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 Zärven. Historias de ÜaT

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Zacunismo
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MensajeTema: Zärven. Historias de ÜaT   Dom 16 Oct 2011, 18:18

Bueno chicos, dentro de poco comenzaré a poner la segunda parte de mi libro. Aunque me esperaré hasta la semana que viene, no puedo dejaros con esa impaciencia que seguro que tendréis Razz (Que exagerado soy XD)

Mientras, os dejo el prólogo Smile espero que os guste:

-- Prólogo --

Han pasado cincuenta años de la muerte del Rey del Mal y de la conquista e integración de Légacy al país de Borgduás.
Durante todos esos años, posteriores a la caída del mal, el país ha disfrutado de una paz íntegra. Borgduás había expandido sus fronteras continuando con su reinado de país más grande del mundo conocido. Kling volvió a unir sus provincias y se convirtió en un reino unido gobernado por el Gran Emperador. Los Tumbarions que el Rey del Mal tenía cautivos vivieron en un pequeño pueblo a las afueras de Legiárd.
Pero no todo incumbe a lo que pasó en las tierras de Borgduás o Kling.
En Légacy, la ansiada isla, se reconstruyó el palacio del Rey del Mal, convirtiéndose en la guarida de las dos esencias de los dioses. Üjiel-Ghar, la capital de la isla creció y llegó a alcanzar los dos millones y medio de habitantes. El pueblo de entrenamiento y el puerto fueron demolidos, en su caso se construyó otra gran ciudad en el oeste de la isla y el nombre que recibió fue Alinda-Ghar, en honor a la diosa del bien.
Marcu II de Borgduás, rey del país del mismo nombre se casó con Carlamis y tuvieron dos hijos y una hija. Vivieron una época de total felicidad.
Lazir, gran amigo de Marcu fue nombrado general de la guardia Solano. Húrigan, el mago que tanto los ayudó a escapar de esa isla se trasladó a Légacy tiempo después de ingresar como profesor en la universidad de magos.
Los dioses fueron venerados mucho más que antes ya que sus actos de presencia no dejaban mucho que desear. Muchos decían haberlos visto y nadie lo ponía en duda, pero lo cierto es que en esos cincuenta años los dioses nunca más volvieron a hacer acto de presencia.
Girolamo, tío de Marcu y jefe del consejo, huyó a las montañas después de que unos cazadores de vampiros se presentaran en la ciudad. Marcu intentó echarlos por todos los medios, pero al venir de Kling no podía hacer nada, pues una guerra entre los dos países sería una eterna lucha y rivalidad.
Tabardi sustituyó a Ar-Rá como mago supremo del reino. Muchos de sus compañeros que tanto lo molestaban se llegaron a disculpar. Tabardi era muy piadoso y los perdonó, diciéndoles que inculcaran a sus hijos con buenas maneras.

El prior murió durante una expedición, y Marcu puso a su segundo hijo en ese puesto. Demerio fue nombrado prior del reino.
El general de la guardia Solano, Lazir, dejó su trabajo debido a su alta edad. Linda, hija de Marcu, ocupó su lugar. Ella era igual que su madre, rubia, pero de ojos castaños. Era el deseo de muchos poseerla pero nunca aceptó a ningún hombre si no era ella quien lo elegía. Por ahora sigue sin marido y se centra en ayudar a sus hermanos.
Pero la felicidad se vio truncada por una enfermedad que contrajo el rey Marcu y que lo tuvo postrado en cama durante los dos últimos años de su vida debido a que por esta época el rey ya tenía sesenta y nueve años. Murió dejando el reino a su primogénito Quiternus IV.
Quiternus era conocido por sus actos bélicos contra toda raza que no fuera la humana. Destacó en la guardia Solano impresionando incluso a Lazir. Su devoción era tanta que el antiguo prior lo llevó consigo a todos lados como escolta. Su padre le tenía mucha estima, pero también sabía de lo que era capaz.
Cincuenta años pasaron de la derrota del mal, y las profecías de Üjiel empezaban a hacerse realidad. El mundo estaba sucumbiendo a un nuevo poder que escapaba más allá de cualquier dios.
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Umbekant
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Dom 16 Oct 2011, 18:21

Exelente, lo voy a leer cundo termine tu otra historia.
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Zacunismo
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Miér 19 Oct 2011, 21:04

Bueno, ahí va el primer capítulo.

-- Los elfos también lloran --


 ¡Aelenta! – Me llamó cabreado el posadero.
Yo me levanté, dejando a todo el mundo boquiabierto con mi larga melena rubia.
Mis vestiduras eran de cazadora y ese era el trabajo que desempeñaba. Yo decía que el cuero no me quedaba muy bien, pero a mi padre siempre le gustó.
 ¡Aelenta!, me debes ya cuatro copas.
 Ya te las pagaré. ¿Sabes que hoy te veo más guapo? – Coqueteé.
 No hagas eso conmigo Aelenta, mi mujer mira.
Desde el otro lado de la barra una mujer de proporciones obesas nos miraba de reojo.
 Da igual. ¿Cuánto me deseas?
 Aelenta no me tientes.
 Venga. Si lo sé.
 Págame esas cuatro copas de cerveza élfica.
Me puse seria.
 Cuando vuelva de la cacería te daré las monedas. Ahora con Quiternus de rey las cosas se me van a poner más difíciles.
 El rey odia a toda raza ajena a la humana. Qué suerte tengo – Alardeó.
Me puse mi sombrero y salí del local.
Afuera me encontré con mis dos camaradas, no sin antes pegarle una patada a una silla.
 ¿Te has enterado Aelenta?
 Qué ha ocurrido.
 Esta tarde entierran a Marcu.
 Ya era hora. Hace dos días que Quiternus subió al trono y todavía no se habían decidido.
 Fue su hermano quien se lo rogó.
 ¿Vas a ir a verlo? – Habló el otro.
 ¿Por qué debería?
 Tú lo conociste.
 Solamente me salvó de una brutal caída desde un árbol. Y años más tarde me interrogó a preguntas sobre la Torre Impía cuando se enteró de que pertenecía a mi abuelo. Pero nada más. Aunque he de recordar que me invitó varias veces a palacio, y conocí a sus hijos cuando eran pequeños.
 Esos son motivos suficientes.
 No sé. Va a ver muchos nobles y yo no soy de ni tan siquiera una noble elfa.
 Eso es lo de menos – Interrumpió mi otro acompañante – Nosotros mismos te llevaremos después de la caza.
 Está bien chicos. ¡Vamos!
Salí corriendo en busca de mis próximas presas.
Mis dos compañeros se quedaron atrás.
 Me impresiona ver lo que son los elfos.
 Tienes razón, tiene cien años y está como una cerveza enana de buena.
 No me refería a eso sino a sus ganas de… bueno que diantres, también por lo que acabas de decir.
Ellos se acercaron a mí sonriendo. Sospeché algo pero era mejor no preguntarles.
La caza fue fructuosa y regresamos a Imperátur con varias presas a las que vender en el mercado de Sócobord.
Todo estaba abarrotado debido al entierro del rey, aun así logramos llegar a nuestro puesto en Sócobord.
Estuvimos toda la tarde ocupados con las ventas.
 Se acerca la hora – Comentó mi compañero.
 Ve Aelenta, nosotros nos encargamos del puesto – Dijo el otro.
 ¿Seguro?
 Sí – Contestaron los dos a la vez.
 Pues os lo dejo todo chicos.
Salí corriendo al cementerio que se encontraba a las afueras de las murallas de la ciudad. Entré a la zona reservada a los nobles y me metí entre el grupo de ciudadanos ricos que había.
Aparté a todos los que pude, y cuando quise darme cuenta me hallaba justo al lado de Quiternus. Tragué saliva y recé para que no me viera.
Demerio, el prior, se puso delante del mausoleo y pronunció unas palabras.
 Padre. Marcu de Borgduás. Siempre serás conocido por todos nosotros por librarnos del Rey del Mal y de sus planes de conquista. Por hacernos conocer a los dioses. Por criarnos a mí y a mis hermanos como buenas personas.
Me distraje un poco y fijé la mirada en Quiternus. Él era calvo, pero gozaba de buena altura. Llevaba una corona negra en su cabeza, distinta a la de su padre Marcu. Portaba una armadura negra bordada en rojo, y una larga capa oscura se dejaba caer desde su espalda.
El prior terminó su largo discurso. El resto de sus hijos se acercaron al mausoleo, dijeron unas palabras para sí mismos y se marcharon. Linda, la general de la guardia Solano dejó ver unas lágrimas por sus ojos, pero el rey no.
Carlamis, la mujer de Marcu, se quedó un rato frente al mausoleo mientras los demás se marchaban. Yo me acerqué a ella.
La guardia Solano que tenía por escolta me paró, pero yo llamé a la antigua reina. Ella, gracias a los dioses me reconoció.
 Aelenta, cuanto tiempo sin verte por palacio.
 Hola Carlamis.
 ¿Cuándo has cogido confianza conmigo?
 Perdone, pensé que…
 Tranquila, es sólo una pequeña broma. ¿Has venido a despedirte de Marcu?
 Por supuesto.
 Él te cogió mucho cariño desde la primera vez que te vio. Me lo dijo una vez. Aunque creo que le interesabas más por lo de la Torre Impía.
 Yo me alegro de haberlo tenido como amigo, aunque lo viera pocas veces.
 Es difícil para mí asimilar que tengas más años que yo. Se te ve tan joven.
 Los elfos envejecemos muy tarde. Demasiado tarde diría yo.
 ¿Quieres decir algo a Marcu por última vez?
 Las palabras son cosas pasajeras. Sin embargo, creo que esta flor siempre estará con él.
 Un detalle muy bonito Aelenta.
 Es del árbol del que él me rescató cuando era pequeña. Es justo devolverle el favor.
Solté la flor encima de su féretro y luego sellaron las puertas del panteón.
Carlamis me pidió que la acompañara hacia el palacio. Charlamos durante el camino.
 Aelenta he de comentarte algo.
 Dígame.
 Mi hijo va a dictar una orden muy cruel. Todas las razas deberán abandonar Alamús en un plazo de tres días o comenzará una matanza.
Me quedé paralizada.
 ¿No puedes hacer nada para impedirlo? – Rogué yo.
 Lo siento Aelenta, pero he hecho tantas cosas para que dejara en paz a todas las razas que mi hijo incluso pasa de mí.
 Oh, que va a ser de mí – Me lamenté.
 Espero haberte advertido a tiempo.
 Hoy mismo me marcharé.
 Espero que vayas a donde vayas te encuentres bien.
 Muchas gracias, mi reina.
De pronto un fuerte ruido que sacudió todos los edificios nos sobresaltó. Venía del mercado.
 He de dejaros.
 Ve a ver qué pasa Aelenta.
Dejé a la reina Carlamis y me dirigí al mercado a toda prisa.
Un círculo se había formado entre una polvareda. Me abrí paso a toda prisa.
El puesto que yo había dejado al cargo de mis compañeros yacía roto por el suelo. Mis amigos habían muerto aplastados.
Me arrodillé y me puse las manos en la cara para llorar desconsolada.
El rey Quiternus apareció al poco rato. Observó lo sucedido y habló.
 Esto ha ocurrido por la raza élfica, o no pertenecía este puesto a una elfa. Todas las razas ajenas a la humana son un peligro para Borgduás.
Me levanté del suelo.
 El puesto era mío. Pero los que estaban en él eran humanos como tú.
El público se llevó las manos a la boca ante tal arrogancia por mi parte.
El rey se acercó.
 Pues deberías haber tenido más cuidado.
 Para serte sincera estaba con tu madre, que al parecer te has olvidado de ella.
 ¿Qué hacía una elfa con mi madre?
 Parece mentira que no te acuerdes de mí Quiternus.
El rey hizo memoria y vagamente se acordó de mí.
 Así que tú eres la elfa amiga de mi padre, ¿no?
 En efecto.
 Me alegro de que gozaras de una buena amistad con mi padre, pero yo no soy él, y cuando mañana dicte mi sentencia en contra de todas las razas te querré a ti también fuera de Alamús.
 Alamús no es tuya.
 Pero pronto lo será. Adiós Aelenta.
Viró y se marchó junto a la guardia Solano.
Yo me quedé en el mismo sitio durante un buen rato, mientras, la noticia de la ley en contra de todas las razas ajenas a la humana corrió de boca en boca.
Me marché de la ciudad al anochecer y pasé la madrugada en una posada a las afueras de Borgduás.
Todo lo acontecido ese día fue un duro mazazo para mí. Perder a mis compañeros y abandonar mi hogar desde hace setenta y cinco años eran cosas que no podía asimilar en un día.
A la mañana siguiente salí de la posada y me dirigí al norte con la intención de coger un barco hacia Iûntáram, el continente donde se halla Kling.
Los caminos estaban llenos de enanos, que iban en dirección a Grömmor, huyendo lo más posible de Borgduás. Los tumbarions también abandonaban el país. Todos buscaban la salvación en Kling o en el reino enano.
Pero antes de ir a los puertos del norte, debía hacer otra cosa.
Cuando llegué al cruce de caminos cogí el del oeste, dirigiéndome a las montañas del norte.
Era un largo camino por recorrer pero gracias a la conexión que tenía con la naturaleza pude acortar camino metiéndome por los bosques. Aun así llegué cuando el sol empezaba a esconderse.
Cuando me incorporé al camino me encontré con algo inusual, alguien yacía malherido en el suelo, sangrando por la cabeza.
Miré a mí alrededor por si había alguien pero sólo estábamos nosotros dos y los sonidos de la naturaleza.
Intenté despertarlo pero fue en vano. No me quedó más remedio que llevarlo conmigo. Llevarlo al único sitio donde podía curarlo y a la vez mi objetivo de llegada. La Torre Impía.
Sí, la torre me pertenecía.
Mi abuelo me la entregó como regalo de independencia. Todo ocurrió un día mientras yo hacía mis preparativos de partida. Mi abuelo se acercó y dejó caer en mis manos una runa.
 ¿De qué se trata abuelo? – Dije mientras la observaba.
 Es la llave de una gran torre que se halla en Alamús. Esa torre perteneció al dios del mal Üjiel, mi gran amigo Üjiel.
 ¡Eras el amigo de un dios abuelo!
 De eso hace mucho tiempo. Él me la regaló como señal de confianza. Algún día cuando vuelvas te explicaré toda la historia.
 Muchas gracias abuelo.
 Espero que te sirva de hogar.
Yo nunca imaginé que dicha torre se alzara por encima de los cielos.
Agarré al muchacho y lo conduje como pude a la gran torre. Abrí la puerta y lo metí dentro. Luego la cerré.
Por dentro era más que cualquier torre en posesión de un mago. Sus salas eran de oro y oricalco. La adamantina estaba presente también.
En el centro de la planta baja había un trono, en el cual senté al herido.
Traje vendajes e intenté curarle con plantas medicinales. Pero no mostraba signos de recuperación y me preocupé un poco por él.
Pasó un día y medio sin respuestas por parte del herido. Yo paseaba por toda la torre, impaciente porque se despertara y me contara todo lo sucedido. No obstante, yo iba a hacer otra cosa aparte de sanar a un herido.
Simplemente me dirigí a la torre a coger dinero suficiente para sobrevivir, a saber cuántos días, llegando incluso a años.
La torre contaba con un gran tesoro. Toda una sala llena de monedas de oros. Podría decirse que era la persona más rica de todo el mundo, pero soy muy modesta.
Cuando hube recogido todo lo necesario, el moribundo empezó a moverse. Corrí de inmediato a verlo.
 ¿Dónde estoy? – Una voz no muy grave salió de su boca.
 Tranquilo. Estás en mi torre.
Se incorporó al asiento. Estaba muy dolorido, pero sufría más por el dolor de cabeza.
Le respondí a todas sus preguntas.
 ¿Qué lugar es este?
 La gran torre que se ve desde todos los puntos del continente.
 ¿Tuya es?
 En efecto.
 Muy bonita por cierto – Se tocó su cabeza – Siempre la había visto por fuera, pero por dentro es aún muy majestuosa.
 ¿Pensaba que me ibas a contar como acabaste tumbado y sangrando en medio del camino?
 Nada sin importancia. Unos tumbarions que querían salir del país sin autorización.
 Ahora lo entiendo todo. Los tumbarions son un poco brutos.
 Demasiado diría yo, y más cuando se los cabrea.
Me acomodé en un asiento cercano al trono.
 Quizá debería quitarme de tu trono – Hizo un movimiento para alzarse del trono.
 Tranquilo, estoy bien así. ¿Cuéntame más?
 Bueno, la verdad es que lo de la paliza fue porque soy un guarda solano. Simplemente estaba haciendo mi trabajo.
 ¿Y tú armadura?
 Es que no estaba de servicio. Ayudaba a un amigo.
El soldado se levantó de su asiento.
