver a Lerotus, ¿pasó algo?
Solamente fui a hablar con él por la paga.
Siempre es cuestión de dinero.
¡He dicho que yo no fui!
Tranquilízate, no te estoy acusando. Voy a darme un paseo por aquí, así me habitúo.
Zärven era el comandante de la guardia Solano, y a alguien como él no se le podía engañar. Pero necesitaba pruebas, y eso es lo que iba a buscar.
El lugar en donde murió el joven actor estaba completamente inundado de sangre. Se trataba de la trasera de un edificio cercano a la plaza.
Era un lugar apartado y perfecto para cometer un asesinato. Aparte de la sangre, Zärven no divisaba nada más.
Encontrar alguna prueba iba a estar complicado, el asesino lo hizo muy bien. No había marcas de pisadas, ni rastros de sangre que se desviaran de la escena… todo un experto.
A Zärven no le quedó más remedio que observar la zona con detenimiento.
Nada encontró allí, por eso volvió al edificio. Pero justo cuando abrió la puerta se percató de algo que brillaba tras de esta.
Él se acercó y cogió ese objeto brillante que resultó ser una daga, justamente manchada de sangre. Era el arma con el que habían matado a Lerotus.
Los guardias de la ciudad no pudieron encontrarla. La verdad es que estaba escondida en un buen lugar. Sin embargo, la luz se dejó reflejar en el metal y así Zärven pudo encontrarla.
No obstante, aún le quedaba hallar al asesino.
El comandante se acercó a muchacha de pelo rojizo.
Hola Feda.
¿Has averiguado algo Zärven?
He encontrado esta daga, ¿sabes de quién puede ser?
¡Pero si es el cuchillo que he estado buscando todo este tiempo!
¿Es tuyo? – Zärven receló.
No, es solamente un elemento de la obra.
¿Tiene dueño?
Leda, mi hermana. Ella se encarga de los componentes de la obra.
¿Dónde puedo encontrarla?
Ha salido. Creo que se dirigía a la taberna de la plaza.
Gracias por tu ayuda.
El comandante Solano se fue del edificio y caminó calle abajo hasta llegar a la plaza.
En este lugar se arremolinaban los mendigos y las personas más pobres en torno a la estatua del Antiguo que adornaba el centro de la plaza.
Los preparativos para la actuación estaban siendo terminados por los eficientes trabajadores, que esperaban cobrar muy bien por el encargo hecho.
Zärven entró en la ruidosa taberna.
Lo cierto es que él no sabía quién era Leda, así que no le quedó más remedio que preguntar al tabernero.
Disculpe. ¿Conoce a una chica llamada Leda?
Sí, es aquella. La que baila.
Una mujer exactamente igual a Feda bailaba con alegría encima de una de las mesas, bajo la atenta mirada de todos los hombres del lugar.
Esperó a que terminara de hacer lo que estaba haciendo, y cuando bajó del tablero, Zärven se acercó.
Tú debes de ser Leda, si no me equivoco.
En efecto. ¿Y tú?, otro de mis admiradores.
No. Soy el sustituto de Lerotus, e investigador del caso.
Su cara cambió de expresión.
No sé nada de eso.
Entonces explícame que hace esta daga manchada de sangre.
Forma parte de una de las escenificaciones de la obra. Por eso está manchada, pero no es sangre real – Habló, al tiempo que le empezaban a sudar las manos.
¿Segura?
Sí, y ahora devuélvemela – Extendió sus brazos.
Lo siento, hasta que no averigüe si esta sangre es real o no me la quedaré.
Has lo que quieras, yo me vuelvo con los demás.
Salió del local dando un portazo.
Zärven no sabía si la hermana gemela de Feda estaba diciendo la verdad o no. Por ello se dirigió al edificio principal de la guardia de la ciudad.
El atardecer acaecía, y al pobre comandante le quedaba poco para representar la obra. Suerte que ya se había aprendido medio papel.
Por el camino se encontró conmigo y Tar.
Buena tardes Zärven – Habló el pequeño.
¿Todo bien? – Dije preocupada.
He averiguado una daga que podría ser perfectamente el arma clave en el asesinato. Vosotros habéis descubierto algo.
Tar ha preguntado a los guardias, pero en vano. Yo he ido a ver el cadáver. Tenía una pequeña abertura debajo de su pectoral izquierdo.
Entonces es probable que esta daga tenga algo que ver. Gracias por vuestra ayuda. Ahora he de ir a hablar con el capitán de la guardia.