 Ahora entiendo porque nuestro rey Marcu se interesó tanto por esta torre. Apenas se ve el techo.
 Pues aún quedan muchos pisos para la última planta – Sus ojos se abrieron hasta más no poder – Todavía no sé cuál es tu nombre noble soldado.
 Me llamo Zärven y usted.
 No me trates de usted – Me sonrojé – Mi nombre es Aelenta.
 Encantado de conocerla.
 Y yo a ti. Pero por favor, no me trates tan cordial.
 Lo merece. Ser dueña de esta torre es todo un honor. ¿Por qué no me cuentas su historia mientras me recupero de mi dolor de cabeza?
Tomé asiento en mi trono y empecé a contarle todo lo que sabía de la gran Torre Impía.
Debe su nombre a su creador, el mismísimo Üjiel, el cual es conocido en el norte de Alamús como el impío. Su función era alcanzar el cielo para que el gran dios del mal pudiera llegar a su amada. Pero la torre se rompió antes de alcanzar el cielo donde se hallaba la diosa del bien. Sin embargo su rastro se pierde aún por encima de las nubes.
Üjiel tenía un amigo elfo y a él le cedió la torre. Ese elfo es mi abuelo.
 Y mi abuelo me regaló la torre cuando le dije que iba a vivir en este continente.
 Grandiosa historia.
 Lástima que tenga que marcharme, pero juro que nadie entrará en esta torre.
 Siento lo de la orden.
 Oh, no es culpa tuya, si no de Quiternus.
Hubo un silencio.
 Si me disculpas, he de coger un barco a Iîuntáram.
Salimos de la torre. La cerré con llave. Nadie podría entrar en ella y eso me reconfortaba, aunque sólo en parte.
 Es un placer haberla conocido gran elfa.
 Lo mismo digo.
Dio media vuelta, pero al instante volvió a virar hacia mí.
 ¿Puedo pedirle un favor?
 Depende. Si está en mi mano…
 Quiero que vengas conmigo a Borgduás.
 ¡Qué!, estás loco. Quiternus me cortará la cabeza.
 Necesito mi armadura.
 Me niego. Soy elfa, me gusta vivir muchos años aunque no lo aparente.
 Es solo un momento. Incluso, puedo acompañarte a Kling.
 No sé.
 Por favor.
 Te dejo mi vida como responsabilidad.
 No ocurrirá nada, lo prometo.
Retornamos al camino principal, que une Borgduás con Grömmor.
Quiternus estaba sentado en su trono, mientras yo iba con Zärven a la ciudad, esperando que nada malo ocurriese.
 Sabes una cosa hermana – Habló Quiternus con sus ojos cerrados.
 Di.
 País de Borgduás, ciudad de Borgduás. ¿No te parece un poco repetitivo?
 Todo ha sido así desde el principio de nuestro pueblo.
 ¿Pueblo?, somos un reino hermana.
 Últimamente estás muy raro Quiternus. Voy a ver a madre.
 Eso, lárgate.
Linda se fue de la sala del trono dando un portazo.
Quiternus abrió los ojos y se levantó del trono, estirando sus extremidades.
 Huyes de todos gran Quiternus – Dijo una voz proveniente de detrás del trono.
 Nunca se me han dado bien las relaciones con los demás.
 Espero que eso no incumba en nuestro reinado.
 ¡Jamás!, soy su fiel siervo y ya lo sabes. Espero que tu oferta siga en pie.
 No suelo fallar con ello – Üjiel salió de detrás del trono – Eres el humano que necesito.
 Lo sé – Quiternus alardeó – Por ahora he cumplido con lo que me has dicho.
 Muy bien, pero te seguiré requiriendo – Üjiel se marchó de vuelta al infierno.
Quiternus miró al techo dorado del gran palacio.
 Poder… más poder…
Zärven parecía cansado pero seguía caminando a un trote relajado. Yo lo seguía a su lado.
No le quitaba el ojo de encima, por si cayera brutalmente contra el suelo.
 Podemos parar si quieres – Observé su torpe manera al andar.
 Me duele la rodilla izquierda, pero puedo continuar.
A cada paso que dábamos la magnífica ciudad se agrandaba. Pero también ocurría algo fuera de lo normal.
Un humo negruzco inundaba el cielo.
Antes de entrar a la ciudad oculté mis orejas dentro del sombrero que llevaba.
Nos adentramos en la ahora siniestra Borgduás, más concretamente nos inmiscuimos en el recinto de Legiard.
Muchos soldados patrullaban las desiertas calles. Los humos provenían de largas piras encargadas de quemar a enanos, elfos, y cualquier otra raza ajena a la humana.
Sin duda, esta era la época oscura de este maravilloso país henchido de héroes a través de la historia.
Sólo podía quejarme interiormente de todo lo que había hecho Quiternus.
Nos paramos justo en frente del cuartel de la guardia Solano.
 ¿Puedes esperar un momento, en lo que recojo mis pertenecías?
 Tienes tres minutos. No me gusta estar aquí sola.
 Tres minutos pues.
Zärven desapareció entre la muchedumbre de soldados.
Estaba asustada por lo que podría pasar. Siempre pensaba en cosas que a lo mejor nunca llegarían a suceder, pero que hacían que me inquietara mucho.
Me senté en el pavimento a la espera de Zärven.
Pasaron los minutos y no aparecía por ningún lado, y yo empezaba a impacientarme. Más de lo que ya estaba.
Pero gracias a los dioses surgió de la nada. Aunque estaba acompañado de Linda, la hija de Marcu y general de la guardia Solano.
 ¡Señora! – Me reverencié.
 Tranquila Aelenta, no tienes por qué hacer eso.
 Es… el protocolo.
 Olvídate de ello. Nunca esperé volver a verte aquí.
 Vine a acompañar a Zärven.
 Él ya me lo ha explicado todo.
Zärven llevaba una armadura de guarda Solano, pero era diferente. Vestía dorado y blanco, signos vitales de Borgduás, pero era una indumentaria mucho más ligera. Portaba el signo de los Tres en el pecho.
 Debes huir de inmediato – Linda se acercó a mí.
 Señora, si me lo permite me gustaría irme con ella – Zärven se inclinó en señal de obediencia.
Linda se sobresaltó.
 Mi comandante se va a ir.
Me sobresalté.
 ¡Eres el famoso comandante de la guardia Solano!
 Tampoco te pases – Se sonrojó – Sé que he hecho algunas cosillas, pero tampoco es para tanto.
 Tú buscaste un hogar para los tumbarions, que vagaron como nómadas desde que Marcu los rescatara de Légacy.
 Fue sencillo.
 Y también defendiste a los campesinos del norte contra los rebeldes.
 Nos superaban en número y fuerza, pero no en inteligencia.
Linda intervino.
 Dejad las proezas para otro momento – Se dirigió a su comandante – Zärven, si te vas con ella ve a Kling. Necesitamos reforzar nuestra alianza con el Imperátor
 Entiendo. Solicitaré una audiencia con él y aclararemos el asunto de Quiternus sobre las razas.
 Seguro que está muy mosqueado. Su país se está viendo invadido.
 Pienso que deberíamos frenar a Quiternus.
 De eso me encargo yo – Puso sus manos sobre los hombros de Zärven – Y por favor, protege a Aelenta.
Se ajustó su espada.
 Marchaos. Quiternus está viniendo para inspeccionar a la guarda Solano.
Zärven me dio su mano y salimos de allí corriendo, tanto como pudimos.
 El último barco de hoy sale de noche. Todavía podemos llegar – Zärven exhalaba a más no poder.
Pero nuestra carrera se vio truncada por soldados de Quiternus.
Nos intentamos colar, pero sin quererlo solté la mano de Zärven, y me perdí entre tanto alboroto.
 ¡Zärven! – Grité con todas mis fuerzas, pero en vano.
Los soldados me empujaban al tiempo que intentaba infiltrarme entre ellos.
Uno me hizo caer al suelo, haciendo que mi sombrero cayera y descubriendo mis orejas picudas.
 ¡Una elfa! – Vociferó.
Miré a todos lados descubriendo como poco a poco fijaban sus miradas en mí.
Miedo era lo único que sentía, y de mi boca salió un “Zärven” muy apagado.
 ¡Alto! – Alguien de entre la multitud levantó la mano.
 Comandante – Dijo un soldado.
 ¿Qué ocurre aquí?
 Una elfa, comandante.
 Ya veo – Disimuló muy acertadamente – Yo me encargaré de ella, despejad a todos.
 Como ordene.
Me cogió de la mano y me llevó muy lejos de allí.
 Menudo susto me has dado – Soltó el aire comprimido en sus pulmones – Toma, ponte tu sombrero.
 Muchas gracias.
 Larguémonos de aquí.
Salimos por la puerta norte de Legiard y nos fuimos directos al puerto.
Todavía tenía el miedo en el cuerpo y eso hacía que estuviera muy callada durante el trayecto. Zärven se percató de ello e intentó aliviar el asunto.
 Dime. ¿Siempre eres así?
 ¿Así cómo?
 Tan asustada.
 ¡Yo! – Me puse rígida – Soy la persona más valiente de todo el reino. Me enfrento día a día con osos e incluso rinobramantes.
Agaché la cabeza.
 Sin embargo, nunca he tenido más miedo que a la muerte.
 Es por lo de que los elfos son inmortales.
 No inmortales del todo, pero no envejecemos.
 Entonces, ¿cuántos años tienes?
 A las mujeres no se nos pregunta eso – Miré de reojo.
 Está bien. Perdón.
Sonreí.
Ya me encontraba mucho mejor y el camino se hizo más llevadero.
Pronto se oscureció el cielo.
 Dentro de poco se verán las dos lunas – Comenté yo.
 Un evento que ocurre cada cien años.
Le miré.
Pude notar un destello en sus ojos oscuros. Seguro que para él, esta era la aventura más esperada.
 ¿Cuántos años tienes tú? – Me limité a preguntar.
 Dieciocho años.
 ¡Nada más! – Me sorprendí bastante – Y todas esas hazañas.
 Que fuera joven no significaba ser manco. Me costó lograrlo, pero siempre tuve a los dioses de mi lado.
 Es increíble. A partir de ahora te admiro más – Le sonreí y el me devolvió la sonrisa.
 Me vas a decir cuántos años tienes. Solo he conocido a un elfo y me dijo que tenía setenta y cinco años. Tengo curiosidad.
 Eso es poco para un elfo. Mi abuelo tiene más de dos mil años.
 ¡Vaya! – Sus ojos se abrieron de par en par – Es increíble.
 Yo no te voy a decir mi edad, pero te diré que tengo alrededor de cien años.
Se quedó paralizado.
 Pero…
 ¿Pero qué?
 Si eres guapísima.
 ¿Tú no te cortas eh?
 Lo siento – Caminó más deprisa.
La suave brisa nocturna se deslizaba sobre nuestra tez. Yo sentía como la naturaleza reponía mis fuerzas y alejaba todo miedo de mí.
Zärven iba adelantado, marchando a un paso lento, disfrutando de la tranquilidad melancólica que traía esta noche.
Pronto divisamos el puerto.
Todos estaban muy ajetreados ya que era la última nave en salir de Borgduás.
Zärven se dirigió al capitán de la embarcación.
 Disculpe.
 Que quieres muchacho – El hombre dejó de dar señales a sus marineros.
 ¿Aun podríamos embarcar?, sólo somos nosotros dos.
 Considerando que este es el último barco y que todo el mundo se ha ido en los anteriores barcos, si, podéis subir.
 Gracias. ¿Cuánto tenemos que pagar?
 A mi nada. Ves a ese hombre de allí – Señaló a una cabaña – Se encarga de recoger el dinero.
 Nuevamente gracias.
El comandante fue en esa dirección, pero se percató de que algo no iba bien.
 ¡Sois unos vagos e inútiles!, ¡se puede saber quién os contrató!
 Lo sentimos.
Los tres hombres se fueron muy intimidados.
 Ocurre algo – Dijo Zärven sin apartar la vista de los tres muchachos.
 Nada en especial. Los jóvenes de hoy en día, que no saben hacer nada bien.
 No se queje, todos empezamos desde lo más bajo y sin mucha experiencia.
El hombre pasó su mano por la frente.
 Con todo este lío por parte de Quiternus me siento como si tuviera cinco años más.
 Espero que se solucione.
 ¿Quieres viajar a Kling no?
 Somos dos.
 Serán veinte monedas.
Zärven sacó las monedas de una pequeña bolsa que colgaba de su armadura.
El hombre, de una edad considerada, se sentó después de recoger el dinero. Se lamentaba de sus años y de que pronto abandonaría este mundo. Zärven no dijo nada, simplemente apartó la mirada y tornó.
El comandante volvió hacia mí.
 Podemos subir.
 Ya era hora. Mis piernas se cansan de estar tanto tiempo de pie.
Ambos subieron al barco. El capitán estaba arreglando unos asuntos con el jefe del puerto. Mientras, yo y Zärven nos fuimos a nuestro aposento.
 No me lo puedo creer – Me lamenté.
 ¿Qué ocurre?
 Este camarote es muy pequeño.
 Esto nos pasa por llegar los últimos – Rió.
 Si no hubiéramos vuelto a la ciudad esto no hubiera pasado.
 Tenía que regresar.
 Da igual. Pero que conste que te la devolveré – Apreté mi puño derecho.
No llevábamos equipaje. Sólo lo puesto. Así que nos fue más fácil movernos por el minúsculo camarote.
El barco comenzó a zarpar. Al principio hubo pequeñas turbulencias provocadas por las olas cerca de la costa, pero pronto estuvimos en alta mar y continuamos el viaje tranquilos y sin ningún percance.
El capitán se acercó a nuestro camarote.
 Tardaremos dos días en llegar. Poneos cómodos.
Luego se retiró.
 Tú eres el comandante. Deberían habernos dado el mejor camarote – Seguía lamentándome.
 Todos me alaban, y a veces eso es bueno. Pero prefiero seguir como un ciudadano más. No me importa estar en este camarote.
 A mí sí. Las camas son dos hamacas y la habitación huele mal - Me llevé la mano a la nariz.
 Tampoco está tan mal – Se puso ambas manos a los lados – Así estaremos más calentitos en esta helada noche.
 No sé cómo tomarme eso – Le volví a mirar de reojo.
La cara de Zärven se tornó en blanco.
 No quería decir eso… lo que pasa es que hace frío… era una suposición nada más – El sudor se dejaba caer por su tez.
 Ya. Me lo imagino – Me hice la interesante.
Después de disculparse conmigo unas treinta veces, nos sentamos en el suelo del camarote. Él empezó a explicarme como llegó a ser comandante.
El gran Zärven era muy conocido en Borgduás. Sus hazañas comenzaron cuando cumplió los quince años y se alistó a la guardia Solano.
Hizo su entrenamiento como todos, y por aquel entonces no destacaba mucho. Hasta que planteó ante Linda, la general de la guardia Solano, su plan para buscar un hogar para los tumbarions.
Un año más tarde, se desató una revolución en el norte a la que Zärven hizo frente. Sin embargo los norteños destacaban mucho por su fuerza bruta y pronto las filas de soldados de Borgduás se vio reducida, hasta que a Zärven se le ocurrió un plan. Cruzó con su ejército un lago helado, que gracias a los dioses no cedió. Cuando los norteños los siguieron, en vez de quedarse en el otro lado, el lago empezó a resquebrajarse y más de la mitad murieron. Finalmente se rindieron.
Después de eso, Zärven fue nombrado comandante.
 Y esa es mi historia. La más actual que digamos.
 Eres todo un héroe.
 No lo soy. Otro podría haberlo hecho, es sencillo. Sólo hay que pensar detenidamente.
Le miré fijamente. Él se sonrojó un poco. Era amable, pero un poco inocente.
 Estoy compartiendo un camarote contigo. Mis amigos se morirían de envidia.
 No soy tan famoso.
 Después de Marcu seguro que sí.
 Nuestro rey siempre será un gran héroe recordado por todos. Él salvó a una isla entera de un demonio.
 Aun me acuerdo cuando vino a la isla donde yo vivía.
 ¡¿Qué?! Conociste al rey.
 Pues claro. Antes de rescatar a Légacy de las garras del mal vino a mi isla y me salvó de caerme de un árbol. Y después visité muy a menudo el palacio.
 Te tengo envidia.
 No fue para tanto. Tú también lo conociste lo más seguro.
 Sólo cuando me nombraron comandante, pero no tuve una amistad como seguro la tuviste tú.
 Puede que sí.
Bostecé.
 Creo que me iré a dormir.
 Mi hamaca es la de la derecha.
 Coge la que quieras. Yo solamente quiero dormir – Volví a bostezar.
Pronto nos quedamos profundamente dormidos, todo gracias a la suave brisa marina que entraba por debajo de la puerta y del agraciado movimiento del barco.
En dos días de larga, pero tranquila travesía, llegamos al puerto de Kling. Una gran ciudad habitada por los famosos Traidores, un grupo de maleantes que “controlaban” la ciudad.
Zärven subió a la cubierta del barco fijando su mirada en la ciudad. Yo fui detrás de él.
 Kling no es el sitio donde esperaba acabar – Hablé.
 Tranquila, no pienso dejarte.
 ¿Pero y tu función de comandante?
 Ya tengo una tarea que hacer. Pedir ayuda al Gran Emperador y cuando eso acabe volveremos.
 Yo no puedo.
 Si lo harás porque Quiternus habrá olvidado esta absurda cruzada contra las razas.
Las palabras de Zärven hablaban por si solas. Se notaba que era una buena persona y un gran líder. Sus frases me reconfortaron, dejándome escapar una pequeña lágrima. No sabía lo que me depararía en Kling, pero sabía que Zärven no me abandonaría.







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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Mar 25 Oct 2011, 21:00

He descubierto una serie de errores gráficos en el capítulo anterior Razz no me lo tengáis en cuenta, aunque ya los he corregido en mi libro XD

Bueno, os dejo con el segundo capítulo Wink

-- ¡Al traidor! --


Desembarcamos un poco exhaustos por el viaje. Le dimos las gracias al capitán y salimos de la zona.
 ¿Y ahora qué Zärven?
 Directos a Kling.
 Ya estamos en Kling.
 Cierto, pero no me acuerdo como se llamaba la ciudad.
 Dalea-Imperá.
 Es verdad. Es que tiene un nombre rarísimo.
 Creo que el que lo puso estaría borracho.
 Sin duda. Bueno, pues a Dalea-Imperá.
La capital del país de Kling tenía como nombre Dalea-Imperá. Al principio fue llamada simplemente Dalea, en honor a la primera reina de Kling, pero después de la llegada del Imperátor se añadió Imperá.
La ciudad tenía murallas de gran altura y grosor, y estaba dividida en dos recintos.
El recinto pobre, que como indica su nombre era donde habitaba la mayor parte de la población, y el recinto privilegiado, rodeado también por murallas donde vivía la minoría, pero que tenían mucha influencia y poder. Allí se encuentra el palacio del Gran Emperador.
Zärven y yo fuimos hasta la puerta de la ciudad, pero estaba cerrada y guardada por soldados. Muchas personas gritaban y se quejaban.
Nos abrimos paso entre la multitud y preguntamos a los soldados.
 ¿Qué ocurre aquí? – Habló Zärven.
 Son los Traidores. El grupo ha amenazado a la capital y el Imperátor ha ordenado que nadie entre y salga de la ciudad.
 Tenemos que solicitar una audiencia con él.
 Ya he dicho lo que tenía que decir, por favor, abandonad las puertas si no tendremos que actuar.
 Vámonos Aelenta – Me cogió de la mano y salimos de allí.
Estuvimos varios minutos dando vueltas por toda la ciudad. Muchos seguían tranquilos, ajenos a lo que ocurría en las puertas, pero otros empezaban a murmurar.
Zärven y yo nos paramos cerca de una herrería.
 Tenemos que ir a la capital.
 Ya los has oído. No dejarán salir a nadie.
 Justamente ahora.
 Tranquilo.
 Estoy relajado, pero tenía pensado irme nada más llegar.
Un grupo de soldados, con arma en mano, pasaron a paso ligero por la calle donde nos encontrábamos.
 Parece que ocurre algo – Zärven les siguió.
 ¡Espera!
Los guardias tenían acorralado a un hombre de gran altura. Zärven y yo subimos a lo alto de un muro para ver que ocurría.
 ¡Dónde están los otros!
 No sé de qué me estáis hablando – El hombre empujaba a los soldados que se le acercaban.
 No mientas y dinos la verdad. Si no, irás a prisión y te lo sacaremos a base de torturas.
Uno de los guardias agarró con fuerza la cuerda que llevaba en sus brazos y le amarró los pies del hombre, haciéndolo caer brutalmente contra el duro suelo de piedra.
Los demás aprovecharon para amarrarlo con fuerza y llevárselo a la prisión.
Zärven bajó del muro y me ayudó a mí a descender.
 Parece que ese gran hombre tiene algo que ver con los Traidores.
 Tienes razón – Me quité el sombrero para despejar mi cabeza del sudor, producido por un sol radiante en el cielo despejado – Y si esos Traidores no aparecen nosotros no podemos salir de la ciudad.
El comandante dio media vuelta.
 ¿A dónde vas? – Pregunté, un poco extrañada.
 No pienso quedarme atrapado en esta maloliente ciudad. Vamos a la prisión a interrogar a ese hombre.
 Te sigo – Volví a colocarme mi preciado sombrero.
Seguimos a los guardias hasta una casa enorme, pero no era una casa, sino una prisión.
Estaba deteriorada, no había más hogares alrededor y los cuervos rondaban por la azotea, acechando a los cadáveres que colgaban en jaulas.
Los guardias nos detuvieron.
 ¿Vais a alguna parte muchachos? – El guardia me miró lascivamente.
 Soy Zärven, comandante de la guardia Solano, venimos a interrogar al hombre que acabáis de apresar.
 ¿Y qué te hace pensar que vamos a dejar que Borgduás se inmiscuya en esto?
Zärven actuó rápido.
 Tenéis una ciudad cerrada completamente y eso no es bueno para el comercio. Al Gran Emperador no le gustará. Mientras más gente ayude más pronto se solucionará esto.
 Está bien, entra. Pero la muchacha se queda afuera.
Se acercó a mí.
 Estaré bien Zärven – Le sonreí – Sácale toda la información que puedas, yo te esperaré en la plaza.
 Muy bien.
Desapareció tras la puerta de hierro.
Yo no me quedé allí, a merced de las miradas lujuriosas de los guardias. Me dirigí a la plaza, donde había una multitud de personas.
Unos se quejaban de que no les dejaban salir y otros actuaban como si no pasara nada, haciendo sus quehaceres del día a día.
Me senté cerca de la fuente, donde aún daba la sombra, y descansé de tan ajetreado día.
Mientras, a Zärven lo conducían por largos pasillos oscuros.
 Esta es la sala de tortura, donde tenemos al prisionero. Procura que saque algo.
El comandante empezaba a oír los gritos del hombre, que estaba siendo torturado e interrogado cruelmente.
 ¡Dónde están los Traidores! – Gritó uno de los martirizantes.
 No lo sé – El hombre dejaba derramar sus lágrimas.
 ¡Pues seguid con su tormento!
La máquina de tortura en donde se hallaba el hombre constaba de pinchos afilados que poco a poco se acercaban e iban atravesando la piel.
Zärven se acercó.
 No hay manera de que diga algo, y los pinchos se acercan cada vez más. A este paso morirá sin decirnos nada.
 Dejadme probar – Habló el comandante, abriéndose paso entre los presentes.
Paró la máquina y levantó al malherido hombre. Le dio un poco de agua y comenzó a hablar.
 No he venido a torturarte, pero si no me dices donde están los Traidores esas personas si lo harán.
El hombre paró de beber agua y miró a Zärven.
 Yo no soy un Traidor, pero sé que se reúnen a la medianoche en el callejón que hay detrás del almacén del puerto.
Zärven miró al torturador, que resultó ser el jefe de la guardia.
 Mandad a todos los hombres al almacén. Y meted en la cárcel a este tipo.
El comandante se dirigió al jefe.
 Los Traidores no aparecerán con tanto guardia rondando por ahí.
 ¿Entonces que sugiere el famoso comandante Solano?
 Dejadme a unos cuantos soldados. Decidles que se reúnan en el almacén. Iré a buscar a Aelenta.
 Más te vale que todo salga bien – Gruñó.
Zärven salió de la prisión y empezó a buscarme. No tardó en encontrarme, durmiendo sentada en la fuente.
Él no sabía si tenía un mal despertar, por eso me empezó a mover poco a poco, hasta que conseguí abrir los ojos.
 ¿Alguna novedad? – Dije, un poco adormilada.
 El hombre ha hablado, pero no preguntes como.
 Que hay que hacer.
 Los Traidores se congregan a la medianoche detrás del almacén del puerto. Los guardias nos esperan para tenderles una emboscada.
 Marchando.
Corrimos por toda la ciudad hasta llegar al almacén. Ya más tranquilos, caminamos hasta la trasera del edificio.
Los guardias estaban ansiosos por capturar a los Traidores, pero les calmé.
Zärven habló.
 Somos doce personas. Tres se ocultarán en el balcón de aquel edificio – Señaló a una residencia, perfecta para disparar con arco – Dos se esconderán en esos barriles. El resto lo hará dentro del almacén, y saldréis por esta puerta trasera. Aelenta y yo esperaremos detrás de esas cajas. A mi orden, atacaremos.
 ¿Cuánto habrá que esperar?
 Lo que haga falta soldado.
 Tengo hambre.
 Pues tendrás que aguantarte. Está anocheciendo así que todos a sus puestos.
Aunque aún faltaba tiempo para la medianoche, Zärven no quería que nos cogiera desprevenidos y por ello todos tomamos nuestras posiciones.
La espera se hizo lenta. La medianoche tardaba en llegar y los soldados se estaban impacientando.
Yo, encuclillada detrás de unas cajas malolientes, me dispuse a echar un vistazo para ver cómo iba la situación con los demás, pero pronto comenzaron a escucharse voces.
Hablaban nuestro idioma, pero su voz era muy ronca, y parecía forzada.
Zärven indicó que esperáramos. Venían tres hombres, y se apostaron cerca de donde estaba yo escondida con el comandante.
 No podemos quedarnos mucho más – Habló el de más a la izquierda.
 Tienes razón – Respondió uno que llevaba coleta – Ya hemos terminado nuestro objetivo.
 ¿Pero cómo vamos a huir? – Volvió a hablar el de más a la izquierda – La ciudad está cerrada.
 Eso nunca ha sido un problema.
Apareció otro hombre con el mismo aspecto. Alto, robusto, y a pesar de la negra noche pude averiguar que su piel era oscura.
 Él nos tiene estima, y no dejará que nos pudramos en esta ciudad infestada de escoria humana.
 Cierto, es una tontería preocuparnos por nada.
 Lo importante es pensar que hemos formado parte de su glorioso plan.
Zärven observó que estaban a punto de irse, y ordenó a todos que salieran de sus escondites.
Pero cuando los Traidores descubrieron que los soldados salían de todas partes, sacaron sus armas y empezaron a luchar mientras intentaban huir.
Los hombres daban grandes estocadas, que hacían tumbar a los guardias.
Zärven me dijo que no tomara parte en la batalla, pero me conocía muy poco. Ni siquiera sabía que yo sola me había enfrentado a un rinobramante.
Saqué mi espada de cazadora y me hice un hueco en plena batalla.
Uno de ellos elevó su arma pero logré pararla y luego me dio tiempo de darle una patada en el pecho que lo dejó tambaleándose para luego caer exhausto.
Los demás lograron huir.
 Buen trabajo Aelenta – Me elogió Zärven.
 Que poco conoces a las mujeres comandante.
 A la que no conozco es a ti.
Un rato más tarde, el capitán de la guardia llegó con más hombres.
 Tampoco hacía falta traer a tantos soldados – Le dijo Zärven.
 ¿Dónde está el resto?
 Huyeron.
 ¡Qué! Sabía que no debía haberle dejado esto a un extranjero.
 Tranquilícese capitán, no volverán más. Estaban hablando de salir de la ciudad.
 Nadie sale de esta ciudad. Está sellada.
 Al parecer no.
 Da igual, no quiero hablar más de este tema. Si es cierto lo que dices abriré las puertas de la ciudad mañana, pero más vale que no vayan a la capital.
 Esa es nuestra dirección, y si ocurre algo allí ayudaremos en todo lo que podamos al Imperátor.
Zärven se acercó a mí. Me dijo que nos fuéramos del lugar.
Después de todo lo sucedido poco pude dormir. Aunque no podía decir lo mismo de mi compañero.
Pensé en todo lo que había dejado atrás. Mi trabajo de cazadora, mis amistades, mi torre.
Después de una tardía noche llegó una temprana mañana. El sol no era como otras veces, y tenía un extraño color azulado.
Todos los ciudadanos salían a la calle.
 Qué clase de brujería es esta – Decían varias personas debajo de nuestro balcón.
Un sol azul y no rojizo como el de siempre. Nadie daba crédito a lo que veía.
Después de media hora de sol azulado, todo volvió a la normalidad.
Todos volvieron a sus quehaceres. Como si nada hubiera pasado.
Zärven y yo recogimos nuestras pertenencias y por fin pudimos salir de la ciudad portuaria.
 Bueno – Comenzó el comandante – Tenemos que pasar por el paso Antelino.
 ¿Un paso de montaña?
 Sí, pero no te preocupes, no está a mucha altura – Siguió hablando – Luego de estar tres horas andando llegaremos al lago Sinisiades.
 El mágico lago.
 Que un grupo de personas haya visto al Antiguo no significa que sea mágico.
 A ti lo que te pasa es que no te gusta que vieran al Antiguo en vez de a Alinda o Üjiel.
 Y me lo dice una no creyente.
 Yo sólo creo en la naturaleza. Ella me da las fuerzas para continuar mi vida.
Continuamos charlando.
El paso Antelino cruza de un lado a otro a través de una cordillera montañosa que divide la ciudad portuaria de la capital. El paso fue abierto hace más de quinientos años.
El país de Kling divide a los dos países de Nan del norte y Nan del sur.
La historia de la formación de estos dos países es muy compleja, y por ello no le di más vueltas al asunto. Es más, ni siquiera sabía el por qué estaba pensando en esto.
 Ya hemos llegado – Anunció Zärven.
En la cima del paso se podía observar el asombroso lago. En él se veía reflejado el sol. Sin duda, era una maravillosa vista.
La bajada era un poco empinada. Transitable, pero un paso en falso y acabarías estrellado en el suelo.
Estaba un poco asustada, mientras Zärven iba bajando tranquilamente.
 ¿Te enfrentas a hombres de gran tamaño y no eres capaz de bajar este paso?
 He luchado contra cosas peores, pero esto me puede – Dije completamente angustiada – Ayúdame Zärven.
El comandante se sonrojó, y me cogió de la mano.
 Que conste que esto lo hago por ayudar, no te acostumbres – Musitó orgullosamente.
 Tranquilo, no se volverá a repetir – Le contesté con palabras vanidosas.
La bajada fue muy angustiosa. Estuve a punto de resbalar con una piedra en medio del camino. Por suerte no fue nada serio, y pude agarrarme a Zärven.
Cuando bajamos lo único que se me ocurrió fue tumbarme en el suelo.
 Bendita tierra.
 Levanta, aún nos queda una hora hasta el lago Sinisiades.
 ¡Qué! Pero si desde arriba se veía muy cercano.
 Cierto, aunque no es así.
Estaba agotada de la bajada, pero Zärven me prometió descansar en cuanto llegáramos al lago.
La gran flora que abundaba en el país de Kling no era nada comparable a la de Borgduás. Este país no cuidaba nada. Muchas estaban marchitas y deterioradas, tanto, que ni siquiera el agua de la lluvia podría curarlas.
Eso me afligía. Yo, tanto que amaba a las flores, estaba contemplando un panorama que hacía que mi alma se entristeciera.
Al Imperátor le importaba más tener a raya a los dos países de Nan que cuidar el suyo.
La población se moría de hambre, de enfermedades y la tierra no podía producir nada para ayudar. Claro, como él es inmortal.
Nadie sabe porque lo es. Es uno de los misterios de nuestro mundo.
El agua del lago, que lentamente se movía por el suave viento ya llegaba a mis oídos.
Sin duda, el lago Sinisiades era la excepción de tanta maldad por parte del Gran Emperador.
En la orilla del lago había un niño mirando fijamente al agua.
 ¿Quizá necesite ayuda? – Miré a Zärven.
 Acércate a él. Yo buscaré algo de comer.
Me situé a su lado, al tiempo que Zärven desaparecía en medio de la arboleda que rodeaba al lago.
El niño tenía el pelo dorado y unos ojos azulados, como el lago mismo.
 ¿Buscas algo?
Me miró.
 Muchas cosas, pero aquí hay una en especial.
 ¿Cuál es?
Volvió a su posición anterior.
 Llevaba la rama de un árbol y de repente se soltó de mi mano y cayó al agua.
 ¿No puedes conseguir otra?
Negó con la cabeza.
 Es muy especial – Siguió hablando después de una pausa – Con ella podría recuperar el verde que caracterizaba a este lugar.
 Hablas muy enigmático.
 Soy así.
 Te ayudaré a conseguirla.
Me quité la ropa que llevaba encima y quedé sólo con la ropa interior. Me metí en el agua y busqué por todo el lago para encontrar la rama de árbol.
No tardé en encontrarla.
Regresé con el niño, al cual le di lo que buscaba. Volví a vestirme, y por supuesto a colocarme mi sombrero.
 Muchas gracias señora.
 Dime algo, ¿Qué haces aquí tu solo?
 Siempre he estado solo. Pero mis padres velan por mí.
Supuse que habrían muerto.
 Lo siento – Me apené – No sabía que no tenías padres.
 Si los tengo, pero están en otro lugar.
 Tienes razón, seguramente tu madre esté en el cielo junto a tu padre.
 No. Mi padre no está en el cielo.
 ¿Y dónde si no?
 En el infierno.
Sus palabras me dejaron confusa.
El niño dio media vuelta.
 Gracias por ayudarme. Puedes llamarme Tar.
 De nada, Tar.
 Nos volveremos a ver, Aelenta.
Me quedé absolutamente paralizada, ya que yo nunca le revelé mi nombre. Desapareció entre los árboles, y poco después apareció Zärven con algo de fruta entre sus brazos.
 Esto es lo que he podido encontrar – Me observó detenidamente – Pareces asustada. ¿Ocurrió algo con el niño?
 Pues sí, pero no tengo palabras para describirlo.
Zärven me miró raramente, sin embargo no preguntó más. Creyó que estaría cansada por lo del paso Antelino.
Nos dispusimos a sentarnos para comer algo, pero llegó un invitado inesperado.
Apareció de la nada. Observó el lago y se dirigió a nosotros.
 De cita romántica por el lago – Dijo con una sonrisa en la cara.
 No es nada de eso – Manifestó Zärven muy nervioso.
El hombre se sentó con nosotros.
Resultó ser Marteyus, un personaje de la nobleza de Kling. Apasionado por la historia y amante de la poesía.
 Siempre vengo aquí a inspirarme. No me digáis que el lago es mágico.
 Sin duda – Respondí.
 Esto no era lo mismo hace veinticinco años, cuando Kling aún estaba dividida en pequeños estados. Yo era el emperador de esta zona. Tenía una mansión no muy lejos de aquí. Por suerte todo eso cambió y ahora el lago ha vuelto a recobrar su naturaleza.
 Cierto. A Kling no le vino muy bien dividir el reino – Comentó el comandante.
 Pero el Gran Emperador se sentía muy agobiado.
Después de una gran charla, Marteyus se ofreció a acompañarnos hasta Dalea-Imperá.
Continuamos el trayecto con el noble dándonos otra cháchara.
 Vine a buscar un poco de agua del lago. Estoy investigando al Antiguo.
 ¿Por qué? – Le dije.
 Bueno, me sé la historia de nuestro mundo Yxialan, pero no sé nada de nuestro dios.
 ¿Yxialan? – Zärven paró en seco – Querrás decir ÜaT.
 En tu país lo llamarán así, pero nosotros no. Este mundo es uno de los muchos que fue creado por el Antiguo.
 ¿Hay más mundos? – Pregunté intrigada.
 Puedo contarte lo que sé.
 Adelante.
 Es mucho.
 Así el camino se hará más ameno.
 Muy bien señorita. Al principio de todo estaba el Antiguo. Pero éste se sentía solo y por ello creó a sus hijos, o mundos. Aalan, Balan, Calan, Dalan, Ealan, Fhalan, Ghalan, Halan, Ialan, Jealan, Khalan, Lalan, Madalan, Nalan, Oalan, Phalan, Qualan, Ralan, Sialan, Taldalan, Ualan, Valan, Xealan, Yxialan y Zalan.
 ¡Tantos!
 Estos mundos son los que más brillan en el cielo nocturno. El Antiguo ya tenía a sus hijos, y para que estos tampoco se aburrieran nos creó a nosotros.
 Esta historia es mucho mejor que la de los dioses de Borgduás.
 ¡Oye! – Se cabreó Zärven – Nosotros también creemos en el Antiguo como fuerza creadora de todo. Al fin y al cabo, nuestros dioses son de este continente.
 En efecto – Marteyus le sonrió – Nuestro continente también cree en vuestros dioses como subordinados del Antiguo.
 Será mejor que cambiemos de tema – Les insistí yo.
Después de una ardua historia sobre el origen del mundo conseguimos llegar a Dalea-Imperá. Ni siquiera el sol se ponía en esa ciudad, oscura y tenebrosa al mismo tiempo.
Marteyus se despidió de nosotros en la puerta. Nos dijo que tuviéramos cuidado en los suburbios, y que escribiría un poema sobre nuestra aventura amorosa, cosa que hizo enojar a Zärven. Yo me limité a sonrojarme y soltar una pequeña risa nerviosa.
Los guardias de la ciudad nos dejaron pasar sin objeción alguna.
La ciudad era sucia, maloliente, penosa y demás características negativas. Al menos los suburbios, ya que la zona rica era todo lo contrario. Eso sí, los rayos del sol no se dejaban ver por ninguna parte.
Zärven me guió por la ciudad. Él la había visitado hace tiempo, no se acordaba muy bien, pero tenía una cierta idea. De todos modos la capital no había cambiado mucho.
Los ricos eran ricos, y los pobres eran pobres. No existía una clase media.
La gente yacía en mitad de la calle, pidiendo dinero, comida, e incluso alojamiento. Muchos estaban desnutridos, niños también.
Al ver todo eso me hacía pensar en que Quiternus no era nada comparable al Imperátor.
¿Pero por qué tanta crueldad? Eso era algo que le debía de preguntar.
 No te separes de mí – Expresó el comandante.
 Sé cuidar de mi misma – Me enojé.
 Sólo intento protegerte.
 Te lo agradezco, pero esta gente no es peligrosa, tan solo son pobres.
Zärven miró a una madre y a su hija.
Yo tenía razón, pero a él le costaba verlo. Había vivido toda su vida en una familia adinerada y que gozaba de buena posición en el Consejo. Su padre era uno de ellos.
 Te creo – Volteó – Entonces hablaremos con el Gran Emperador sobre la situación de su pueblo.
 Eso era justamente lo que pensaba hacer.
 Pues en marcha.
Pero las alegrías se truncaron. La entrada a la zona rica estaba colmada de guardias. Zärven se acercó. Yo me quedé a su lado.
 ¿Ocurre algo soldado?
No dijo nada.
El comandante lo volvió a intentar pero fue inútil. De esa gruesa boca no saldría palabra alguna.
Era de día, era de noche. No lo sabíamos, la ciudad siempre estaba a oscuras. Pero lo que si sabía es que habíamos pasado varias horas delante de la puerta, bajo la atenta mirada de los guardias.
No obstante, no estuvimos mucho tiempo allí. Allá a lo lejos divisamos a Marteyus, centrado en sus cosas. Por ello Zärven lo llamó a grito pelado, y por fin se acercó a nosotros.
 ¿Qué hacéis aquí?
 Intentábamos entrar en la zona rica, pero no nos dejan – Comenté yo.
 Veréis – Se echó su pequeña melena hacia atrás – Este distrito ha sido cerrado, ya que los soldados han visto cosas sospechosas.
 ¿Cómo qué? – Habló Zärven.
 Los Traidores han pasado por aquí.
 Entonces no nos sirvió de nada capturar a uno de sus hombres.
 Eso sí ha dado sus frutos, es más, creo que lo siguen interrogando. No han sido vistos desde hace muchas horas, pero es por seguridad.
 ¿Y qué podemos hacer Marteyus? – Pregunté apenada.
 Si venís conmigo os dejarán entrar.
En efecto. Los guardias abrieron el paso; eso sí, sus miradas no se dejaron de clavar en nosotros hasta que desaparecimos.
El noble se dispuso a hablar.
 He estado trabajando en un poema, me gustaría que lo leyeras Aelenta.
 Por supuesto.
Estaba escrito en buen manuscrito.
La verdad es que dicho texto me conmovió. De título ponía “Poema cantado”
“Palabras del más allá, que en tu tez se plasmarán.
Dichas por nadie, escritas por mi pluma de ave.
Te busco a ti, princesa, dueña de mi cabeza.
Deseoso de tener pensamientos bellos, y no culparme por ello.
Pobre de mí si no soy correspondido, me dejarías dolido.
Tenerte como regalo y no despacharte en vano.
Vive eternamente conmigo, como si fuéramos amigos.
Porque tenerte es un pecado, abolido, indebido, prohibido.
Si tú me amas con debido, ese amor será correspondido.”
No tenía palabras para expresar lo que estaba leyendo.
 Marteyus… esto es precioso. Podrías enamorar a cualquier chica.
 Sólo hace falta encontrarla – Recogió el manuscrito con una sonrisa – De todos modos no está acabado.
Continuamos andando. Zärven no era de los que expresaban sus emociones ante los demás, pero supe que en el fondo le había impactado.
La zona rica estaba plagada de casas enormes, gente bien vestida, y niños jugando por las calles. Todo lo contrario a lo de la otra zona.
Sin duda eran dos mundos diferentes en un mismo lugar.
Allá a lo lejos, el gran palacio sobresalía por encima de las murallas que lo rodeaban. Oscuro e imponente.
Los guardias vigilaban cada rincón. Ni siquiera una rata podría colarse en dicha edificación.
Marteyus se presentó ante ellos, y por raro que pareciera aceptaron nuestra presencia.
 Avisarán al Gran Emperador que vienes de parte de Borgduás.
 Muchas gracias – Asintió Zärven.
 Yo me tengo que marchar.
 Nos has sido de mucha ayuda, Marteyus – Dije yo.
 Es mi deber con los extranjeros.
Intentó despedirse, pero una mujer lo llamó y se fue a toda prisa.
Entramos a los jardines del palacio. Sin duda, lo más triste que había visto. El verde era cambiado por el marrón. Flores marchitas, podridas y descuidadas; que ya nunca renacerían en esa tierra infecunda.
No obstante, el Imperátor era un hombre precavido.
Los muros que rodeaban al palacio eran altos; no mucho pero si lo suficiente como para la defensa. El edificio estaba rodeado de jardines, formando pequeños laberintos. La defensa era lo primordial para él.
Pero había algo que no salía de mi mente. ¿Si el Gran Emperador es inmortal, tal y como dicen?, ¿a qué viene tanta defensa?
Entramos y esperamos en la entrada.
Por dentro no era tan imponente como por fuera. Aun así era agraciado y admirable.
Una chica se acercó a nosotros.
 Acompañadme.
Nos llevó por largas escaleras, anchos pasillos y salas enormes.
El Imperátor no se encontraba en la sala del trono. Más bien era una especie de despacho personal.
 Aquí los tiene señor – La muchacha habló y luego se marchó cerrando la puerta.
Nos dijo que tomáramos asiento.
 Bienvenidos a Kling, aunque creo que no estamos en nuestro mejor momento.
 Así es Imperátor – Comenzó Zärven.
 Supongo que vienes a explicarme porque de la noche a la mañana se presentan en mi reino un montón de elfos, tumbarions y otras razas más.
 En efecto – Zärven carraspeó su garganta - Nuestro soberano, Quiternus IV, ha expulsado de Borgduás a toda raza ajena a la humana.
 ¿Y a qué viene eso?
 Sinceramente, no lo sé. Nadie comprende la mente de Quiternus.
 Pues te digo, comandante, que nuestras relaciones están pendiendo de un hilo.
 Créame, no es culpa de nadie todo lo que ha ocurrido.
 Y créeme tú a mí cuando te digo que ya nosotros tenemos nuestros problemas.
 Los Traidores son historia.
 No lo son. Aunque veas que esta ciudad está en decadencia no es por mi culpa, si no…
Pero paró en seco, e inmediatamente cambió de tema de conversación.
 Tu rey ha asediado la ciudad de Grömmor.
 ¿Cuándo ha ocurrido?
 Hace pocas horas.
Volvió a cambiar de tema.
 Como veo que vosotros también tenéis problemas acogeré a todas esas razas.
Suspiré aliviada. Veía buen corazón en él, aunque sabía que no vivirían en buenas condiciones.
 No obstante, trabajaréis para mí.
 Por supuesto. Es más, la general Solano me dijo personalmente que lo ayudáramos en todo lo que podamos, como muestra de nuestra ardiente alianza.
 Muy bien, he aquí mi primer trabajo.
Yo me coloqué cómodamente en mi silla. Hasta ahora no había hablado, pero como ellos eran los que entendían de temas sobre relaciones me dije que era mejor estar callada.
 Iréis al templo del Antiguo – Continuó, interrumpiendo algo que iba a decir – Allí se oculta una gran reliquia que me gustaría añadir a mi colección. Una punta de flecha utilizada por vuestro dios Üjiel.
 Pero el templo sólo es accesible por mar – Me tocó hablar.
 En dos horas tomaréis un barco que os llevará a través del río hasta mar abierto. Después marcharéis directamente al templo – Se levantó de su asiento - ¿Algo que objetar?
 Dos cosas – Comenté – La primera, ¿es cierto que el templo está maldito?
 Maldito no. Que alberga algo cruel sí.
De pronto mi color se tornó blanco.
 Y segundo – Continué - ¿Qué hace una flecha del dios del mal en el templo de vuestro dios?
 Nada en especial. Fue un regalo de Borgduás a nuestro país, pero como el templo cayó en el olvido, pues esa reliquia se quedó allí dentro.
 Os referís a la flecha que lanzó Üjiel para cazar a un coliraptor.
 En efecto.
Los coliraptores son aves de gran tamaño con escamas por todo su cuerpo. Su piel es muy dura, pero dicen que el mismísimo Üjiel, cuando aún era humano, logró derribar a uno con tan solo una flecha. La misma que se guarda en el templo del Antiguo.
El Imperátor nos despachó alegando que tenía cosas importantes que hacer.
Salimos de palacio y pusimos rumbo al barco que nos llevaría al templo. Pero antes de salir de la ciudad me topé con una niña pequeña.
Zärven, como ya había hecho antes, me dejó solo con la niña. Al parecer no le gustaban mucho los críos.
 ¿Ocurre algo?
La niña, de cabello castaño, no me miró. Simplemente fijaba su mirada al horizonte.
 Esta ciudad es cruel – Dijo en voz baja, pero lo suficiente como para oírla – No hay luz, ni árboles en los que admirar la belleza de la naturaleza.
 Algún día este planeta se abrirá paso entre tanta inmundicia.
 Tienes razón Aelenta.
Dijo mi nombre. No sabía como pero lo dijo.
 ¿Cómo sabes mi nombre?
 Te dije que volveríamos a vernos.
 ¿Tar? Pero eras un niño.
 Un dios como yo puede adoptar la forma que quiera.
 ¿Eres la hija de Üjiel?
 Sí.
 Ahora comprendo lo que me quisiste decir – Me llevé las manos a mi frente - ¿Pero por qué te presentas a mí? Yo no creo en vosotros.
 Muchos lo harían al verme, aunque veo que eres fuerte con tus creencias, y eso es bueno. Yo soy la diosa de la naturaleza, y me gusta que haya gente como tú que la cuide tanto.
 Eso me alaga.
 Ten cuidado con el templo. Lo que allí aguarda es algo inexplicable.
 Sea lo que sea no podrán conmigo – Señalé mi espada.
La niña bajó la cabeza.
 Entonces si vas a ir cuenta con mi bendición. Eso sí, la muerte te perseguirá por todo el lugar.
Luego se marchó caminando por la calle; desapareciendo entre la multitud.
Zärven no se iba a creer lo que me había pasado, pero aun así fui corriendo a contárselo.
Lo encontré en la puerta de la ciudad, esperando por mí.
 ¿Por qué has tardado tanto?
 La niña, era la hija de Üjiel.
 ¡Del dios del mal! – Me miró con mala cara.
 Sí, me dijo que tuviéramos cuidado en el templo, pues algo malo se esconde allí dentro.
 Dime una cosa, ¿se llamaba Tar?
 Como lo sabes.
 Una vez un niño de cabello rubio se presentó ante mí y me dio un consejo. Me dijo que hablara sobre su nombre al prior. Así fue como supimos que el tercer dios llevaba por nombre Tar.
Me apené.
 Tengo miedo.
 ¿Tú miedo?
 Aunque no lo aparente soy una chica sensible y débil por dentro.
 Está bien, tendremos cuidado.
 ¿Y si nos vamos?
 Imposible. El Imperátor nos mataría, y si no lo haría Linda.
Nos encaminamos al barco, apesadumbrada y con pocas ganas, preguntándome que nos esperaría allí.
Subimos a la embarcación, que salió inmediatamente.
 ¿Te encuentras mal? – Preguntó Zärven, poniéndose a mi lado.
 Tengo un mal presentimiento. Algo malo hay dentro de ese templo.
 No te preocupes, yo te defenderé.
 Se hacerlo por mí misma – Le miré de reojo.
 Que dura son tus palabras – Dijo risueñamente.
 Pues vete acostumbrándote.
Le dejé en la cubierta del barco con sus sentimientos hundidos mientras yo bajaba a hablar con el capitán.
Lo encontré en su camarote, echándose una siesta.
Me costó despertarlo pero lo conseguí.
 ¿Qué quieres niña?
 No soy una niña – Me mosqueé.
 Da igual.
 En fin. Venía a preguntarle sobre el templo del Antiguo.
Se levantó de su cama y se sentó en ella.
 No es que sepa mucho, pero según los aventureros dicen que allí aguarda un espíritu maligno.
 Aclárese.
 Pocos son los que han salido de allí con vida, pero los que lo han conseguido afirman que un fantasma los atormenta – Después de mirarme de arriba abajo prosiguió - ¿Acaso creéis que sois los primeros que envía el Gran Emperador?
 Ha habido más.
 En sólo este mes he llevado a más de veinte aventureros, y sólo regresaron con vida tres.
No eran palabras muy acogedoras.
Le di las gracias por la explicación y caminé con paso torpe hacia mi camarote.
Me acosté intentando evitar pensar en ello. Pero no pude impedir quedarme dormida.
Un sueño invadió mi mente. Estaba todo negro y de pronto apareció una figura blanca de espalda. Me acerqué a lo que parecía una mujer de pelo largo, pero cuando me aproximé lo bastante se dio media vuelta. Sus labios estaban cosidos, y era muy pálida. No podía verle los ojos, pues su cabello lo tapaba. De pronto su boca se tornó en una sonrisa malévola.
Me levanté inmediatamente con un sudor frío recorriendo mi espalda.
Sólo pude decir unas palabras.
 ¿Qué demonios era eso?
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Miér 23 Nov 2011, 21:11