¿Qué podemos hacer Zärven? – Preguntó el pequeño Tar.
La noche se acerca, y si miráis al cielo ya se pueden divisar las dos lunas. Necesito que preparéis la plaza para el evento, seguramente el Imperátor lo agradecerá.
Esperaba que fuera algo relacionado con el asesinato – Me apené – Pero si nos necesitas allí, cuenta con ello.
De lo demás me encargo yo, creo que puedo tener una pista sobre el asesinato.
Nos despedimos de Zärven y continuamos nuestro camino hacia la plaza.
El pobre comandante tenía una cuenta atrás, y cada vez le quedaba poco tiempo. Esto me preocupaba y por ello quise ayudarle, pero él era el soldado y yo sólo una cazadora. Solo esperaba que todo le saliera bien.
Mientras, Zärven arribó a los cuarteles de la guardia. Empezó a buscar al capitán, pero alguien lo llamó.
Otra vez tú soldado Solano.
Zärven dio media vuelta. Se trataba del capitán del puerto.
¿Qué hace aquí? Su lugar no está en el puerto.
No querido amigo, yo soy el capitán de la guardia, pero de todo el país.
Pues eso me favorece. Justamente estaba intentando encontrar al capitán.
¿Para qué me requieres?
Estoy investigando el asunto del actor muerto, por orden del Gran Emperador. He encontrado esta daga manchada de sangre – Se la di – Pero su dueña asegura que forma parte de la obra, y de que esa sangre no es de verdad.
Sólo hay una manera de averiguarlo.
El capitán llamó a uno de sus hombres, que a su vez llamó a otro, el cual tenía un pequeño frasco en la mano.
Uno de los soldados cogió la daga mientras el otro dejaba derramar parte de un líquido proveniente del frasco.
El capitán le explicó el método.
Se trata de veneno de un tiicor. Pequeños bichos que viven en los pantanos o en lugares muy húmedos. El veneno de los tiicor penetra en la sangre y hace que se vuelva verde. Si la daga se pone de ese color, es que es sangre real.
El veneno tardó varios minutos en hacer efecto pero dio muy buenos resultados. Era sangre de verdad, y por lo tanto la de Lerotus.
Ya lo tienes. Dentro de media hora escoltaremos al Imperátor a la plaza. Si necesitas ayuda allí estaré.
El capitán marchó con alguno de sus hombres en dirección al palacio. Zärven, por otro lado, fue corriendo a avisar a Feda de lo que había averiguado.
El comandante llegó exhausto al local. Entró, pero poca cosa dijo, ya que Feda lo estaba esperando para continuar con la representación de prueba.
Mientras, yo y Tar íbamos directos a la plaza. Había mucho murmullo y los pobres se acercaban a nosotros pidiendo limosna. El joven dios se apiadó de ellos y le entregó una moneda a cada uno.
Pensaba que era Alinda la diosa del bien – Comenté.
Dar dinero a quien no tiene es una buena obra hasta para el más malo de todos. No tienes por qué ser bueno para dar dádiva.
Tu padre no haría lo mismo.
Su corazón se nubló – Apartó la mirada – Ya no hay nada que pueda salvarlo de su inconsciencia.
Supuse que dije algo malo. Los padres siempre son un ejemplo a seguir para los niños, hasta para un dios.
Siento haber dicho eso.
No te preocupes. He aceptado que mi padre sea alguien maligno.
La guardia de la ciudad poblaba cualquier rincón de la plaza. El escenario estaba listo, sólo faltaban los actores.
En lo alto del cielo vi como las dos lunas, una delante de la otra, brillaban e iluminaban la pequeña fuente donde se alzaba la estatua del Antiguo.
Tu madre seguro que nos está viendo desde allí.
Nunca los he visto.
¿A quiénes?
A ellos. A mis padres. Llevo años; siglos viviendo en Las Tierras de las Bienaventuranzas junto a miles de criadas que me atienden cuando ni siquiera las necesito.
Así que no sólo viniste con nosotros para ver esta celebración, supongo.
Necesitaba un respiro.
Nunca he creído en los Tres, incluso teniendo uno a mi lado. Pero pensar que hasta un dios tiene problemas me hace sentir más cerca de ellos.
Nos dispusimos a sentarnos en la fila más cercana al escenario, no obstante, algo me llamó la atención.