Siento poner tantos post juntos, pero es que nadie a comentado sobre el relato XD yo espero que cuando tengáis tiempo podáis leerlo. Es una continuación del otro y la verdad es que me lo estoy currando much para tener variedad de capítulos. Terror, policíaco... espero que os guste y comentéis a ver que os parece lol!
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Miér 23 Nov 2011, 22:10

joder, la verdad es que me sabe fatal, pero iba por la pagina 4 o 5 del anterior. Coñe, da igual, retomaré el hilo Wink

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esto te va a gustar: http://www.gothicclan.com/t1862-una-historia-orca
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Jue 24 Nov 2011, 13:52

Guau ya me he leído el prólogo y el primer capítulo
Está genial, la verdad que me gustó mucho la historia de Legacy y el prólogo me ha hecho recordar todo eso
PD: Me sorprende que en esta historia el protagonista sea mujer, yo no sabría como, y menos teniendo en cuenta que escribes en primera persona jaja

Me gustó mucho, seguiré leyendo

____________________________

Cuatro templos de invocación surgieron en las tierras de Myrtana, pero durante siglos permanecieron ocultos. El Héroe sin Nombre consiguió destruir el penúltimo de ellos; los Salones de Irdorath, pero cuarenta años antes ya se habían librado guerras para destruir aquellos malignos santuarios...
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Jue 24 Nov 2011, 18:38

Ja ja pues la verdad es que es un poco complicado, de vez en cuando pongo algo masculino, pero intento meterme en el personaje, como si fuera un actor Razz y siempre y cuando tengáis tiempo podéis pasaros y leer un rato. Yo estoy intentando leerme alguno de los vuestros, a ver si paso la época de exámenes Razz

PD: Antes de que termine la semana pondré el siguiente capítulo, que es de terror pale XD
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Jue 24 Nov 2011, 20:41

me e leido el prologo, el capitulo 1 y el capitulo 2 de un tiron xd ya me gusto mucho tu otro libro y este tambien parece bueno, de momento me encanta ^^
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Sáb 26 Nov 2011, 15:29

Bueno, aquí está el tercer capítulo. Espero que os guste y no os asustéis mucho (Bueno, al menos intenté que diera miedo pero lo dudo) lol!

-- Terror en el templo --

El río mecía suavemente la embarcación, que se dejaba arrastrar cual ave por el cielo.
Eso me reconfortaba, pues el sueño que había tenido me había dejado totalmente paralizada. Por suerte Zärven no andaba muy lejos, y pude reunirme con él.
 Se trataba de una pesadilla – Habló el comandante, ajetreado con sus cosas.
 No sé. Aparentaba ser muy real.
 Los malos sueños siempre suelen parecer más reales que otros, pero siguen siendo eso, sueños. Despreocúpate.
 Tienes razón.
Sus palabras me consolaron. Ya confiaba plenamente en Zärven como para contarle todos los problemas que pasaban por mi mente. En tan poco tiempo habíamos congeniado muy bien. Era una buena persona. Le costaba sacar sus sentimientos, pero era un gran hombre. Sé que le gustaba mi presencia, sobre todo como aportación femenina a sus ideas.
Ya habíamos llegado a mar abierto y se divisaba el gran templo que estaba construido en medio de una montaña.
Era imponente y majestuoso. No obstante, era lo de dentro lo que me mantenía en alerta.
Hubo complicaciones para acercarnos a la costa. El barco era grande y pesado como para aproximarse y anclarlo. Por ello, los marineros nos bajaron y llevaron a través de una barca.
Una vez en tierra, los navegantes nos comentaron que esperarían nuestra llegada. No obstante, no aguardarían más de dos días.
Zärven y yo nos dirigimos al gran templo a paso lento. El miedo nos infundía.
La sombra de la montaña se cernía sobre nosotros a cada paso que dábamos. El ruido del viento pasando entre las grietas nos ponía en alerta.
La desconfianza que tenía en ese momento era compensada por la presencia de Zärven. Un hombre que se había enfrentado cara a cara a la muerte durante mucho tiempo. Pero mis instintos de elfa me decían que él también estaba asustado.
Y es que el templo, por muy abandonado que estuviera, no invitaba a la confianza.
Nos posicionamos ante la gran puerta de entrada.
 Y ahora qué – Hablé.
 Dudo mucho que esas puertas se abran.
 Busquemos una entrada secundaria. Creo haber visto una desde la costa.
 Que los dioses te conserven esa vista – Alegó el comandante.
Fuimos por la derecha del templo buscando una puerta.
Lo cierto es que el templo estaba construido totalmente en piedra. Estatuas por algunos lados, detalles por otros. Pero lo que más me inquietaba era una sensación que tuve.
Me juré a mí misma que lo que había visto era un ojo observándome por medio de una abertura en la piedra.
Decidí olvidarme de eso. Ya estaba bastante asustada como para pensar en esas cosas. Aunque no dejaba de turbarme.
 ¡Por aquí! – Gritó Zärven al tiempo que corría hacia más adelante.
Una puerta se dibujaba en medio de la montaña. Casi llegando al final de templo, el cual se hundía en medio de la cordillera.
 ¿A dónde llevará? – Expresé.
 Lo más seguro al templo.
El comandante se dispuso a abrir la puerta, pero yo lo paré.
 Zärven, tengo un mal presentimiento.
 No pasará nada. Cogemos la punta de flecha y nos vamos de aquí.
 ¿Me lo prometes?
 Te lo juro.
Abrió la chirriante puerta que dio lugar a un pasadizo oculto en la montaña.
Era oscuro, tenebroso y lúgubre. La carencia de luz hacía difícil su tránsito.
 Agarra mi mano y no la sueltes – Dijo Zärven, que ya había empezado a sudar.
No se veía absolutamente nada. Ya habíamos dejado atrás la claridad que entraba por la puerta y a lo único que me aferraba era al brazo de Zärven.
Después de estar andando durante poco rato, la luz se dejaba divisar al final del pasillo. La sensación que tuve era muy reconfortante.
Pero cuando tenía suficiente capacidad de iluminación pude comprobar que el brazo de Zärven se había tornado blanco, muy blanco.
Resultó que yo no estaba agarrando su brazo, si no el de la chica con la que había soñado, y cuyos ojos blanquecinos se clavaron en mí, musitando algo con su boca cosida.
Mis piernas se movilizaron solas. Corrí cuanto pude, alejándome de ese ser que reía malvadamente.
Pude guarecerme en una habitación. Me costó abrir la puerta pero lo conseguí y me metí dentro.
Se trataba de las antiguas habitaciones de los sacerdotes. Allí tuve tiempo para meditar y así descubrir que le había ocurrido a Zärven.
¿Cómo puede desaparecer una persona a la que agarras con toda tu fuerza? ¿Y si Zärven se había convertido en esa “cosa”?
Sin duda, estaba echa un lío. Las cosas que decían eran lógicas, pero no podía creérmelas. Mi intuición me decía que Zärven estaba vivo, pero no sabía en dónde.
Lo más importante de todo era descubrir a ese fantasma. Lo llamé así porque no sabía cómo nombrarlo.
Fuera lo que fuera me daba mucho miedo ir sola. No obstante, era una chica fuerte a la que no le daba miedo enfrentarse a un rinobramante, pero luchar contra algo que no podía me aterrorizaba mucho.
Me armé de valor y abrí, poco a poco la puerta.
La luz era ínfima, pero lo suficiente como para ver por donde andaba.
Caminé lentamente, mirando en todas partes y rezando para que no me topara con ese fantasma.
Doblé una esquina y seguí transitando por pasillos sombríos, carecientes de luminiscencia. Pero de repente empecé a escuchar a una niña llorando.
Se oía al fondo del pasillo. No quise aventurarme más allá de donde estaba pero era el único camino.
Fui con mucho cuidado.
Llegué a un cruce y los llantos se pararon. Noté una corriente de aire frío recorriendo mi espalda y me di rápidamente la vuelta. Pero allí no había nada.
Volví a girar y comprobé que todo iba bien.
Sin embargo, cuando di un paso algo pasó por mi oreja. El mismo aire frío.
Esta vez no volví. Solamente salí corriendo sin importar por donde fuera. Sólo quería salir de ese maldito templo.
Cuando vi que todo iba bien fui parando poco a poco, y seguí caminando con mucho cuidado.
Tenía mucho miedo, y Zärven no aparecía por ningún lado. Algo que me preocupaba aún más.
Otra vez volví a sentir el viento, pero esta vez venía acompañado de un portazo. Sonó cerca.
Me acerqué a la zona donde lo había oído. En efecto, había una puerta que debido al aire se cerró. Pero lo hizo tan fuerte que no pude abrirla.
Mientras intentaba abrir la puerta, algo se posó en mi hombro derecho. Era la cara de ese fantasma, que miró hacia mí con una sonrisa. Me aparté rápidamente.
Nos quedamos mirando fijamente las dos a la vez. Sin embargo a ella se le empezó a descoser la cabeza. Algo que me repugnó.
Finalmente cayó al suelo, y se dejó rodar unos cuantos centímetros.
No me quedé a ver que más pasaba. Salí de allí lo más rápido que pude.
Ya no aguantaba más. Estaba muy asustada y perdida en mitad de un gran templo, siendo perseguida por algo a lo que había llamado fantasma; cuando en realidad no sabía a lo que me enfrentaba.
El cansancio comenzaba a hacer mella en mí.
Empecé a caminar lentamente, produciendo la menor cantidad de ruido posible.
Llegué de nuevo a un cruce. Lo único que se veía era oscuridad y más oscuridad.
De repente, el mismo hálito frío de antes volvió a pasar por mi cuello, pero esta vez no había nada a mí alrededor.
Torné por el camino de la derecha, el cual me parecía menos tenebroso.
Recorrí el pasillo, completamente pegada a la pared. Pero de pronto comencé a oír a la niña llorando. Parecía que venía de muy cerca.
Encontré una puerta de la cual venían unos sollozos.
Me interné cuidadosamente en la habitación, vacía y con un cuerpo infantil en la mitad del cuarto.
Su cuerpo frágil reaccionó al ponerla en mis rodillas. Tenía completamente la cara cubierta por su largo pelo rojizo. Su tez era blanquecina y daba la impresión de que había pasado mucho tiempo aquí.
Le aparté los pelos de la cara.
Lo único que me dio tiempo a mirar antes de soltarla y salir corriendo es que no tenía ojos, y sus huecos estaban completamente ensangrentados.
Esa pequeña niña estaba llorando sangre.
Un rato después de aquello me pregunté a mi misma si esa chiquilla era verdaderamente un ser humano, o un ente maligno del templo.
Aun asustada por lo que había visto me seguí internando en la más completa oscuridad del templo. Estaba deseando ver luz, por mínima que fuera.
Luego de buscar ansiosamente algo de luminosidad, logré divisar una pequeña grieta por la cual los rayos del sol se dejaban visualizar.
También sentí el aire cálido en mi cara. Dejé de estar asustada por un momento, y ese ardor que provenía de las afueras del templo me hizo actuar y pensar de forma más fuerte.
Es cierto que luchar contra algo que desconozco causa miedo y angustia, pero sabía que esa cosa no iba a dejarme tranquila, y debía de plantarle cara.
Desenfundé mi maravillosa espada, y con ella en mi mano derecha ingresé en la penumbra.
Pasaron varios minutos caminando en línea recta y no escuchaba absolutamente nada. Ni siquiera sentía el mismo frío que hacía unos poco segundos.
Eso me hacía pensar que todo esto que estaba haciendo era una completa estupidez.
Aun así, seguí adelante.
En ese momento me acordé de todas las veces en las que me había enfrentado a algo. Nunca había pasado miedo, incluso estando sola. Sabía que la naturaleza me acompañaba y me cuidaba. Los árboles, los animales… todos me defendían ante los peligros, mas esto era diferente.
El temor penetraba en mí como una hoja bien afilada. No sabía por qué. Rara vez sentía miedo por algo.
Quizá fuera por enfrentarme a ese fantasma. Sangre, dolor, risitas intimidantes. Todo eso me ponía de los nervios.
Necesitaba a Zärven a mi lado en estos momentos.
Repentinamente un ruido proveniente de mi espalda hizo que dejara mis pensamientos a un lado.
Unos suspiros de gran fuerza se iban acercando poco a poco desde la oscuridad.
Apreté con fuerza mi espada y me preparé para lo que viniera.
Cada vez se escuchaba más cercano, y el sudor se dejaba resbalar por los laterales de mi cara. Me ajusté el sombrero por si tuviera que salir corriendo.
Estaba a punto de ver de qué se trataba, pero de pronto los ruidos cesaron.
Seguía en alerta por si saliera de entre la oscuridad, aunque parecía que eso no iba a suceder.
Sin embargo, esa muchacha de boca cosida y aspecto tenebroso se puso detrás de mí y rió maléficamente, cosa que hizo sentir verdadero miedo y que cayera desmayada al suelo.
No sé cuánto tiempo estuve desfallecida, a merced de ese engendro, pero desperté de mi sueño, y a primera vista pude observar que me encontraba en una habitación, parecida a las que anteriormente había visto.
Me dolía un poco la cabeza. Supuse que fue del golpe que tuve al caerme desmayada.
No había nada extraño en el cuarto. Aunque parecía que las paredes susurraban.
Me coloqué bien mi sombrero y me dispuse a abrir la puerta, con sumo cuidado.
El chirriante sonido que producía habría alertado hasta la persona más sorda del reino. Pero por gracia divina en el pasillo no había nadie.
El lugar que me encontraba me daba mareos. No entendía por qué, pero así era. Tampoco sabía en qué lugar del templo me encontraba.
Esto era un completo laberinto, para salvaguardar una preciada reliquia.
Casi me había olvidado a lo que venía. La punta de flecha de Üjiel.
Al doblar la esquina apareció ante mí la misma niña sin ojos que me había encontrado antes.
Me volví, pero ella me paró.
 ¿Quién eres? – Musitó, con una voz grave y no propia de una niña.
Estaba asustada, pero yo era una gran cazadora elfa, y no podía echarme para atrás.
 Me llamo Aelenta, y estoy buscando una reliquia.
No sabía a donde me estaba mirando, pues la ausencia de ojos hacía que mirara en todas direcciones. Aparte de darme asco.
 Aquí no la encontrarás. Lo que buscas se halla en el centro del templo.
 Está bien – Intenté evitar que siguiera preguntándome y así hacer que contestara a las mías – Mi amigo ha desaparecido, ¿sabes dónde puede estar?
 En cualquier parte.
Esa no era una respuesta convincente. Terminé de preguntarle.
 Sólo una cosa más, ¿quién eres tú, y la de la boca cosida?
 Somos lo que a ti no te interesa. Has usurpado nuestro hogar – Comenzó a decir más alto - ¡Vete!
Empezó a gritar, tanto, que los muros empezaron a retumbar con sus palabras.
Mis oídos no aguantaron más la opresión, así que saqué mi espada y se la clavé en la cabeza.
No sabía si estaba muerta. Enfundé mi espada y me acerqué sigilosamente a su cuerpo, que yacía de pie.
Intenté tocarla, pero de repente volvió a gritar, esta vez sin palabras, y con una brecha de gran tamaño en la cabeza.
Salí corriendo de allí. Mi corazón no paraba de latir. Tal vez fuera por estar corriendo, pero lo cierto es que fue por el susto que me dio esa niña.
Poco a poco me fui internando en el templo, a la vez que perdía los gritos de esa cosa, fuera lo que fuera.
Paré un momento y me apoyé en la pared. Exhalaba aire de manera atroz; tanto, que me hacía toser con fuerza.
Me estaba empezando a volver loca. Daba vueltas por un lugar lo más parecido a un laberinto, buscaba un objeto del cual no sabía su posición, y lo más importante, Zärven no aparecía por ningún lado.
Aparte, claro está, de que me algo me perseguía.
Sólo deseaba salir de ese lugar.
Empecé a escuchar de nuevo ruidos procedentes del final del pasillo. Esta vez no me eché para atrás.
Saqué mi espada de su funda y me lancé a la inmensa oscuridad.
No veía absolutamente nada. Escuchaba los ruidos acercarse y balanceaba la espada, vanamente.
Pero nada apareció, y pronto se empezó a vislumbrar la zona. La luz apenas iluminaba, aunque me bastó para deducir que allí no había nada. Excepto un pequeño ratón que se escondió rápidamente detrás del muro.
Eso me alivió.
Aun así, debía seguir en alerta, ya que cualquier cosa podría aparecerse de la nada, y no quería llevarme un buen susto.
Esta vez caminé lo más recto que pude, siempre cogiendo los caminos que iban en mi dirección.
Sorteé dos veces a esa muchacha, cuyo aspecto me daba miedo y pavor, incluso sin yo tenerlo.
Su boca cosida, su sonrisa malévola, su tez blanquecina y su largo pelo negro me infundían, ya de por sí, tanto miedo, que mi cuerpo llegaba a paralizarse.
Cuando me la encontré, la primera de las dos veces, intenté hacerle frente. Pero una poderosa fuerza me impidió hacerlo, así que la esquivé.
La segunda vez, me acerqué velozmente, pero desapareció ante mí. No sin antes dejar su risa diabólica extendida por todo el pasillo.
No me encontré más con ella, en las dos horas que estuve vagando por el templo. O al menos eso creía yo.
Sin embargo, el destino me tenía reservado un buen futuro.
Mucho más tarde, llegué sin quererlo, al centro del templo. Allí había más luz. Y en el centro, colocado sobre un pedestal, la reliquia de Üjiel.
Lloraba de alegría. Por fin conseguí llegar, viva, a lo que venía a buscar.
Alrededor de la punta de flecha yacían varios cuerpos esqueléticos. Todos carecían de mandíbula inferior. No le di mucha importancia, aunque no paraba de mirarlos.
Muchos llevaban el escudo de Kling. Las dos medialunas, una mirando a la otra.
Sin embargo, y alejando la vista de los demacrados cuerpos, puse toda mi atención en la reliquia.
Las dudas no dejaban de rondarme por la cabeza. Lo más probable es que hubiera algún tipo de trampa. Si no, como habían muerto tantos hombres.
Pero mi astucia y mi gran capacidad para resolver cualquier tipo de problemas hicieron que no tardara en tener un plan.
Muchos de los muertos seguramente se habrían acercado directamente a la punta de flecha. Algo que no debería hacerse, y menos en un templo plagado de laberintos y espectros.
Busqué una pequeña piedra y la amarré a una liana que colgaba del techo, probablemente de una de las muchas plantas que allí abundaban.
Una vez hecho esto, tensé a más no poder la liana y luego la solté.
Mi plan funcionó. La piedra golpeó la reliquia que cayó de su pedestal en medio de la sala.
Tal y como supuse había una trampa, la cual consistía en que una vez la reliquia fuera movida de su lugar, el piso donde estaba se elevaba a gran velocidad chocando violentamente contra el techo.
Suspiré aliviada.
Me dirigí a coger el fragmento de flecha, pero un ratón lo agarró con sus dientes y se lo llevó.
Corrí detrás de él, pero no tuve suficiente tiempo y se escondió por un pequeño agujero.
Maldecí mi suerte. Después de haber superado pasillos laberínticos y espíritus errantes, esto lo completaba.
Estaba completamente desmoralizada por lo ocurrido. No sabía qué hacer. A menos que persiguiera al ratón.
Meterme por un agujero como él iba a ser imposible, por ello me dirigí por el pasillo.
Escuchaba al ratón correr por las paredes. Lo seguí por los oscuros pasillos del templo. Sólo me guiaba por su sonido.
Lo único que esperaba era no encontrarme a esa fantasma, o lo que fuera.
El ratón huía a través de los muros, dejando un rastro de estridentes sonidos causados por la punta de flecha que llevaba bien agarrada a sus dientes.
Por suerte, mis orejas de elfa me permitían oír cosas que otros seres no podían escuchar.
Me costaba alcanzar al roedor, ya que su velocidad era muy superior a la mía, pero no lo era en astucia.
Acercarme a una grieta en la pared no me fue complicado. Había muchas, aunque lo que no sabía era por donde iba a pasar el ratón.
Pero de la abertura no apareció precisamente eso. Más bien se trataba de una cara fantasmal que surgió de repente y me hizo retroceder rápidamente.
El susto permaneció por un buen rato en mi cuerpo, sin embargo pronto empecé a escuchar pequeños sonidos. No debía de perder más tiempo.
Me quité el cinturón que mantenía mis ligeros pantalones sin caerse, y formé una honda con ello. Recogí una piedra, fuerte y consistente, y la puse en la honda casera.
Cuando el ratón apareció, solamente podía esperar una muerte violenta, pues la roca aplastó su pequeña cabeza.
Por gracia del destino, la reliquia no sufrió daños. Volví a colocarme mi cinturón y guardé la punta de flecha en una cartera que colgaba del cinto.
Lo más difícil ya había sido encontrado, ahora sólo me faltaba buscar a Zärven, cuyo paradero me era desconocido absolutamente.
No sabía cuántas horas habían pasado desde que me interné en el templo. Incluso días, pues estaba agonizando de sueño. También me preguntaba si los marineros ya se habrían ido.
Si ya habían pasado dos días lo más seguro es que sí.
Estos pensamientos negativos no me deprimían en absoluto. Era una chica fuerte, a pesar de que los sucesos paranormales me dieran muchísimo miedo.
La última vez que vi a Zärven fue en la entrada del templo. Pero llegar allí de nuevo sería casi imposible. Ni siquiera sabía dónde estaba, sólo caminaba vanamente por largos pasillos, oscuros y tenebrosos.
Supuse que ya estaría dentro de la montaña, debido a que el aire era cada vez más frío, y pude notar las ásperas paredes, cubiertas de roca.
Esta parte del templo estaba completamente derruida. Los altares que se hallaban por todo el camino yacían tendidos en el suelo, rotos y saqueados.
De pronto empezó a sonar una canción. Una melodía que hizo pararme en seco.
El sonido me llegó a lo más profundo de mi alma. Hacía mella en mí, dejando caer pequeñas lágrimas por mis mejillas.
No sabía el por qué, simplemente salían de mis ojos sin yo quererlo. Esa melodía no me hizo dar cuenta de que algo estaba detrás de mí, y sólo cuando paró me percaté.
Ahí estaba otra vez esa mujer de tez pálida y cabello negro, con su sonrisa malévola dibujada en la cara.
 Esta vez no voy a huir – Dije firmemente con la espada en la mano.
Me coloqué el sombrero y me abalancé sobre ella.
Logré darle con mi espada, pero desapareció, dejando de rastro una carcajada.
Eso me asustó, pero supe que era posible hacerle frente.
Seguí caminando. No se veía el final y caminaba a tientas por la oscuridad, mayormente para evitar tropiezos tontos.
Sólo pensaba en lo bueno que sería tener un candil en estos momentos.
Dicho y hecho. De repente comencé a ver un punto de luz, lejano a donde estaba situada.
Fui velozmente en esa dirección, ajena a los peligros que podrían acecharme. Pero afortunadamente no pasó nada, y pude coger la antorcha sin ningún problema.
¿Quién había puesto ahí esa tea, intrusa en mitad de las tinieblas?
Era un tanto extraño, aunque de algo me sirvió.
El pasillo tornaba a la derecha. Por fin había llegado al final del templo.
Más altares derruidos a lo largo del camino. No supe distinguir de qué dios se trataba, ya que todos carecían de cabeza.
Pero este era el templo del Antiguo. Así que lo más seguro es que las estatuas fueran sobre él.
¿Cómo sería ser un dios?, ¿qué se sentiría?
Tener tanto poder a tus manos. Potestad sobre todo lo que te rodea. Sumisión de los seres de este mundo ante tus pies.
Aunque yo no soy así, y si fuera una diosa lo más seguro es que haría el bien, porque lo que menos deseo es causar daño a aquellos que no se lo merecen.
Hablando conmigo misma llegué a un lugar extraño.
Se trataba, como no, de un altar, pero era más grande que los demás. A los pies de la estatua se hallaba dibujado un extraño símbolo. Dentro de un círculo, hecho con sangre, había un trazo recto horizontal, seguido en su extremo derecho por otra línea ligeramente inclinada a la izquierda, y esta seguida en su parte inferior por otra línea vertical.
Sin duda, era un ritual. Esto confirmaba lo que ya venía suponiendo. El templo estaba maldito.
Alguien quería guardar férreamente la reliquia, y creyó que invocando un espíritu se iba a salvar.
Más no podía hacer en ese lugar, así que me largué. Pero antes me dio un pequeño escalofrío por mi espalda. Este lugar me ponía los pelos de punta.