Un hombre y una mujer se escondieron detrás del proscenio. No me hubiera sorprendido si no fuera por mi instinto élfico.
Dejé a Tar cuidando nuestros puestos. Yo me infiltré entre el gentío y me escondí en un lugar seguro, aunque bastante sucio. Era la parte inferior del escenario.
Lo tienes – Dijo el fuerte hombre.
No, ese maldito comandante se lo ha llevado – Replicó la pelirroja.
¡Por tu culpa nos van a pillar!
Y que quieres que hiciera, decirle que era mío.
Exacto.
Estaba manchado de sangre idiota. De todos modos le dije que formaba parte de la actuación.
Eso lo retrasará un tiempo. ¿Qué hacemos?
No lo sé. Esto se nos ha ido de las manos, nunca debimos asesinar a Lerotus - Habló sollozante.
Mi cara tornó en asombro. Debía decirle lo que había oído a Zärven.
Pero ahora no era el momento. El Gran Emperador acababa de llegar a la plaza y todos se arremolinaban ante él. Era una oportunidad perfecta para salir debajo del escenario, pero iba a ser más difícil encontrar a Zärven.
Tar se hallaba sentado, esperando a mi regreso.
Nos vamos.
¿Por qué?
He descubierto algo. Debemos contárselo a Zärven.
Le extendí mi mano y el la cogió. Juntos fuimos corriendo calle arriba a la espera de encontrar a Zärven en los cuarteles.
La fortuna nos sonrió. El comandante venía directo a nosotros, a paso lento junto a una chica pelirroja. Esa chica pelirroja.
¡Atrás! – Grité desmesuradamente - ¡Aléjate de Zärven asesina!
Desenfundé mi arma y se la puse en el cuello.
Cálmate Aelenta.
¡Ella fue la que asesinó al actor!
No – Imploró – Yo no he sido, lo juro. Ayúdame Zärven.
Tranquilízate.
La he visto conspirar con otro hombre hace un momento.
Eso no ha podido ser Aelenta, ella ha estado conmigo.
Pero, la chica que yo vi era igual – Aparté la espada.
Seguro que es mi hermana, Leda.
Zärven ya lo tenía todo claro.
Tu hermana fue quien mató a Lerotus, y Barildo le ayudó.
No digas eso – Se quejó Feda.
Si Aelenta tiene razón entonces es que ha sido así. Rápido, hay que avisar al capitán.
Oh gran Antiguo, oh dioses. ¿Por qué me hacéis esto? – Decía la chica mientras se llevaba las manos a la cara.
Los designios humanos no son culpa nuestra – Respondió Tar.
¿A qué te refieres pequeño niño?
Nada – Interrumpí – Debemos darnos prisa.
Los cuatro fuimos a toda prisa a la plaza, la cual estaba completamente llena. No cabía ni una persona más.
Yo buscaré al capitán, vosotras tres id y encontrar a Leda y Barildo.
Y así fue. Aunque Tar intervino mientras nos dirigíamos a buscar a esos dos.
¿Me ha confundido con una chica?
Sí, pero pudo ser por los nervios.
Bueno, ya le castigaré como se merece.
Mientras, Zärven empezó a abrir paso entre la multitud en busca del capitán.
Sin embargo, dio con otra persona.
Su cuerpo al completo chocó contra algo de metal. Era ni más ni menos que el Imperátor.
Vaya, pero si es el comandante Solano. Espero que seas bueno actuando, no quiero que dejes a Kling en ridículo.
No señor.
Cómo va el asunto del asesinato.
Justo ahora estaba buscando al capitán.
Pues no te demoro más; ahí lo tienes.
El hombre se encontraba hablando con tres soldados. Parecía enfadado.
No podía esperar a que terminara de hablar, así que el comandante lo interrumpió, y justo en el peor momento.
Espero que sea importante lo que me tengas que decir, porque no toleraré esto – Gruñó.
Mis disculpas. Hemos encontrado a los asesinos del actor Lerotus.
¿Asesinos?
Sí, son dos.
Muy bien, y dónde están.
Ya vienen.
Guió al capitán hasta la entrada norte de la plaza. Por la calle venían Aelenta, Tar, Feda, Leda, Barildo y el resto del equipo de actores.
Es la chica pelirroja de vestimenta azul, y el hombre de aspecto robusto.
El capitán dio un vistazo rápido y llamó a sus hombres, que fueron corriendo a capturar a los dos culpables.
Ambos intentaron resistirse pero en vano. Aunque Barildo casi llega a escaparse.
Ya podéis empezar a hablar – Dijo el capitán.
Yo no he sido – Habló primero Barildo – Fue ella.
No me eches la culpa estúpido, tú fuiste quien lo mató.
Tus melosas palabras me sedujeron. Creí que eras tu hermana hasta que me enteré de que no. Ya entonces era demasiado tarde.
Eres un ingenio si crees que mi hermana se interesaría por ti…
El capitán no aguantó más.
¡Callaos de una vez! Que hable uno de los dos antes de que os cuelgue desde las jaulas de la prisión del puerto.
Señor, no es culpa mía, fue este hombre el que me obligó – Expresó Leda con cierta ternura.
No intentes seducirme, mi corazón es de piedra. Dime por qué mataste a Lerotus.
Está bien – Suspiró – Yo quería a Lerotus pero ese estúpido adoraba a mi hermana. Barildo, por otra parte, quería con todas sus fuerzas a Feda. Me hice pasar por mi hermana para cautivar a Barildo y mandarlo a que matara a Lerotus. Si no era mío, no era de nadie.
Eres una mala pécora Leda. Como has podido hacerme esto, a mí que soy tú hermana.
¡Calla estúpida!, Lerotus debía ser mío. Ambas somos iguales. ¿Por qué sabía que tú eres tú y no yo?
Eso, querida Leda, es amor – Intervino Tar.
Llevaos estos dos a la prisión del palacio – Los soldados cumplieron la orden – En cuanto a ti Feda, nos encargaremos de que seas recompensada por todo esto.
No hay mayor recompensa que darle un entierro noble a mi prometido – Dijo entre sollozos.
Después de la obra tu deseo será cumplido. Sin embargo ahora, el Imperátor está ansioso de ver esta noche una actuación. Moveos.
El público esperaba la llegada de los actores. Y así fue.
Los preparativos estaban listos, sólo faltaba la aparición de los intérpretes a escena.
Feda – Dijo Zärven con voz temblorosa – Estoy muy nervioso, es la primera vez que hago esto.
No pasa nada, piensa en que no hay nadie y céntrate en el papel.
Está bien, lo intentaré.
Ella salió primero y comenzó a actuar bajo el aplauso de media ciudad.
Era la hora de Zärven. Estaba alterado; muy alterado. Apenas podía recordar algo de lo que tan prontamente se había aprendido. Pero tenía que salir y actuar.
Así lo hizo.
Yo lo veía desde la plaza, sentada muy a gusto junto a Tar. Veía al pobre comandante hacer algo que en su vida había imaginado. Lo estaba pasando mal, aunque poco a poco fue perdiendo la intranquilidad, y se acostumbró a lo que estaba haciendo.
El tiempo pasaba. Los niños observaban con angustia las escenas, y los adultos comentaban la situación con su vecino de asiento.
Pronto se estaba llegando al clímax de la historia, algo que me hizo poner mis cinco sentidos en un solo punto. El escenario.
¡Oh gran Shasar! Tú que has descendido de Quentarior, y nos colmas con la presencia de Cenarior, la otra bien amada luna. ¿Por qué marchas? – Decía Feda con ímpetu.
Más bien quisiera que fuera por tu seguridad, pero Alinda me llama, y mi recado ya se haya cumplido.
¿Es que acaso hay algo más bonito de lo que en estas semanas ha acontecido?
No me mires con esos ojos negros llorosos porque mi puro corazón se partirá en dos trozos.
Por tu culpa es maldito y querido ser alado. Ningún hombre me amaba en este mundo, mas tú lo hiciste, clavando tu preciosa mirada en mí.
¡Pobre infelices esos varones, porque no saben lo que esta buena mujer les puede dar!
Ya no necesito a nadie más, sólo a ti.
Conmigo no te puedes quedar porque he de marchar.
¡Al infierno con tus obligaciones pues!
El amor te ciega, al igual que ha cegado a muchos otros amados. Yo sé lo que es amor, y entre nosotros es imposible.
Entonces vete, y no vuelvas. Viviré por ti, cantaré por ti, y moriré por ti.
Pues que tu palabra se haga realidad. Si te portas como buena mujer eres, a tu muerte yo mismo vendré a buscar tu alma.
Zärven, o en este caso el Shasar, cogió las manos de su amada y besó su mejilla. Entonces desapareció del escenario, ocultándose entre bastidores.