Poca luz quedaba ya en la antorcha. Apenas iluminaba. No obstante me dio tiempo a llegar nuevamente al templo. Sí, por fin veía de nuevo una construcción sólida.
Los pasos de mis botas de cuero sonaban más fuerte de lo normal. Quizá fuera por el eterno silencio que allí se sentía, o por el miedo que se respiraba debido al odio de las ánimas.
¿Y qué tendría que ver el miedo con el ruido de mis botas? Sin duda estaba completamente loca y delirando. Sólo quería que apareciera Zärven.
Estaba asustada, ya que si gritaba a lo mejor aparecería ese extraño ser de aspecto femenino. Aun así me atreví.
 ¡Zärven! – Empecé a gritar.
El eco empezó a recorrer todo.
 ¡Zärven! – Volví a exclamar.
Pero no hubo respuesta.
No quería pensar en su muerte. Sabía que estaba vivo, aunque había algo en mí que no pensaba lo mismo.
Su extraño modo de desaparecer me pareció insólito. Seguí andando.
La luz de la antorcha ya se había apagado, y volvía a estar en la oscuridad más absoluta. Por ello la tiré.
Estaba agotada, cansada de todo esto. Mi cabeza me dolía a más no poder, y ya no sabía qué hacer.
Me senté apoyada en la pared, con la cabeza posada en las rodillas.
No tenía pensamientos, no sentía mi cuerpo, no expresaba ningún movimiento.
Después de un rato me acordé de la reliquia. La saqué de la cartera y la observé durante largo tiempo.
No tenía nada en especial. Era una punta de flecha, oxidada y olvidada a través de las épocas.
Sin embargo podía sentir algo. No sabía bien lo que era, pero me infundía ánimo.
La punta de flecha resbaló de mis manos, y por crueldad del destino fue a parar en una grieta del suelo.
Yo no me lo podía creer. Había perdido lo único que vine a buscar a este lugar, maldito y tenebroso.
Todo el ánimo que me acababa de infundir la reliquia salió de mí igual que entró. Velozmente.
No podía dejar esa situación así.
Vagué por los largos, angostos e infinitos pasillos en busca de una escalera que diera a una planta inferior.
Miré en habitaciones, pasadizos sin salida, pero nada encontré. O al menos eso creía.
Mientras iba caminando pude sentir que el suelo se abría a mis pies. La superficie se estaba derrumbando. Intenté agarrarme a lo más próximo que tenía, que era la rama de un árbol que había crecido y abierto paso en el templo. Pero fue inútil y caí torpemente a una planta inferior.
No sabía si quejarme por lo ocurrido o alegrarme por haber encontrado lo que quería. Eso sí, el dolor en mi trasero duró largo tiempo.
Se trataba de pasadizos ocultos debajo del templo.
Al tiempo que caminaba me apoyaba en los muros. La brutal caída me había dejado un poco mal, y por ello tenía dificultades al andar.
Estaba alejada del templo en sí, pero aún temía la aparición de aquello que venía persiguiéndome desde que entré.
La oscuridad aquí era más profunda. Ahora ya no tenía las pequeñas grietas que iluminaban, apenas, el trayecto que yo seguía.
Sin embargo, caminé a duras penas por los tenebrosos pasillos.
Esperaba encontrar la punta de flecha lo más pronto posible, dado que no estaba muy lejos de donde se me había caído.
De pronto, empecé a escuchar gimoteos débiles. Me paré.
Supuse que sería otra trampa de los espíritus errantes. Por ello desenfundé mi espada. Su sonido se extendió por todo el pasaje.
 Mejor – Pensé – Así se enterarán de que nada puede conmigo.
Iba en dirección de los quejidos, cada vez más cercanos. El sudor empezó a correr por los laterales de mi cara, pero la espada estaba firme en mi mano derecha.
Por fin llegué. Delante de mí estaba aquello que producía los extenuantes sonidos.
Empezó a murmurar algo. Me acerqué, siempre alerta.
 Ae... –Decía muy bajo.
No había duda, era Zärven.
Supe reconocerlo desde que dijo la primera letra.
 ¡Zärven, soy yo, Aelenta! – Grité desesperadamente.
No pude contener mis lágrimas. Pensaba que había muerto, pero lo único que ocurrió es que había caído por un agujero en el suelo.
 El golpe fue brutal – Habló Zärven con su mano en la cabeza – Creo que estoy sangrando.
 Espera.
Me senté junto a él en el suelo. Saqué de mi cartera una pequeña venda que guardaba siempre para casos como este.
 Ya está – Dije al terminar de colocarle el vendaje en la cabeza.
 Gracias Aelenta.
 No hay por qué darlas. He estado sola desde que entré a este templo pero por fin te he encontrado.
 Entonces ya podemos seguir buscando la reliquia – Comentó al tiempo que nos levantábamos.
 La punta de flecha ya la encontré, pero se me cayó por una grieta y vino a parar aquí.
 Busquémosla.
 Zärven, hay otra cosa que quiero decirte.
 Dime.
 Algo me ha estado persiguiendo desde que llegamos. No sé lo que es, pero seguramente no es de este mundo.
 Tendremos cuidado. A ti no hay quien te gane.
 ¡Es cierto!, pero lo inimaginable me causa pavor.
Ayudé a Zärven a andar. Podría decirse que nos apoyamos mutuamente.
El comandante encontró una antigua antorcha apagada, pero gracias a sus conocimientos en supervivencia pudo hacer fuego y prender la tea.
Ya no tenía miedo alguno. Zärven estaba conmigo, y eso me hacía feliz.
Sin embargo, aún nos quedaba encontrar la reliquia.
No sabía si estábamos cerca o lejos, pero lo cierto es que nos quedaba un buen camino por delante.
Aún caían lágrimas por mi tez.
 ¿No te da vergüenza que a tus cien años de edad sigas llorando?
 Son lloros de alegría, estúpido – Me sequé las lágrimas y me enojé un poco - Y qué hay de ti. Parece mentira que el comandante de la guardia Solano vaya tropezándose.
 Algo me empujó – Quiso decir en voz alta, pero sus dolores de cabeza se lo impidieron.
 Seguramente lo que me persigue – Agaché la cabeza.
 Dime, ¿qué es exactamente?
 No lo sé. Su aspecto es el de una chica de cabello largo y tez blanca, pero tiene la boca zurcida y su sonrisa inspira intimidación – Un extraño frío me inundó.
 Te refieres a esa que está en frente nuestra.
En efecto. Allí estaba, delante de nosotros.
Su largo pelo se mecía suavemente, pero lo cierto es que no corría aire en ninguna dirección.
Empezó a tatarear la misma canción que antes había escuchado. Yo me tapé los oídos. Sin embargo Zärven quedó plasmado ante tal sonido.
La mano derecha del ser comenzó a elevarse al tiempo que la del comandante, incitando a Zärven a ir con ella.
Le grité que parara pero no me hizo caso. No sabía que sucedería al destaparme los oídos mas no dudé en hacerlo.
Tiré a Zärven al suelo y me abalancé sobre la chica. Mientras me iba acercando, su sonrisa cambió a una muesca de asombro.
Desapareció, haciendo que yo chocara brutalmente contra el suelo.
Cuando el comandante se recuperó, corrió a socorrerme.
 ¿Estás bien Aelenta?
 Sí, por suerte no ha sido un golpe severo.
 ¿Qué fue eso? – Cambió de tema.
 Ya te lo dije, el espíritu que lleva persiguiéndome durante todo este tiempo.
Zärven miró al fondo. Se percató de que algo brillaba en la oscuridad.
Caminamos apoyándonos el uno en el otro.
Se trataba de la reliquia. Por gracia divina no había sufrido daño alguno.
La antorcha nos fue de muy buena ayuda para descubrir su posición en tanta oscuridad.
 Ahora debemos salir de aquí – Habló Zärven.
 Entonces tenemos que encontrar algo que nos lleve a la planta superior.
 ¿Cómo bajaste tú?
 Me caí.
Zärven no pudo contener sus carcajadas. Mi mirada acechante y penetrante hizo que cambiara de idea.
Seguimos andando, con las esperanzas puestas en que la llama de la antorcha no se apagara.
Ruidos sospechosos provenían de todas partes. El comandante se mantenía firme y yo lo observaba.
¿Cómo era posible que él no tuviera miedo, y sin embargo no fuera capaz de recibir una riña por parte de una chica?
Era un chico alegre, rudo, simpático, animado… lástima que fuera tan joven.
 ¿Has dicho algo?
 No, nada – Me sonrojé.
Y también tenía un oído excepcional. Todo un comandante Solano.
Esto me pasaba por pensar en alto muchas veces.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por unos temblores que empezaron a sacudir todo el templo.
Cesaron al poco rato, pero nos dejaron tambaleándonos durante varios segundos.
 ¿Qué ha sido eso? – Preguntó alteradamente Zärven.
 Te crees que yo lo sé.
 Lo siento – Miró hacia arriba – Creo que este piso se está derrumbando.
Zärven me cogió de la mano y corrió junto a mí por todos los pasillos en busca de una salida.
Las rocas caían desde lo superior, ocultando algunos caminos. Para ello tuvimos que sortear algunas piedras de enorme tamaño y así poder llegar a esos pasillos.
Las escaleras no aparecían y poco a poco todo estaba siendo sucumbido por la destrucción.
De pronto, uno de los muros se vino abajo, dando lugar a una habitación oculta, y por suerte, con una trampilla que daba a la zona superior.
No obstante, la portezuela nos era inalcanzable.
 ¡Espera aquí! – Gritó el comandante al tiempo que salía a toda prisa del habitáculo.
Todo se venía abajo. Y lo peor es que lo hacía con nosotros dentro.
Ni en estos momentos podía dejar de pensar en el espectro que nos seguía.
Zärven volvió a aparecer con unas cuantas cajas. Las colocó a modo de escalera.
Abrimos la puerta de la trampilla y pudimos subir hasta la planta superior, justo a tiempo.
Mi corazón no podía dejar de palpitar a una velocidad inconmensurable.
No daba crédito a todo lo que había pasado, hasta que apareció de nuevo la chica de pelo negro y boca enjaulada.
Tenía una piedra en su mano.
 ¿Has sido tú la que ha hecho eso? – Zärven habló sin ningún reparo.
Yo no dije nada, sólo por el simple hecho de que dudaba si podía hablar.
En efecto, lo único que hizo fue asentir.
 Dime, ¿por qué nos quieres matar?
Su sonrisa lo indicaba todo. Estaba jugando con nosotros.
Alzó la mano para tirarnos la piedra que llevaba, pero el comandante se agachó y desenfundó su espada para luego intentar dañar a la chica. Sin embargo, ésta ya se había ido.
 Larguémonos de aquí – Refunfuñó Zärven.
Al parecer, no tardamos en llegar a la salida. El fantasma ya se había divertido lo bastante con nosotros.
No obstante, cuando salimos por la puerta, un último grito se escuchó, proveniente de dentro, que hizo que la puerta se cerrara brutalmente.
La luz incidió en nosotros más que nunca. Habíamos pasado demasiado tiempo en la inmensa oscuridad.
Por fin pude respirar aliviada. Aire puro, luz solar, ausencia de miedo. Una sonrisa era lo que me producía todo esto.
Por suerte, todavía no habían pasado los dos días, dado que los marineros aún nos esperaban. Bajamos a la costa.
 Es toda una sorpresa veros sano y salvo a los dos.
 Ni te imaginas lo que hemos tenido que pasar – Contesté yo.
 ¿Entonces es verdad lo que dicen, está encantado? – Habló otro marinero.
 Sí. Dad constancia de que nadie se aventure a estos páramos malditos – Dijo rotundamente Zärven.
Los navegantes se miraron los unos a los otros, con el miedo y la impresión en sus ojos.
 Debemos irnos – Expresó el capitán.
 De acuerdo. Subamos Aelenta.
Yo estaba completamente exhausta.
La suave marea que mecía el barco hizo que prontamente me durmiera. Después de todo el espanto y terror que había pasado, esto era un regalo de la naturaleza, o como diría Zärven “Es merced de los dioses lo que ahora está pasando”.
La llegada a Kling se hizo llevadera.
Mientras, en lo alto del templo, una figura miraba al barco donde estábamos. Zärven, que estaba en la cubierta pudo observarlo.

Se trataba ni más ni menos que de Üjiel, el dios del mal, y como no, el dios del terror. Aunque esto Zärven no lo pudo deducir ya que se encontraban muy lejos.
 Dejo a mi chica demonio preferida que acabe con ellos y lo único que hace es jugar.
La muchacha que aparentaba ser un fantasma era un demonio. Ésta apareció al lado de Üjiel.
 Son muy fuertes señor, tanto física como interiormente.
 Sólo hay dos fuerzas poderosas en este mundo, el amor y el odio. Y yo no me fío de la primera – Siguió mirando al horizonte, con la lava recorriendo su cuerpo oscuro y tenebroso.
 Gran reflexión señor.
Miró hacia ella.
 No he venido para que me elogies.
 Lo siento.
 Debías haberlos matado. Ya sabes lo que pasará ahora, ¿verdad?, Soelia.
 ¡No señor, todo menos eso!
Üjiel no hizo mueca alguna al tiempo que enviaba a su subordinada de vuelta al infierno, quemándola con el fuego del averno entre gritos de desesperación.
Volvió a mirar al horizonte.
 La única esperanza que me queda es Quiternus.
El gran señor infernal volvió a su residencia, dejando el templo vacío y derruido, antaño propiedad de esa chica demonio.
El río nos llevó de vuelta a Dalea-Imperá.
Las altas torres del palacio del Imperátor se divisaban desde lo lejos.
Zärven aún permanecía en la cubierta cuando yo me levanté de mi placentero sueño y cómoda cama.
 ¿Has dormido bien?
 Dentro de lo que cabe, sí.
 Me alegro. Mira, ya hemos llegado.
Sólo esperaba que el Gran Emperador nos recompensara muy bien por todo este trabajo.
Aunque lo dudaba.

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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Dom 27 Nov 2011, 22:36

gran relato, haber como recompensa el emperador a estos aventureros dignos de tener su propia saga de juegos Wink
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Vie 16 Dic 2011, 18:38

Continúo con el cuarto capítulo, que espero que os guste como siempre Smile

-- La fiesta del asesino --


Las murallas de la ciudad se veían desde la embarcación. Estaba atardeciendo. Era una estampa bella y agraciada. La ciudad siendo engullida por el crepúsculo.
Después de todo lo vivido en el templo por fin estuve aliviada. Además de que Zärven estaba a mi lado.
 Ya se acercan las dos lunas – Habló Zärven, con su mirada perdida en el ocaso.
 Gran acontecimiento.
 En Kling se celebra un festival en honor a ello.
 ¿Creo que el signo de la ciudad son las dos medialunas?
 En efecto.
 Encontré a algunos cadáveres en el templo con las lunas dibujadas en la armadura – Me apené.
 Eso ya es agua pasada. No volveremos jamás a ese santuario maldito.
Como siempre, Zärven tenía razón. Pensar en ello sólo me acarrearía problemas y dolores de cabeza.
Arribamos al fondeadero que había en la ribera del río.
Fuimos directos a la ciudad.
Sin duda, los ciudadanos de Dalea-Imperá estaban deseosos del festival que se avecinaba. La ciudad entera estaba revolucionada.
Tanto ricos como pobres dejaban sus diferencias para hacer de ese festejo algo maravilloso.
Sin querer, llegué a tropezarme con un niño pequeño. Estaba muy concentrada en lo que veía a mí alrededor.
 Disculpa, ¿estás bien?
 Sí, no es nada Aelenta.
 ¿Cómo sabes mi nombre…?
Me percaté de que se trataba nuevamente del dios Tar. Zärven también estaba allí, y aunque anteriormente ya se había encontrado con el dios, no pudo evitar emocionarse.
 Bendito seas que nos honras con tu presencia – El comandante se postró ante el niño, bajo la mirada de muchos ciudadanos curiosos.
 Zärven, me estás dejando en evidencia – Contestó un poco avergonzado el dios.
 ¡Recuerdas mi nombre! – El comandante no podía aguantar tanto júbilo.
Sus ojos expresaban agitación y conmoción.
 Dejemos a Zärven – Me dijo – Veo que habéis regresado sanos y salvos.
 Ha sido una experiencia horrible y terrorífica – Suspiré.
 Lo importante es que estáis vivos. A mi padre esto le cabreará mucho.
 ¿Tu padre?
 Sí, Üjiel. La chica fantasmal que viste era Soelia, la demonio del terror.
 Ahora todo encaja – Me acordé del ritual que vi en uno de los altares.
 Me alegro de que estéis bien – Esbozó una sonrisa.
 Es todo un honor recibir elogios de un dios.
Zärven volvió.
 Me gustaría acompañaros durante el festival. Quisiera ver como se divierten los humanos.
El comandante quedó petrificado.
Tar era también el dios de las fiestas. Quizá acompañarnos le serviría para comprender como nos divertimos.
 Bueno… sí que puedes, pero antes tenemos que visitar al Imperátor.
 Tranquila, iré a donde vosotros valláis.
El pequeño niño caminó junto a nosotros al palacio.
Zärven no dejaba de mirarlo. “Nos acompaña un dios” me decía en voz baja al oído. Yo simplemente reía.
Los dioses no me incumbían para nada, pero era cierto que tener la compañía de uno era bastante gratificante y todo un honor.
Durante el trayecto nos volvimos a encontrar con Marteyus.
 Parece que está a la orden del día encontrarme con vosotros dos.
 Las coincidencias son de lo más perspicaces – Hablé – La verdad es que deseaba encontrarme contigo.
 Ya veo. Querías presentarme a tu hijo ¿no? – Observó al niño – Lo que no entiendo es como ha podido crecer en tan poco tiempo. Creo que en el templo pasó algo más entre ustedes dos – Nos miró divertidamente.
Zärven y yo dirigimos nuestras miradas al pequeño dios.
 ¡Te equivocas! – Grité sonrojada – No es nuestro hijo, es…
 Es mi primo, que ha venido de visita para entretenerse en la fiesta – Continuó Zärven.
 Pues me dejáis más tranquilo – Se puso serio – El Imperátor os busca desesperadamente. Parece ser que ya se ha enterado de vuestra llegada.
 Íbamos justo allí.
 Pues ve Aelenta, y tú también Zärven. El Gran Emperador está muy alterado y no creo que espere mucho más.
Marteyus nos empujó varios centímetros hacia delante.
Al parecer el Imperátor nos requería urgentemente. Tar nos acompañó, maravillándose con los preparativos que nos encontrábamos por la calle.
Llegamos a palacio, donde varios soldados nos escoltaron a la sala del trono. Allí, el Imperátor esperaba ansiosamente nuestra presencia.
 ¿Tenéis el objeto? –Se limitó a decir.
 Aquí está – Se lo di a uno de sus soldados que se lo puso en sus manos.
Observó la punta de flecha durante un rato, por delante y por detrás, por arriba y por abajo y por el hueco de su base.
 Parece ser que está en perfecto estado, si no fuera por su deterioro – Nos miró – También puedo observar que estáis vivos. Tantos soldados perdidos pudiéndoos enviar a vosotros desde un principio.
 Lo que había allí era mucho peor de lo que se puede imaginar – Cambié de tema - ¿Para qué quiere esa preciada reliquia?
 Puro pasatiempo.
Eso me enojó mucho.
 Ahora os necesito para otro asunto. Pero antes, ¿quién demonios es ese niño?
 Se trata de mi primo Gran Emperador.
 ¿Acaso intentáis engañarme? Llevo tanto tiempo en este mundo como para saber que ese es el dios Tar en su versión masculina.
Esa información nos dejó desconcertados.
 Era de esperar – Habló Tar – Digna deducción Imperátor.
 Ahórrate las palabras, ya sabes que yo sólo me debo al Antiguo.
 Por supuesto.
El Gran Emperador nos volvió a mirar.
 Necesito que me hagáis otro favor, y no es una opción. Esta mañana ha aparecido muerto uno de los actores de la obra de teatro que se va a realizar mañana.
 ¿Quiere que investiguemos el asunto? – Preguntó intrigado el comandante.
 En efecto, pero también tú formarás parte del reparto – Zärven se esperaba algo como esto – Sustituirás al muerto. Ya estás tardando en ir a la representación de prueba.
El Imperátor llamó a dos de sus hombres para sacarnos del palacio.
Allí estábamos los tres, pensando en que hacer a continuación.
 Lo primero es lo primero – Zärven rompió el silencio – Yo iré a la función y averiguaré todo lo que pueda, aparte de practicar para la representación de mañana.
 Muy bien.
 Tú, Tar, puedes indagar más sobre el asunto preguntándole a los guardias que patrullaban durante la noche.
 ¿Y me mandas a mí una tarea tan sencilla como esa?, bueno, así aprovecho para darme una vuelta por la ciudad. ¡Dalo por hecho comandante!
Zärven no pudo evitar emocionarse un poquito.
 Y tú Aelenta podrías ir a ver el cadáver y descubrir cómo murió.
 Eres cruel mandándome esa tarea.
 Lo siento. Pero eres la única que queda, y no pretenderás que mande a un niño a ver un muerto.
 Ese niño tiene más años que tú, yo y mi padre juntos, pero no te preocupes, iré al cuartel a buscar pistas. Tar ven conmigo, así puedes aprovechar para preguntar a los guardias.
 Muy bien.
Los tres nos separamos, deseándonos suerte mutuamente.
Zärven llegaba tarde a su representación de prueba. Consiguió que le abrieran el portón, ya que era una función a puerta cerrada.
Varias personas estaban actuando en el centro de la sala. Alguien le empujó por su espalda.
 ¿Y tú eres? – Preguntó un hombre de voz fuerte.
 Zärven, comandante de la guardia Solano y actor suplente del fallecido.
 Llegas tarde.
 Sí, lo siento, pero es que también estoy trabajando en el asunto del asesinato.
 Habla con Feda. Es la pelirroja.
Zärven dio media vuelta. Una muchacha de cabello encarnado se encontraba supervisando al resto de los actores. El comandante se dirigió a ella a paso lento.
La chica se fijó en él. Zärven quedó impresionado, pues de espaldas no era igual que por delante. Era una joven bella y agradable a la vista.
Una muchacha, de cabello muy arreglado y de aspecto muy cuidado.
 ¿Tú eres el sustituto de Lerotus?
 Sí, vengo a ocupar su puesto. Me llamo Zärven – Dijo el comandante con palabras entrecortadas.
 Muy bien, podemos empezar entonces. Espero, también, poder ayudarte en todo lo que pueda con lo del asesinato…
Pero la joven no aguantó más y empezó a sollozar.
El comandante no sabía qué hacer, y por ello tuvieron que venir dos de sus compañeros para ayudarla y sentarla en una silla. Zärven hizo lo mismo.
 Lo siento. Lerotus era mi futuro marido. Nos íbamos a casar en pocas semanas – Habló entre lamentos.
 El que lo siente soy yo Feda. Esto debe ser muy difícil para ti.
 Mucho, pero mi deber ahora es otro. Si puedo ayudarte en algo sólo has de decírmelo.
 ¿Quién fue el último en ver a Lerotus?
 Creo que Barildo, ese de allí.
Señaló a un hombre mayor, de cara envejecida y aspecto fuerte.
 Luego hablaré con él – Volvió a mirar a Feda – Quisiera que me hablaras sobre la obra.
 Somos la Compañía de actores de la subcomarca sur. Nuestro grupo es muy conocido en las tierras de Nan del sur, y procedemos de allí. El Imperátor contrató nuestros servicios para la celebración de las dos lunas. La obra trata sobre los Shasar.
 ¿Shasar? Qué es eso.
 Tú que eres de Borgduás deberías saberlo. Los Shasar son seres alados que viven en el reino de Alinda. La palabra Shasar viene del vocabulario tumbarion.
 Había oído hablar de esos seres, pero no de ese nombre.
 Continúo. La representación se centra en un Shasar que baja a la tierra y queda enamorado de una bella joven. Como tu bien sabes, el reino de Alinda se encuentra en la luna de Quentarior.
 En efecto.
 Pues bien, este Shasar tiene que regresar a Quentarior, ya que la luna sólo vuelve cada cien años.
 ¿Y qué ocurre?
 El Shasar pretende llevarse a su amada consigo, pero Alinda no lo permite, y el Shasar se marcha, dejando a la pobre muchacha con el corazón roto. Pero su amor es eterno, ya que cuando la joven muere, su alma se reúne con él.
 Y supongo que vivieron felices.
 Todos aspiramos a llegar al reino de Alinda, y no vivir entre los muros de Maltasâr.
 La capital del infierno – Él frunció el ceño.
 Efectivamente. Empezaremos a practicar inmediatamente.
 ¿Te encuentras mejor?
 Sí, sólo necesitaba desahogarme un poco – Sonrió.
Zärven era el Shasar y Feda la amada. El guión era sencillo, pero la práctica no, pues todo debía hacerse minuciosamente.
El comandante Solano no era actor, mas su papel lo hizo a la perfección. Al menos durante la prueba.
Ahora le tocaba hablar con Barildo. Al hombre no le gustaba Zärven, y al comandante le costó trabar con él.
 Sé que no te caigo bien y la verdad es que sospecho que tiene que ver con lo del asesinato.
 Yo no tuve nada que ver – Dijo con voz ronca y seca.
 Eso es lo que suelen decir todos los asesinos.
 Lo que digan los demás me da absolutamente igual. Soy un hombre honrado aunque no lo aparente.
 Tú fuiste el último en ver a Lerotus, ¿pasó algo?
 Solamente fui a hablar con él por la paga.
 Siempre es cuestión de dinero.
 ¡He dicho que yo no fui!
 Tranquilízate, no te estoy acusando. Voy a darme un paseo por aquí, así me habitúo.
Zärven era el comandante de la guardia Solano, y a alguien como él no se le podía engañar. Pero necesitaba pruebas, y eso es lo que iba a buscar.
El lugar en donde murió el joven actor estaba completamente inundado de sangre. Se trataba de la trasera de un edificio cercano a la plaza.
Era un lugar apartado y perfecto para cometer un asesinato. Aparte de la sangre, Zärven no divisaba nada más.
Encontrar alguna prueba iba a estar complicado, el asesino lo hizo muy bien. No había marcas de pisadas, ni rastros de sangre que se desviaran de la escena… todo un experto.
A Zärven no le quedó más remedio que observar la zona con detenimiento.
Nada encontró allí, por eso volvió al edificio. Pero justo cuando abrió la puerta se percató de algo que brillaba tras de esta.
Él se acercó y cogió ese objeto brillante que resultó ser una daga, justamente manchada de sangre. Era el arma con el que habían matado a Lerotus.
Los guardias de la ciudad no pudieron encontrarla. La verdad es que estaba escondida en un buen lugar. Sin embargo, la luz se dejó reflejar en el metal y así Zärven pudo encontrarla.
No obstante, aún le quedaba hallar al asesino.
El comandante se acercó a muchacha de pelo rojizo.
 Hola Feda.
 ¿Has averiguado algo Zärven?
 He encontrado esta daga, ¿sabes de quién puede ser?
 ¡Pero si es el cuchillo que he estado buscando todo este tiempo!
 ¿Es tuyo? – Zärven receló.
 No, es solamente un elemento de la obra.
 ¿Tiene dueño?
 Leda, mi hermana. Ella se encarga de los componentes de la obra.
 ¿Dónde puedo encontrarla?
 Ha salido. Creo que se dirigía a la taberna de la plaza.
 Gracias por tu ayuda.
El comandante Solano se fue del edificio y caminó calle abajo hasta llegar a la plaza.
En este lugar se arremolinaban los mendigos y las personas más pobres en torno a la estatua del Antiguo que adornaba el centro de la plaza.
Los preparativos para la actuación estaban siendo terminados por los eficientes trabajadores, que esperaban cobrar muy bien por el encargo hecho.
Zärven entró en la ruidosa taberna.
Lo cierto es que él no sabía quién era Leda, así que no le quedó más remedio que preguntar al tabernero.
 Disculpe. ¿Conoce a una chica llamada Leda?
 Sí, es aquella. La que baila.
Una mujer exactamente igual a Feda bailaba con alegría encima de una de las mesas, bajo la atenta mirada de todos los hombres del lugar.
Esperó a que terminara de hacer lo que estaba haciendo, y cuando bajó del tablero, Zärven se acercó.
 Tú debes de ser Leda, si no me equivoco.
 En efecto. ¿Y tú?, otro de mis admiradores.
 No. Soy el sustituto de Lerotus, e investigador del caso.
Su cara cambió de expresión.
 No sé nada de eso.
 Entonces explícame que hace esta daga manchada de sangre.
 Forma parte de una de las escenificaciones de la obra. Por eso está manchada, pero no es sangre real – Habló, al tiempo que le empezaban a sudar las manos.
 ¿Segura?
 Sí, y ahora devuélvemela – Extendió sus brazos.
 Lo siento, hasta que no averigüe si esta sangre es real o no me la quedaré.
 Has lo que quieras, yo me vuelvo con los demás.
Salió del local dando un portazo.
Zärven no sabía si la hermana gemela de Feda estaba diciendo la verdad o no. Por ello se dirigió al edificio principal de la guardia de la ciudad.
El atardecer acaecía, y al pobre comandante le quedaba poco para representar la obra. Suerte que ya se había aprendido medio papel.
Por el camino se encontró conmigo y Tar.
 Buena tardes Zärven – Habló el pequeño.
 ¿Todo bien? – Dije preocupada.
 He averiguado una daga que podría ser perfectamente el arma clave en el asesinato. Vosotros habéis descubierto algo.
 Tar ha preguntado a los guardias, pero en vano. Yo he ido a ver el cadáver. Tenía una pequeña abertura debajo de su pectoral izquierdo.
 Entonces es probable que esta daga tenga algo que ver. Gracias por vuestra ayuda. Ahora he de ir a hablar con el capitán de la guardia.
 ¿Qué podemos hacer Zärven? – Preguntó el pequeño Tar.
 La noche se acerca, y si miráis al cielo ya se pueden divisar las dos lunas. Necesito que preparéis la plaza para el evento, seguramente el Imperátor lo agradecerá.
 Esperaba que fuera algo relacionado con el asesinato – Me apené – Pero si nos necesitas allí, cuenta con ello.
 De lo demás me encargo yo, creo que puedo tener una pista sobre el asesinato.
Nos despedimos de Zärven y continuamos nuestro camino hacia la plaza.
El pobre comandante tenía una cuenta atrás, y cada vez le quedaba poco tiempo. Esto me preocupaba y por ello quise ayudarle, pero él era el soldado y yo sólo una cazadora. Solo esperaba que todo le saliera bien.
Mientras, Zärven arribó a los cuarteles de la guardia. Empezó a buscar al capitán, pero alguien lo llamó.
 Otra vez tú soldado Solano.
Zärven dio media vuelta. Se trataba del capitán del puerto.
 ¿Qué hace aquí? Su lugar no está en el puerto.
 No querido amigo, yo soy el capitán de la guardia, pero de todo el país.
 Pues eso me favorece. Justamente estaba intentando encontrar al capitán.
 ¿Para qué me requieres?
 Estoy investigando el asunto del actor muerto, por orden del Gran Emperador. He encontrado esta daga manchada de sangre – Se la di – Pero su dueña asegura que forma parte de la obra, y de que esa sangre no es de verdad.
 Sólo hay una manera de averiguarlo.
El capitán llamó a uno de sus hombres, que a su vez llamó a otro, el cual tenía un pequeño frasco en la mano.
Uno de los soldados cogió la daga mientras el otro dejaba derramar parte de un líquido proveniente del frasco.
El capitán le explicó el método.
 Se trata de veneno de un tiicor. Pequeños bichos que viven en los pantanos o en lugares muy húmedos. El veneno de los tiicor penetra en la sangre y hace que se vuelva verde. Si la daga se pone de ese color, es que es sangre real.
El veneno tardó varios minutos en hacer efecto pero dio muy buenos resultados. Era sangre de verdad, y por lo tanto la de Lerotus.
 Ya lo tienes. Dentro de media hora escoltaremos al Imperátor a la plaza. Si necesitas ayuda allí estaré.
El capitán marchó con alguno de sus hombres en dirección al palacio. Zärven, por otro lado, fue corriendo a avisar a Feda de lo que había averiguado.
El comandante llegó exhausto al local. Entró, pero poca cosa dijo, ya que Feda lo estaba esperando para continuar con la representación de prueba.