La muchacha se quedó sola, e iba explicando lo que ocurría con el paso del tiempo.
Prontamente llegó su fallecimiento y Zärven volvió a entrar en escena.
Ya veo que por mí has esperado tantos años, querida y hermosa humana.
¿Cómo puedes venir a recogerme, si bien Quentarior aún no ha llegado?
Te prometí que vendría a buscar tu alma, y mi diosa me concedió ese deseo.
¡Alabada sea Alinda, que nos glorifica con el calor de los amados!
Y nosotros somos esos amados ahora.
Llévame a tu hogar, en lo alto del cielo, y más allá.
Así sea.
Ambos hicieron el amago de volar, mientras el decorado situado detrás de ellos iba cambiando.
Terminó entonces una gran obra de teatro, que recogió más aplausos que cualquier otra acción.
Zärven se encontraba muy ilusionado. Era la primera vez que hacía algo así.
Poco a poco la plaza se fue despejando. Aún quedaban los pobres, que esperaban recibir limosna.
Incluso el Imperátor se había marchado, no sin antes felicitar al grupo de actores.
Yo y Tar nos acercamos a donde se encontraba Zärven, el cual hablaba con Feda. Ella le agradecía el haber salvado la obra y de haber encontrado a los asesinos de su novio, a pesar de que se encontraba triste por lo de su hermana.
No obstante, partieron de la ciudad de inmediato, pues los requerían en Nan del sur.
Veo que se te da bien el actuar – Habló el pequeño Tar.
Sí, acabo de descubrir un talento oculto.
A ver cuando nos haces una obra privada – Comenté.
Pasará mucho tiempo, tenlo por seguro – Sonrió – El Imperátor nos necesita ver de nuevo.
¿Es que acaso somos sus criados?
Parece ser que sí.
Pues vallamos.
Caminamos varios metros, hasta que Tar nos paró.
Me alegra mucho el haber estado con ustedes, pero he de volver.
¿Por qué? Tu compañía es muy agradable – Dije apenada.
Lo mismo digo de vosotros, sin embargo, tengo que regresar.
Espero que nos veamos de nuevo – Expresó el comandante.
Tranquilos, volveré.
Corrió hacia un callejón, despidiéndose de nosotros al mismo tiempo.
Un dios es nuestro amigo Aelenta.
Sí, supongo.
¿Cómo que supones?, ¿es que acaso necesitas más pruebas para creer en los dioses?
¿Y quién me ha dicho a mí que ese chico sea un dios? Podría haber sido un niño cualquiera.
Te gusta hacerme enfadar Aelenta.
Bueno, a los chicos en general.
Zärven estuvo todo el camino hablando sobre los dioses. Yo, sin embargo, seguía el trayecto tranquilamente, dejando que se desahogara un poco.
Mientras, en la cárcel de Dalea-Imperá, Barildo y Leda discutían sobre lo ocurrido.
¡Debías de haber cogido ese maldito cuchillo!
¡Y yo que sabía que lo iban a encontrar, ni yo pude!
¡Eres el peor hombre que jamás he conocido!
¡Y tú una mala pécora!
El soldado, guarda de la prisión, se levantó de su asiento.
¡A callar vosotros dos!, por el amor de Alinda, deseo descansar. Suerte que ya es el cambio de turno, espero que el próximo guardia no tenga tanta paciencia como la que he tenido yo.
Ambos se callaron, pero se estuvieron gritando a través de sus miradas.
El guardia cogió la llave de la prisión y se la dio a otro guardia, el cual bajaba relajadamente las escaleras.
El otro se fue, y el nuevo guardia puso la llave encima de la mesa, cogió un taburete y se sentó cerca de los prisioneros.
Tal ha sido vuestro pecado, que la cárcel no os servirá de nada – Habló el encapuchado soldado.
Que estás diciendo maldito – Enfureció Leda - ¡Lárgate de aquí, ya tengo bastante con tener a este memo en frente de mí!
¿Es así como le hablas a un administrador de la justicia?
Se quitó la capucha. Su aspecto era siniestro, y su tez negra, con dos ojos blanquecinos calvados en su cara.
¿Qué demonios eres tú? - Preguntó Barildo asustado.
Me habéis fallado. Yo, que había confiado en vosotros para detener a los dos muchachos.
¡De qué hablas! – Continuó Leda – Solamente asesinamos a Lerotus porque yo quería.
¿De veras? O lo mataste porque una voz te lo dijo en pleno sueño.