Mientras, yo y Tar íbamos directos a la plaza. Había mucho murmullo y los pobres se acercaban a nosotros pidiendo limosna. El joven dios se apiadó de ellos y le entregó una moneda a cada uno.
 Pensaba que era Alinda la diosa del bien – Comenté.
 Dar dinero a quien no tiene es una buena obra hasta para el más malo de todos. No tienes por qué ser bueno para dar dádiva.
 Tu padre no haría lo mismo.
 Su corazón se nubló – Apartó la mirada – Ya no hay nada que pueda salvarlo de su inconsciencia.
Supuse que dije algo malo. Los padres siempre son un ejemplo a seguir para los niños, hasta para un dios.
 Siento haber dicho eso.
 No te preocupes. He aceptado que mi padre sea alguien maligno.
La guardia de la ciudad poblaba cualquier rincón de la plaza. El escenario estaba listo, sólo faltaban los actores.
En lo alto del cielo vi como las dos lunas, una delante de la otra, brillaban e iluminaban la pequeña fuente donde se alzaba la estatua del Antiguo.
 Tu madre seguro que nos está viendo desde allí.
 Nunca los he visto.
 ¿A quiénes?
 A ellos. A mis padres. Llevo años; siglos viviendo en Las Tierras de las Bienaventuranzas junto a miles de criadas que me atienden cuando ni siquiera las necesito.
 Así que no sólo viniste con nosotros para ver esta celebración, supongo.
 Necesitaba un respiro.
Nunca he creído en los Tres, incluso teniendo uno a mi lado. Pero pensar que hasta un dios tiene problemas me hace sentir más cerca de ellos.
Nos dispusimos a sentarnos en la fila más cercana al escenario, no obstante, algo me llamó la atención.
Un hombre y una mujer se escondieron detrás del proscenio. No me hubiera sorprendido si no fuera por mi instinto élfico.
Dejé a Tar cuidando nuestros puestos. Yo me infiltré entre el gentío y me escondí en un lugar seguro, aunque bastante sucio. Era la parte inferior del escenario.
 Lo tienes – Dijo el fuerte hombre.
 No, ese maldito comandante se lo ha llevado – Replicó la pelirroja.
 ¡Por tu culpa nos van a pillar!
 Y que quieres que hiciera, decirle que era mío.
 Exacto.
 Estaba manchado de sangre idiota. De todos modos le dije que formaba parte de la actuación.
 Eso lo retrasará un tiempo. ¿Qué hacemos?
 No lo sé. Esto se nos ha ido de las manos, nunca debimos asesinar a Lerotus - Habló sollozante.
Mi cara tornó en asombro. Debía decirle lo que había oído a Zärven.
Pero ahora no era el momento. El Gran Emperador acababa de llegar a la plaza y todos se arremolinaban ante él. Era una oportunidad perfecta para salir debajo del escenario, pero iba a ser más difícil encontrar a Zärven.
Tar se hallaba sentado, esperando a mi regreso.
 Nos vamos.
 ¿Por qué?
 He descubierto algo. Debemos contárselo a Zärven.
Le extendí mi mano y el la cogió. Juntos fuimos corriendo calle arriba a la espera de encontrar a Zärven en los cuarteles.
La fortuna nos sonrió. El comandante venía directo a nosotros, a paso lento junto a una chica pelirroja. Esa chica pelirroja.
 ¡Atrás! – Grité desmesuradamente - ¡Aléjate de Zärven asesina!
Desenfundé mi arma y se la puse en el cuello.
 Cálmate Aelenta.
 ¡Ella fue la que asesinó al actor!
 No – Imploró – Yo no he sido, lo juro. Ayúdame Zärven.
 Tranquilízate.
 La he visto conspirar con otro hombre hace un momento.
 Eso no ha podido ser Aelenta, ella ha estado conmigo.
 Pero, la chica que yo vi era igual – Aparté la espada.
 Seguro que es mi hermana, Leda.
Zärven ya lo tenía todo claro.
 Tu hermana fue quien mató a Lerotus, y Barildo le ayudó.
 No digas eso – Se quejó Feda.
 Si Aelenta tiene razón entonces es que ha sido así. Rápido, hay que avisar al capitán.
 Oh gran Antiguo, oh dioses. ¿Por qué me hacéis esto? – Decía la chica mientras se llevaba las manos a la cara.
 Los designios humanos no son culpa nuestra – Respondió Tar.
 ¿A qué te refieres pequeño niño?
 Nada – Interrumpí – Debemos darnos prisa.
Los cuatro fuimos a toda prisa a la plaza, la cual estaba completamente llena. No cabía ni una persona más.
 Yo buscaré al capitán, vosotras tres id y encontrar a Leda y Barildo.
Y así fue. Aunque Tar intervino mientras nos dirigíamos a buscar a esos dos.
 ¿Me ha confundido con una chica?
 Sí, pero pudo ser por los nervios.
 Bueno, ya le castigaré como se merece.
Mientras, Zärven empezó a abrir paso entre la multitud en busca del capitán.
Sin embargo, dio con otra persona.
Su cuerpo al completo chocó contra algo de metal. Era ni más ni menos que el Imperátor.
 Vaya, pero si es el comandante Solano. Espero que seas bueno actuando, no quiero que dejes a Kling en ridículo.
 No señor.
 Cómo va el asunto del asesinato.
 Justo ahora estaba buscando al capitán.
 Pues no te demoro más; ahí lo tienes.
El hombre se encontraba hablando con tres soldados. Parecía enfadado.
No podía esperar a que terminara de hablar, así que el comandante lo interrumpió, y justo en el peor momento.
 Espero que sea importante lo que me tengas que decir, porque no toleraré esto – Gruñó.
 Mis disculpas. Hemos encontrado a los asesinos del actor Lerotus.
 ¿Asesinos?
 Sí, son dos.
 Muy bien, y dónde están.
 Ya vienen.
Guió al capitán hasta la entrada norte de la plaza. Por la calle venían Aelenta, Tar, Feda, Leda, Barildo y el resto del equipo de actores.
 Es la chica pelirroja de vestimenta azul, y el hombre de aspecto robusto.
El capitán dio un vistazo rápido y llamó a sus hombres, que fueron corriendo a capturar a los dos culpables.
Ambos intentaron resistirse pero en vano. Aunque Barildo casi llega a escaparse.
 Ya podéis empezar a hablar – Dijo el capitán.
 Yo no he sido – Habló primero Barildo – Fue ella.
 No me eches la culpa estúpido, tú fuiste quien lo mató.
 Tus melosas palabras me sedujeron. Creí que eras tu hermana hasta que me enteré de que no. Ya entonces era demasiado tarde.
 Eres un ingenio si crees que mi hermana se interesaría por ti…
El capitán no aguantó más.
 ¡Callaos de una vez! Que hable uno de los dos antes de que os cuelgue desde las jaulas de la prisión del puerto.
 Señor, no es culpa mía, fue este hombre el que me obligó – Expresó Leda con cierta ternura.
 No intentes seducirme, mi corazón es de piedra. Dime por qué mataste a Lerotus.
 Está bien – Suspiró – Yo quería a Lerotus pero ese estúpido adoraba a mi hermana. Barildo, por otra parte, quería con todas sus fuerzas a Feda. Me hice pasar por mi hermana para cautivar a Barildo y mandarlo a que matara a Lerotus. Si no era mío, no era de nadie.
 Eres una mala pécora Leda. Como has podido hacerme esto, a mí que soy tú hermana.
 ¡Calla estúpida!, Lerotus debía ser mío. Ambas somos iguales. ¿Por qué sabía que tú eres tú y no yo?
 Eso, querida Leda, es amor – Intervino Tar.
 Llevaos estos dos a la prisión del palacio – Los soldados cumplieron la orden – En cuanto a ti Feda, nos encargaremos de que seas recompensada por todo esto.
 No hay mayor recompensa que darle un entierro noble a mi prometido – Dijo entre sollozos.
 Después de la obra tu deseo será cumplido. Sin embargo ahora, el Imperátor está ansioso de ver esta noche una actuación. Moveos.
El público esperaba la llegada de los actores. Y así fue.
Los preparativos estaban listos, sólo faltaba la aparición de los intérpretes a escena.
 Feda – Dijo Zärven con voz temblorosa – Estoy muy nervioso, es la primera vez que hago esto.
 No pasa nada, piensa en que no hay nadie y céntrate en el papel.
 Está bien, lo intentaré.
Ella salió primero y comenzó a actuar bajo el aplauso de media ciudad.
Era la hora de Zärven. Estaba alterado; muy alterado. Apenas podía recordar algo de lo que tan prontamente se había aprendido. Pero tenía que salir y actuar.
Así lo hizo.
Yo lo veía desde la plaza, sentada muy a gusto junto a Tar. Veía al pobre comandante hacer algo que en su vida había imaginado. Lo estaba pasando mal, aunque poco a poco fue perdiendo la intranquilidad, y se acostumbró a lo que estaba haciendo.
El tiempo pasaba. Los niños observaban con angustia las escenas, y los adultos comentaban la situación con su vecino de asiento.
Pronto se estaba llegando al clímax de la historia, algo que me hizo poner mis cinco sentidos en un solo punto. El escenario.
 ¡Oh gran Shasar! Tú que has descendido de Quentarior, y nos colmas con la presencia de Cenarior, la otra bien amada luna. ¿Por qué marchas? – Decía Feda con ímpetu.
 Más bien quisiera que fuera por tu seguridad, pero Alinda me llama, y mi recado ya se haya cumplido.
 ¿Es que acaso hay algo más bonito de lo que en estas semanas ha acontecido?
 No me mires con esos ojos negros llorosos porque mi puro corazón se partirá en dos trozos.
 Por tu culpa es maldito y querido ser alado. Ningún hombre me amaba en este mundo, mas tú lo hiciste, clavando tu preciosa mirada en mí.
 ¡Pobre infelices esos varones, porque no saben lo que esta buena mujer les puede dar!
 Ya no necesito a nadie más, sólo a ti.
 Conmigo no te puedes quedar porque he de marchar.
 ¡Al infierno con tus obligaciones pues!
 El amor te ciega, al igual que ha cegado a muchos otros amados. Yo sé lo que es amor, y entre nosotros es imposible.
 Entonces vete, y no vuelvas. Viviré por ti, cantaré por ti, y moriré por ti.
 Pues que tu palabra se haga realidad. Si te portas como buena mujer eres, a tu muerte yo mismo vendré a buscar tu alma.
Zärven, o en este caso el Shasar, cogió las manos de su amada y besó su mejilla. Entonces desapareció del escenario, ocultándose entre bastidores.
La muchacha se quedó sola, e iba explicando lo que ocurría con el paso del tiempo.
Prontamente llegó su fallecimiento y Zärven volvió a entrar en escena.
 Ya veo que por mí has esperado tantos años, querida y hermosa humana.
 ¿Cómo puedes venir a recogerme, si bien Quentarior aún no ha llegado?
 Te prometí que vendría a buscar tu alma, y mi diosa me concedió ese deseo.
 ¡Alabada sea Alinda, que nos glorifica con el calor de los amados!
 Y nosotros somos esos amados ahora.
 Llévame a tu hogar, en lo alto del cielo, y más allá.
 Así sea.
Ambos hicieron el amago de volar, mientras el decorado situado detrás de ellos iba cambiando.
Terminó entonces una gran obra de teatro, que recogió más aplausos que cualquier otra acción.
Zärven se encontraba muy ilusionado. Era la primera vez que hacía algo así.
Poco a poco la plaza se fue despejando. Aún quedaban los pobres, que esperaban recibir limosna.
Incluso el Imperátor se había marchado, no sin antes felicitar al grupo de actores.
Yo y Tar nos acercamos a donde se encontraba Zärven, el cual hablaba con Feda. Ella le agradecía el haber salvado la obra y de haber encontrado a los asesinos de su novio, a pesar de que se encontraba triste por lo de su hermana.
No obstante, partieron de la ciudad de inmediato, pues los requerían en Nan del sur.
 Veo que se te da bien el actuar – Habló el pequeño Tar.
 Sí, acabo de descubrir un talento oculto.
 A ver cuando nos haces una obra privada – Comenté.
 Pasará mucho tiempo, tenlo por seguro – Sonrió – El Imperátor nos necesita ver de nuevo.
 ¿Es que acaso somos sus criados?
 Parece ser que sí.
 Pues vallamos.
Caminamos varios metros, hasta que Tar nos paró.
 Me alegra mucho el haber estado con ustedes, pero he de volver.
 ¿Por qué? Tu compañía es muy agradable – Dije apenada.
 Lo mismo digo de vosotros, sin embargo, tengo que regresar.
 Espero que nos veamos de nuevo – Expresó el comandante.
 Tranquilos, volveré.
Corrió hacia un callejón, despidiéndose de nosotros al mismo tiempo.
 Un dios es nuestro amigo Aelenta.
 Sí, supongo.
 ¿Cómo que supones?, ¿es que acaso necesitas más pruebas para creer en los dioses?
 ¿Y quién me ha dicho a mí que ese chico sea un dios? Podría haber sido un niño cualquiera.
 Te gusta hacerme enfadar Aelenta.
 Bueno, a los chicos en general.
Zärven estuvo todo el camino hablando sobre los dioses. Yo, sin embargo, seguía el trayecto tranquilamente, dejando que se desahogara un poco.
Mientras, en la cárcel de Dalea-Imperá, Barildo y Leda discutían sobre lo ocurrido.
 ¡Debías de haber cogido ese maldito cuchillo!
 ¡Y yo que sabía que lo iban a encontrar, ni yo pude!
 ¡Eres el peor hombre que jamás he conocido!
 ¡Y tú una mala pécora!
El soldado, guarda de la prisión, se levantó de su asiento.
 ¡A callar vosotros dos!, por el amor de Alinda, deseo descansar. Suerte que ya es el cambio de turno, espero que el próximo guardia no tenga tanta paciencia como la que he tenido yo.
Ambos se callaron, pero se estuvieron gritando a través de sus miradas.
El guardia cogió la llave de la prisión y se la dio a otro guardia, el cual bajaba relajadamente las escaleras.
El otro se fue, y el nuevo guardia puso la llave encima de la mesa, cogió un taburete y se sentó cerca de los prisioneros.
 Tal ha sido vuestro pecado, que la cárcel no os servirá de nada – Habló el encapuchado soldado.
 Que estás diciendo maldito – Enfureció Leda - ¡Lárgate de aquí, ya tengo bastante con tener a este memo en frente de mí!
 ¿Es así como le hablas a un administrador de la justicia?
Se quitó la capucha. Su aspecto era siniestro, y su tez negra, con dos ojos blanquecinos calvados en su cara.
 ¿Qué demonios eres tú? - Preguntó Barildo asustado.
 Me habéis fallado. Yo, que había confiado en vosotros para detener a los dos muchachos.
 ¡De qué hablas! – Continuó Leda – Solamente asesinamos a Lerotus porque yo quería.
 ¿De veras? O lo mataste porque una voz te lo dijo en pleno sueño.
Leda calló.
Ella lo sabía bien. Nunca le había gustado Lerotus hasta que tuvo ese sueño.
 Yo soy Üjiel, y como me habéis fallado os condeno eternamente en el infierno.
La puerta de la celda se abrió sola. Üjiel entró y mató a ambos prisioneros.
 Ya veo que no puedo confiar ni en humanos ni en mis propios subordinados. Espero que ellos lo sepan hacer, o yo mismo tendré que hacerlo.
Se desvaneció del lugar, dejando dos cadáveres maltrechos en el suelo de la celda.
Üjiel había utilizado a esos pobres incautos para detener a Aelenta y al comandante solano, pero no pudo ser así.
Zärven y yo arribamos al palacio del Gran Emperador, pero se encontraba cerrado. Por ello fuimos a preguntar que ocurría. Un soldado que rondaba por allí nos atendió.
 Necesitamos ver al Imperátor.
 Lo siento, el palacio se encuentra clausurado.
 ¿Y cómo podemos verle?
 El Gran Emperador se encuentra en los cuarteles de la guardia.
 Muchas gracias.
Fuimos de inmediato a los cuarteles de la ciudad.
Mientras caminábamos por las largas calles de la zona pobre de la ciudad, comprobamos como todos los ciudadanos ayudaban a quitar los decorados que hasta hace poco inundaban las callejuelas.
La pureza que se respiraba en el aire no era nada comparable a la iluminación que producían Quentarior y Cenarior. Sólo una vez cada cien años.
Me acordé de la obra que recientemente había visto y me dije que seguramente Alinda nos estaría viendo, a Zärven y a mí, cuidando de su hijo.
Pero los dioses no eran de mi incumbencia, al contrario que Zärven. Para él, tener a un dios como amigo le hacía el hombre más importante sobre la faz de ÜaT. Eso era comprensible. No todos los días seres de gran poder se hacen tus compañeros.
Sin embargo, yo era muy tozuda, y por mucho que me alegrara al igual que Zärven, me preocupaban otras cosas. Una de ellas era lo que iba a hacer con nosotros el Imperátor.
No estaría dispuesta a visitar otro lugar escalofriante. No al menos sin un ejército que nos acompañara.
Después de estar pensando en mis cosas, llegamos a los cuarteles de Dalea-Imperá.
No obstante, uno de los guardias nos paró.
 ¡Alto!, el Gran Emperador se haya en una importante reunión. Esperad hasta que termine.
 Está bien soldado – Culminó Zärven un poco molesto por la situación.
Ambos nos dirigimos a una pequeña taberna cercana.
 ¿Y ahora qué hacemos? – Dije al tiempo que sacaba mi espada.
 Esperar. Guarda eso que te vas a cortar.
 Tranquilo. Que sea mujer no significa que sea torpe.
 No he dicho eso, sino que te vas a hacer daño.
 Yo controlo lo que hago – Me viré.
Mi espada seguía bien afilada. Lo pude comprobar porque pasé mi dedo índice por su hoja y me corté un poco. Lo suficiente como para alertar a Zärven.
 Lo sabía.
 Fue un pequeño despiste.
El comandante se levantó, riendo por lo bajo. Fue a pedir unas bebidas.
Volvió un rato después. Aunque la taberna estaba casi vacía, el mesonero era un poco mayor y los años le pesaban.
Una buena cerveza élfica para mí, y una mezcla especial para Zärven. Sí, lo que el comandante pidió para tomar no era algo usual. Sobre todo por el burbujeo.
Cuando iba a tomar mi placentera bebida, alguien abrió de golpe la puerta y estruendosamente se acercó a nosotros. Era un guardia. Concretamente el mismo que anteriormente nos había atendido.
 ¡Rápido, tenéis que venir conmigo!
 ¿Qué ocurre soldado? – Intenté calmarlo.
El guardia apenas podía hablar. Estaba muy nervioso, sin embargo sacó fuerzas para contarnos lo que había acontecido.
 ¡Han intentado asesinar al Imperátor!
La noticia fue chocante. Tanto Zärven y yo nos miramos durante un buen rato, dejando que el soldado recuperara el aliento.
Partimos de inmediato a los cuarteles.
Había un gran revuelo en la zona. Todos preguntaban por el Imperátor. El capitán se asomó a un balcón y nos llamó a grito pelado.
Sólo se pasaba una idea por mi mente. ¿Quién habría podido intentar asesinar al Gran Emperador?