Leda calló.
Ella lo sabía bien. Nunca le había gustado Lerotus hasta que tuvo ese sueño.
Yo soy Üjiel, y como me habéis fallado os condeno eternamente en el infierno.
La puerta de la celda se abrió sola. Üjiel entró y mató a ambos prisioneros.
Ya veo que no puedo confiar ni en humanos ni en mis propios subordinados. Espero que ellos lo sepan hacer, o yo mismo tendré que hacerlo.
Se desvaneció del lugar, dejando dos cadáveres maltrechos en el suelo de la celda.
Üjiel había utilizado a esos pobres incautos para detener a Aelenta y al comandante solano, pero no pudo ser así.
Zärven y yo arribamos al palacio del Gran Emperador, pero se encontraba cerrado. Por ello fuimos a preguntar que ocurría. Un soldado que rondaba por allí nos atendió.
Necesitamos ver al Imperátor.
Lo siento, el palacio se encuentra clausurado.
¿Y cómo podemos verle?
El Gran Emperador se encuentra en los cuarteles de la guardia.
Muchas gracias.
Fuimos de inmediato a los cuarteles de la ciudad.
Mientras caminábamos por las largas calles de la zona pobre de la ciudad, comprobamos como todos los ciudadanos ayudaban a quitar los decorados que hasta hace poco inundaban las callejuelas.
La pureza que se respiraba en el aire no era nada comparable a la iluminación que producían Quentarior y Cenarior. Sólo una vez cada cien años.
Me acordé de la obra que recientemente había visto y me dije que seguramente Alinda nos estaría viendo, a Zärven y a mí, cuidando de su hijo.
Pero los dioses no eran de mi incumbencia, al contrario que Zärven. Para él, tener a un dios como amigo le hacía el hombre más importante sobre la faz de ÜaT. Eso era comprensible. No todos los días seres de gran poder se hacen tus compañeros.
Sin embargo, yo era muy tozuda, y por mucho que me alegrara al igual que Zärven, me preocupaban otras cosas. Una de ellas era lo que iba a hacer con nosotros el Imperátor.
No estaría dispuesta a visitar otro lugar escalofriante. No al menos sin un ejército que nos acompañara.
Después de estar pensando en mis cosas, llegamos a los cuarteles de Dalea-Imperá.
No obstante, uno de los guardias nos paró.
¡Alto!, el Gran Emperador se haya en una importante reunión. Esperad hasta que termine.
Está bien soldado – Culminó Zärven un poco molesto por la situación.
Ambos nos dirigimos a una pequeña taberna cercana.
¿Y ahora qué hacemos? – Dije al tiempo que sacaba mi espada.
Esperar. Guarda eso que te vas a cortar.
Tranquilo. Que sea mujer no significa que sea torpe.
No he dicho eso, sino que te vas a hacer daño.
Yo controlo lo que hago – Me viré.
Mi espada seguía bien afilada. Lo pude comprobar porque pasé mi dedo índice por su hoja y me corté un poco. Lo suficiente como para alertar a Zärven.
Lo sabía.
Fue un pequeño despiste.
El comandante se levantó, riendo por lo bajo. Fue a pedir unas bebidas.
Volvió un rato después. Aunque la taberna estaba casi vacía, el mesonero era un poco mayor y los años le pesaban.
Una buena cerveza élfica para mí, y una mezcla especial para Zärven. Sí, lo que el comandante pidió para tomar no era algo usual. Sobre todo por el burbujeo.
Cuando iba a tomar mi placentera bebida, alguien abrió de golpe la puerta y estruendosamente se acercó a nosotros. Era un guardia. Concretamente el mismo que anteriormente nos había atendido.
¡Rápido, tenéis que venir conmigo!
¿Qué ocurre soldado? – Intenté calmarlo.
El guardia apenas podía hablar. Estaba muy nervioso, sin embargo sacó fuerzas para contarnos lo que había acontecido.
¡Han intentado asesinar al Imperátor!
La noticia fue chocante. Tanto Zärven y yo nos miramos durante un buen rato, dejando que el soldado recuperara el aliento.
Partimos de inmediato a los cuarteles.
Había un gran revuelo en la zona. Todos preguntaban por el Imperátor. El capitán se asomó a un balcón y nos llamó a grito pelado.
Sólo se pasaba una idea por mi mente. ¿Quién habría podido intentar asesinar al Gran Emperador?