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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Dom 18 Dic 2011, 14:27

buen chapter ese pequeño dios me cae bien
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Dom 29 Ene 2012, 21:17

Aquí va otro capítulo de mi gran compendio Razz

-- La perfidia Uruntambana --


Subimos unas estrechas escaleras hasta llegar a la habitación donde se encontraba el Imperátor con varios soldados.
 Estoy bien maldita sea – Se quejaba.
Pronto se percató de nuestra presencia, después de echar a los guardias.
Nos quedamos Zärven, yo, el capitán y el Imperátor.
 ¿Dónde habéis estado?
 No nos dejaron entrar señor, se encontraba en una importante reunión – Contestó el comandante Solano.
 Estúpidos inútiles. Les comenté que vosotros dos si podíais entrar – Musitó.
 Sentimos no haber podido estar aquí.
 Da igual. Estoy a salvo, ¿no?
 Sí señor – Hablé yo.
Se sentó en una silla de madera. El capitán se puso a su lado.
 Debí haber tenido más cuidado al desplazarme hasta aquí – Se dirigió al capitán.
 Señor, le dije que en la ciudad no estaba a salvo. Por eso lo trasladamos hasta los cuarteles.
 ¿Y qué quería que hiciera?
 La culpa es mía. Sacarlo de la ciudad era lo más importante.
 Lo que ha pasado, pasado está.
Volvió a nosotros.
 La misión que os voy a encomendar es de vital importancia – Se levantó, un poco mareado por lo ocurrido – Sabemos quiénes son los Traidores. Provienen de un pueblo al norte de la ciudad.
 Son los Uruntambanos – Continuó el capitán – Muchas veces hemos tenido problemas con este pequeño pueblo independiente. Cosechas, tierras, esclavos incluso. Pero lo que ha acontecido estos últimos días es intolerable.
 Incluso me han intentado asesinar.
Lo que nos dijo el Imperátor y su capitán dejó fascinado y concentrado a Zärven.
 Iréis al pueblo Uruntambano y os entrevistaréis con su líder. Partid de inmediato.
Tanto Zärven como yo asentimos. Nos dispusimos a salir de los cuarteles, pero el capitán nos detuvo.
 Esperad un momento. He de deciros que tratar con los Uruntambanos no es cosa fácil. Se cuenta que tienen tratos con Üjiel, y que los esclavos no los quieren precisamente para trabajar.
 ¿Quieres decir que los sacrifican? – Pregunté yo, un poco asustada por lo que había oído.
 Puede ser. De todos modos tened cuidado. Llevad este salvoconducto, os permitirá ver a su líder.
Agradecimos sus consejos y esta vez sí que salimos del cuartel.
Aun la noche permanecía, incluso cuando atravesamos las puertas de la ciudad, dejando atrás la gran capital de Kling. Quentarior y Cenarior presidían la sempiterna noche, al tiempo que alumbraban nuestro largo trayecto.
El camino al pueblo Uruntambano era extenso y peligroso, sobre todo de noche. Por ello le pedí a Zärven que nos guareciéramos en algún lugar.
 No sé dónde podríamos pasar la noche Aelenta – Empezó a observar todo lo que nos rodeaba – Aunque las lunas iluminen es muy difícil poder encontrar algo en esta noche tan cerrada.
 Caminar en la oscuridad es arriesgado. Hay criaturas que rondan por estas regiones, y no son precisamente afables.
 Lo sé elfa.
 ¿Qué te parece eso de allí?
Una pequeña abertura se habría en mitad de una gran roca.
 Podría ser la guarida de un feroz lobo.
 No te preocupes. Soy cazadora. He luchado contra animales mucho más peligrosos – Desenfundé mi arma – Mientras averiguo lo que hay, quédate aquí y llora cual niña pequeña.
 Sabes cómo sacar de quicio a todo el que te rodea – Zärven me echó una mirada asesina.
Él también desenvainó su espada.
De la grieta salía un aire fresco, que llevaba algo de polvo pero era muy agradable.
El eco de nuestras pisadas se dispersaba por todo el pequeño y casi impenetrable caminito, llegando incluso hasta el final de la cueva.
No obstante, lo que nos aguardaba no era una manada de lobos, sino un precioso y mínimo lago. Era una estampa muy bonita, tanto que a Zärven y a mí nos dejó con la boca entreabierta. El lago y toda la cueva estaban iluminados por la Gaudalia, una planta luminiscente que se podía encontrar en lugares muy antiguos y naturales.
 ¡Por los Tres! – Aclamó el comandante – Esto es mucho mejor de lo que yo pensaba encontrar.
 Tienes razón. ¿Sabes cuantos días llevo portando estos sucios ropajes? – Me quité la funda de la espada y la dejé en el suelo junto a ésta – Creo que ya va siendo hora de estar un poco más limpia.
 Espera un momento. ¿Vas a bañarte ahora?
 Sí, pero tranquilo, tú vigilarás la entrada.
 ¡Tampoco quería verte bañándote! – Zärven se sonrojó y volvió a la entrada.
Estaba sola en un precioso lago subterráneo. La verdad es que nada más meter un pie en el agua pude sentir como todos los músculos de mi cuerpo se relajaban. Era muy gratificante.
Del techo de la cueva caían pequeñas gotas, cuyo sonido se transportaba por toda la sala. Tan satisfactorio era todo, que nada más cerrar los ojos pude sentir como desconectaba con todo lo que me rodeaba.
No supe cuánto tiempo estuve en el lago dormida; sólo sé que la voz de Zärven desde la entrada a la cueva me despertó.
 Esto… Aelenta… me gustaría darme un baño a mí también.
 Ya salgo.
Me daba pena tener que salir del agua, pero no me quedaba más remedio.
Cogí la ropa, la lavé y me la puse de nuevo. Fui hacia la entrada, donde encontré a Zärven apoyado en la roca.
 Te toca.
 Ya era hora.
El comandante bajó y rápidamente se quitó la ropa. Poco a poco fue entrando en el agua y una vez dentro suspiró aliviado.
 Gran placer que los dioses me regalan – Dijo al tiempo que introducía su cabeza bajo el límpido lago.
La noche, después de haberme dado un grato baño, parecía distinta. Diversos ruidos nocturnos se mezclaban con la tranquilidad del crepúsculo.
 Ya puedes entrar – Me avisó Zärven, dejando una profunda resonancia a su vez.
Bajé por el caminito hasta llegar junto al comandante.
 Creo que podríamos pasar la noche aquí.
 Me parece bien. ¿Qué hay de la entrada?
 Yo me ocupo. Ve y descansa.
Zärven marchó a la puerta de la cueva. Yo, por otro lado, me dispuse a acostarme. El sonido del goteo, incesante pero hipnótico, hizo que me durmiera pronto. Sólo pude escuchar por último a Zärven volviendo a bajar hasta donde me encontraba. Después de eso, me dejé llevar por el mundo de los sueños.
Ni siquiera supe si la mañana había llegado. Estaba profundamente dormida. El tiempo me pareció ir lento, como nunca antes. Sin duda estaba un lugar mágico. Fue Zärven quien me despertó, alegando que el sol ya había salido de entre las montañas.
Mi estómago rugía cual rinobramante hambriento. Sin embargo, Zärven me dijo que no había nada de alimento. Así que no me quedó más remedio que salir a montear. Por fin haría mi trabajo.
Sigilosamente me acerqué a mis presas y pude darles caza. Así fue como conseguí el desayuno.
A Zärven no le gustaba eso de tener que comer algo que aún metido entre las llamas seguía pataleando. Por ello él no se alimentó esa mañana.
Me daba pena y mucha tristeza tener que abandonar ese lugar divino. Pero el deber nos llamaba, y las órdenes del Gran Emperador fueron muy explícitas.
Continuamos nuestro rumbo hacia el país uruntambano.
 Dime Zärven. ¿Crees que nos recibirán con los brazos abiertos?
 Aquellos que han intentado asesinar al Imperátor, y bloquear una ciudad no son de fiar. Estamos en misión diplomática.
 Así que si nos sacrifican ya sé de quien será la culpa.
 ¿Del Imperátor?
 No, tuya. Porque me estás llevando a una muerte segura.
 Si no quieres venir no vengas. Mis órdenes son claras, ayudar al Gran Emperador hasta que se solucione el problema de Quiternus.
Hacía varios días que no oía ese nombre.
 Casi me había olvidado cual era tu cometido aquí.
 Por mucho que ayude al Imperátor soy un soldado Solano, y me debo a Linda, nuestra general.
 Tu deber también es la de proteger al rey de Borgduás. No veo que lo hagas.
Zärven calló. Siguió su camino sin decir absolutamente nada. Yo me preocupé.
 Lo siento si he dicho algo que no debía.
 No pasa nada. Quiternus ha perdido el respeto de su cargo y solamente cumple con lo que su mente le manda.
 A lo mejor el rey necesita de su comandante.
 ¡Basta! – Gritó con mucha fuerza – No quiero seguir hablando de esto.
Si hay algo que verdaderamente le importara a Zärven era su puesto como comandante de la guardia Solano. Este no era el momento de hablar de ello, por eso lo dejé solo con sus pensamientos.
Pronto arribamos a lo que es un cruce de caminos. Dos señales marcaban las desviaciones. En una señalaba, con estupenda grafía, a la izquierda y decía “Nan del norte”. En la otra, un poco más descuidada y apuntando a la derecha, indicaba el camino hacia el país de Uruntamban.
Tornamos hacia la derecha. La vía pronto empezó a dirigirse hacia el norte.
A cada paso que dábamos, los árboles de aspecto tenebroso comenzaban a taparnos la iluminación. Podría decirse que nos quedamos a oscuras, aun siendo de día.
Los ruidos del bosque nos mantenían alerta por todo el sendero. Chillidos espeluznantes, fuertes graznidos o trotes lentos y pausados.
 Creo que ha sido una mala idea venir.
 Es nuestro mandato Aelenta. ¿Prefieres que el Imperátor nos cuelgue desde lo alto de la prisión del puerto?
 La chica tiene razón. No deberíais haber venido.
Nos vimos rodeados por grandes hombres de aspecto oscuro. Llevaban largas capas desgarradas y robustas armaduras.
La voz que nos habló venía de entre los árboles. Después de que nos encontráramos cercados por tales hombres, cuyas armas estaban apuntando hacia nosotros dos, alguien salió de la espesura.
 ¿Quiénes sois y que hacéis en nuestro territorio?
 Venimos a pedir audiencia con los uruntambanos – Habló Zärven, el cual tenía una espada apuntándole al cuello.
 También he preguntado quienes sois.
El comandante suspiró.
 Yo soy Zärven, comandante de la guardia Solano del reino de Borgduás, y ella es Aelenta, una elfa y mi acompañante.
 ¿Y qué hace un soldado Solano en nuestras tierras?
 Ya lo hemos dicho – Intervine, interrumpiendo a Zärven en su palabrería – Queremos ver a los uruntambanos. ¡Dejadnos ir!
 Nosotros somos uruntambanos.
Zärven no hizo ningún movimiento, pero yo sí. Al ver que esos eran los famosos uruntambanos me llevé una gran impresión. Sin duda eran los mismos con los que nos topamos en el puerto.
 Os llevaremos gustosamente con nuestro líder.
Nos apresaron y nos condujeron por todo el camino restante.
Pronto arribamos a una ciudad construida a lo largo de una cordillera montañosa. El complejo se situaba dentro de una empalizada, varias casas estaban construidas en la misma piedra de la montaña. Pero lo que más destacaba era una gran puerta de piedra que iba desde el suelo de la montaña hasta lo más alto.
 Bienvenidos a Uruntamban. O como nos gusta llamarlo a nosotros, el ante infierno.
Nos dejaron delante de un trono de piedra, el cual se elevaba delante de la gran puerta.
Un hombre, de aspecto oscuro, se acercó y se sentó. Portaba una gran armadura de hierro, decorada con extraños signos; los mismos que habían en la puerta.
 Mis soldados me han dicho que queríais verme.
Nos quitaron los amarres.
 En efecto. Venimos por orden del Gran Emperador de Kling. Esperábamos que nos comentara por qué habéis querido asesinarle.
 ¿Nosotros?
 Sabemos que un grupo conocido como los Traidores trabajaban desde las sombras en el puerto de Kling. Éstos intentaron asesinar al Imperátor ayer, y se ha llegado a la conclusión de que fuisteis vosotros.
 Relájate pequeño comandante. Sí, fuimos nosotros.
 ¿Por qué? – Hablé yo, mirándole fijamente a sus blanquecinos ojos.
 Porque así lo ha mandado nuestro señor Üjiel.
Zärven y yo nos miramos.
 Presiento que sabéis poco sobre nosotros, los uruntambanos.
 Sí. Sólo nos han avisado de que sacrificáis personas.
 Y así es. Mi ayudante os contará todo sobre nosotros – Sonrió maléficamente y se marchó.
Nos trasladaron hasta una casa hecha de pieles. Allí se encontraba, como todos los hombres de este pueblo, un varón de aspecto oscuro y sombrío que se sentó frente a nosotros.
Sin parpadear si quiera, comenzó a hablar.
 Somos los uruntambanos, hombres que hemos vendido nuestras almas al señor del mal Üjiel. Antaño fuimos humanos como vosotros, elfos, enanos, tumbarions. Pero cuando Üjiel nos arrebata nuestras almas nos convertimos en esto. Seres despiadados que sólo obedecen las órdenes de su señor.
 ¿Por qué vendéis vuestra alma? – Intervine.
 Porque como éramos antes nos trataban muy mal, siempre recibíamos calamidades de todo tipo. Así somos más fuertes, y nos temen.
Se levantó, cogió un cuenco y volvió a sentarse. Empezó a engullir mientras seguía hablando.
 Cuando muramos, iremos al infierno y nos convertiremos en siervos de nuestro señor. Pero los jefes de nuestro pueblo se convertirán en grandes señores demoníacos. Nuestro líder actual es Zenthilus y aspira a ser marqués de Gelodia.
 ¿Gelodia?
 Es una zona fría del infierno – Me miró con algo de desprecio por haberle interrumpido – Continuo. Nuestro antiguo señor, por ejemplo, se convirtió en terrateniente de las Marcas Xilífelas, un lugar ubicado en la zona verde del infierno donde las almas son cazadas brutalmente.
 El mal siempre recompensa a sus siervos - Habló Zärven – Pero lo hace a cambio de algo.
 Matar a la persona que más quieras. Ese es el precio por una vida en el infierno. Miradlo por el lado bueno, no seremos torturados.
 Es horrible – Dije yo, imaginándome como sería matar a mis seres queridos.
 Aún no he terminado – Nos callamos en el momento – Mientras sigamos con vida somos los guardianes de la Puerta del infierno, esa tan grande.
 ¿Me estás queriendo decir que detrás de ese gran portón está el infierno?
 Sí, elfa. Esa es nuestra historia.
 Ya tenemos todo lo que queríamos saber Aelenta, es mejor que nos vayamos.
 ¿Iros? Lo siento jóvenes, pero ahora que habéis pasado nuestro territorio no podréis iros.
Dos hombres entraron en la tienda y nos apresaron de nuevo. A mi me llevaron ante el jefe de los uruntambanos y a Zärven… bueno, no sé a donde se llevaron al comandante.
 He de comentarte un asunto de vital importancia, elfa.
 Qué quieres – Gruñí.
 En nuestro pueblo no nos gustan las mujeres, por si no te has dado cuenta.
A decir verdad, Zärven y yo no nos habíamos encontrado con ninguna mujer.
 Las mujeres sólo hacen descentrarnos de nuestra tarea; cumplir los designios de nuestro señor Üjiel.
 ¿Me vais a matar?
 Oh, pues claro que no.
 Entonces que vais a hacer conmigo – Comencé a preocuparme por si se trataba de algo peor.
 Nosotros no te vamos a matar. Lo hará tu amigo.
El tiempo se paró. Las hojas de los árboles dejaron de moverse, el viento ya no soplaba. Esas palabras me dejaron completamente paralizada.
 Ahora sois nuestros prisioneros, y aunque me gustaría cortar ese lindo y frágil cuello, preferiría que lo hiciera el soldado.
 Por favor, no podéis hacernos esto.
 Claro que si puedo. ¡Lleváosla!
Empecé a patalear. Intentaba soltarme y evitar que me agarraran pero fue inútil.
Me dejaron caer al suelo cruelmente.
 ¿Estás bien?
Giré hacia la voz. Se trataba de Zärven.
 Sí, aunque creo que me han tirado sobre una piedra.
 El capitán tenía razón Aelenta, que vamos a hacer. No quiero matarte.
Al parecer a él le habían comunicado lo mismo que a mí.
Estábamos en un cierto aprieto, y el tiempo iba en nuestra contra. Zärven no quería mirarme, la culpa de su futuro acto le destrozaba por dentro.
En la tienda sólo permanecía el silencio. Eso me producía miedo, aunque había estado en situaciones peores. Cuando estuve en el templo estaba completamente sola, a oscuras. Sin embargo ahora tenía a Zärven.
Intenté demostrarle que no estaba preocupada. Le sonreí, pero él seguía sin mirarme. Se encontraba apenado, observando fijamente una de las esquinas de la jaula. Preguntándose, lo más seguro, por qué tenía que hacer esto. Por qué acabamos en esta situación. Todo por culpa del Imperátor.
La noche se hizo larga, pero el día llegó. El sol apenas quiso asomarse. Incluso él tenía miedo de lo que iba a acontecer.
No obstante, los uruntambanos no podían esperar por ver como mi compañero me iba a matar. Estaban ansiosos. Ávidos de sangre y dolor.
Nos llevaron delante del pequeño trono, en comparación con la gran puerta de piedra, clavada en la montaña.
A mi me llevaron a una tienda, mientras que a Zärven lo preparaban.
Dos uruntambanos se acercaron a mí.
 Hace tiempo que no vemos a una chica desnuda.
 Tienes razón. Pero nuestro señor Üjiel nos obliga a odiarlas – Se apesadumbró pero seguidamente sonrió.
 Pero Üjiel no está mirando.
 Tienes razón. Esto va a ser mejor que aquel día en que exigí a mi hermano pequeño a matar a toda mi familia.
Sus manos, negras y sucias, se empezaron a acercar lentamente, bajo las risas de los dos oscuros hombres.
Una espada, oxidada, le atravesó el cuello al que se encontraba a mi derecha. Apenas me habían rozado. Suspiré aliviada, agradeciendo su muerte; aunque eso no me hiciera ningún bien.
Se trataba de Zenthilus.
 Las mujeres son para odiarlas, no para lo que pensabais hacerle.
El otro salió corriendo de la tienda. Pidiendo a gritos clemencia.
 Disculpadme por tal atrevimiento de uno de mis hombres.
 Da igual. ¿Es peor eso que la muerte?
 Violé a muchas chicas cuando era humano. Con el paso del tiempo me di cuenta de que las odiaba. Y sin embargo seguía haciéndolo – Me ofreció su mano para ayudarme a levantarme – Mi problema no eran las mujeres ni lo que hacía con ellas. Sólo era la soledad que había sufrido desde el momento en que nací. Üjiel me mostró el camino.
 Eres un monstruo como todos los demás – Gruñí.
 No. ¿Acaso prefieres que hubiera seguido violando a chicas guapas como tú? – Guardó su arma – Entonces si era un monstruo, ahora lo único que quiero es pagar por todo eso y el único sitio es el infierno. Por mi filosofía fui nombrado líder de este pueblo. Sólo hago lo que ellos quieren, y ahora mismo desean muerte.
 Por qué no lo impides.
 Porque si lo hago, el destino que yo quiero no será como espero. Lo siento elfa, pero las normas de Üjiel son así. Él odia a las mujeres, nosotros también, tú eres una chica joven y por lo tanto has de morir.
 Retira lo de joven – Me levanté sin su ayuda – Acabemos con esto de una vez.
Era una mujer dura. Había sobrevivido a muchas situaciones, aunque siempre acababa viniéndome abajo. Pero era fuerte, ya que yo, a diferencia de otros, recordaba todo lo que me había sucedido como una anécdota, y no como contrariedades de mi vida.
 Ponte esas prendas – Señaló a una mesa.
Eso no se podía llamar vestimenta. Una camisa agujereada y un pantalón indecente y maloliente.
Ambos salimos de la tienda.
Zenthilus se dirigió al trono, y yo fui junto a Zärven. El comandante se encontraba asustado, apenas podía mantenerse en pie.
 He matado a muchos hombres Aelenta, pero nunca a una mujer. Y mucho menos a una amiga.
Todos los uruntambanos rugían. Querían ver como me ensartaban con una espada, que apenas estaba afilada. Moriría, pero sufriría por ello. Sólo me quedó esperar a mi muerte, mirando al suelo y viendo como pequeños bichos cruzaban de un lado a otro.
 ¡Hace tiempo que no disfrutamos de una velada tan prometedora! – Comenzó a hablar Zenthilus - ¡Hoy, gozaremos de la bien llamada amistad hasta la muerte!
Las risas se mezclaban con los alaridos. Pude comprobar incluso de que a algunos les salía espuma por la boca, sólo por querer presenciar mi muerte.
Zenthilus se acercó a mí.
 Si hay algo más que les motive que la muerte de alguien, es la muerte de una chica como tú.
Luego se marchó y se sentó en el trono.
 ¡Puedes empezar chico! – Se dirigió a Zärven.
El comandante no se movió de su lugar. Alzó su espada hasta el costado y la miró detenidamente.
El público gritaba que se moviera.
Zärven miró hacia mí. Me vio con mi pelo suelto, mis brazos agotados y mis piernas lánguidas. Estaba dejándome matar por él. Lo tenía decidido, al menos si moría por las manos de alguien, que fuera por las de Zärven y no por la de estos seres anhelantes de muerte y dolor.
El comandante echó un vistazo a su alrededor. No le quedaba más remedio.
Se abalanzó contra mí, a toda prisa, con la espada empuñada como si fuera una lanza.
Chocó brutalmente contra mí. Estaba muerta.
O eso creía. Aún seguía viva, aunque mi corazón palpitaba como nunca antes.
 Escuchame Aelenta – Dijo Zärven, mientras los gritos de los uruntambanos ocultaban sus palabras – Quiero que cuando saque esta espada de entre tu brazo, corras a más no poder. Mientras, yo iré en la otra dirección. Nos encontraremos en aquella cueva de ayer.
 ¿Cómo voy a huir?
 No lo sé. Tú eres la cazadora, esperaba que tuvieras algún plan de huida. Seguramente tú lo conseguirás, pero de mí no estoy seguro. Sea como sea no me esperes, si vez que en dos horas no he aparecido huye a Dalea-Imperá.
 Cuídate Zärven.
 Lo mismo te digo.
Suspiró y sacó la espada, que se encontraba apoyada entre mi cuerpo y mi brazo izquierdo.
Zärven dio media vuelta y corrió como nunca antes le había visto. Yo hice lo mismo.
Zenthilus, que se encontraba sentado plácidamente, saltó del trono y llamó a todos a que nos atraparan.
Me oculté detrás de una tienda. Oía el pisar fuerte de los uruntambanos. Se movían rápidamente. Tenía que salir de allí.
La aldea estaba completamente rodeada de una empalizada apenas inquebrantable. La única entrada y salida estaba cerrada y custodiada. Sólo había una manera, subir a una de las atalayas y tirarme.
Sorteé a los uruntambanos como pude. Me costó llegar, pero lo hice. Avancé rápidamente y llegué a la cima. Zenthilus me persiguió.
Miré hacia abajo y no me lo pensé dos veces. Me tiré de lo alto de la atalaya.
No sabría decir cuantos agolpes me llevé ese día, pero lo importante es que seguía viva. Ahora solamente me quedaba salir de ese horrendo lugar.
Zenthilus me observaba desde la atalaya, huyendo a través del bosque.
 ¿Qué hacemos señor?
 ¡Dejadlos! – Su mano apretó fuertemente la barandilla de la torre – Üjiel me cortara en pedazos después de esto.
No miré hacia atrás, simplemente corrí con la esperanza de que no me persiguieran, y de que Zärven también hubiera escapado.
Sin embargo, ya no tenía fuerzas y tuve que apoyarme en un árbol. Respiraba fuertemente, intenté no hacerlo pero me era imposible. No obstante, parecía que nadie me perseguía, aunque eso no me tranquilizaba.
Seguí corriendo hasta que por fin dejé el bosque.
Tardé una hora en salir de la espesura, con el miedo inundando mi corazón. Ningún uruntambano me seguía, y eso me reconfortaba. Sin embargo, estaba más preocupada por Zärven.
Llegué a la cueva; vacía, iluminada, silenciosa.
Me senté en una roca, a la espera del comandante. Pero no apareció.
Los segundos pasaron, los minutos volaron y Zärven no aparecía. Comenzaba a estar verdaderamente nerviosa. Pensaba en que había sido atrapado, o peor aún, su muerte.
Necesitaba alejar esos malos pensamientos de mi cabeza. Sólo me quedaba cantar. Algo que evitaría a mi mente pensar esas cosas.
 La bendición, de los cielos, ha caído, ante ti. Mira a los ojos, de tu anciana madre, que dicen huye de aquí. Emigra al bosque, pues te persiguen. No son buenos, son malvados, y por ello te quieren. Si un ángel sin alas aparece, ve con él, ya que por fin…
 Habrás conseguido, el destino divino, que para ti, no era más que conseguir, el amor bendito – Terminó una voz ronca mezclada con el eco.
Me di media vuelta en dirección a la entrada. Era Zärven, pero su aspecto estaba demacrado. Cayó rodando por toda la pequeña inclinación que daba a la abertura.
 ¡Zärven! – Corrí hacia él.
 Lo sé. Canto fatal.
 ¡Calla estúpido! – Cogí un poco de agua y se la eché por la cara - ¿Qué ha ocurrido?
 Logré esquivarlos, pero me encontraron. Tuve que saltar la empalizada.
 ¡Saltarla! A simple vista mediría unos 3 metros.
 ¿Y me lo dices tú, qué te vi saltar de lo alto de la atalaya?
 Yo estoy acostumbrada a golpes fuertes, pero tú…
 Tranquila, estoy aquí, sano y salvo. Aunque conseguir subir a una de esas casetas y luego saltar a más no poder es una hazaña que nunca pensaba conseguir – Tosió muy fuerte.
 ¿Por qué no saliste rápidamente?
 No iba a dejar tu preciado sombrero en las manos de esos seres – Sacó mi cofia desde su espalda – Creo que me he caído encima de él. También conseguí tus ropajes.
Me levanté y me puse el sombrero.
 Debería dejarte ahí por semejante estupidez. Tu vida no la merecía mi sombrero.
 Pero te gusta. Te lo acabas de poner.
 Deberíamos irnos.
 Tienes razón – Se levantó entre dolorosos quejidos – La última vez que los perdí de vista me seguían cinco de ellos.
Conseguí ponerme mis ropajes por encima de los que ya tenía. Apoyé a Zärven en mí y salimos de la cueva.
Partimos de allí con la esperanza de que los uruntambanos hubieran desistido en nuestra búsqueda.
A paso lento proseguimos el camino a Dalea-Imperá, con el sol achicharrando nuestros cuerpos mientras el pobre comandante ya no daba más de sí.
No obstante, nuestros corazones dieron un vuelco cuando nuestros ojos divisaron las finas torres del palacio de la oscura ciudad, engullida por negras nubes.
Ambos nos miramos, alegrándonos por haber salido del mismísimo anteinfierno. El júbilo era sumamente infinito y cada vez que nos acercábamos, más contentos estábamos.
 Mira Zärven, ya estamos muy cerca de la ciudad.
 Espero llegar vivo – tosió muy fuerte, dejando pequeñas manchas de sangre impregnadas en la senda.
 Aún me debéis un enfrentamiento.
Una voz aguda nos alertó. Provenía de una roca, justamente en su cima. Allí se encontraba Zenthilus. Varios uruntambanos nos rodearon.
 ¿Os pensabais que ibais a escapar de nosotros? – Habló el líder – Simplemente estuvimos vigilándoos. Pero os estabais acercando demasiado a la capital.
 ¿Qué quieres de nosotros? – Pregunté agarrando fuertemente a Zärven, abatido por sus graves heridas.
 Vuestras muertes. Pero esta vez serás tú, elfa, quien le mate a él.
Miré al pobre comandante, el cual mantenía los ojos cerrados, yo diría que incluso ajeno a todo lo que ocurría.
 Acaso no vez como está. Su salud peligra por momentos, he de llevarlo a que lo sanen.
 Me parece bien. Pero yo tengo otra solución que aliviará su dolor, y es que lo mates. Mi pueblo pide vuestras muertes, y así se hará, lo hagas tú o lo hagamos nosotros.
El sudor se dejaba resbalar por mi cara, debido a las altas temperaturas, o debido a la complicada posición en la que Zärven y yo estábamos envueltos.
 El tiempo pasa, decide o lo haré yo.
Necesitaba una intervención divina para poder escapar de allí. Sin embargo, hubo algo que se me pasó enseguida por la mente. Era una elfa, amante de la naturaleza y correspondida por ella.
“Mealem ar Arum”. Esas palabras valieron para que los animales del bosque vinieran en nuestra ayuda y mantener a raya a los uruntambanos.
Era algo extremo, pero no me quedó más remedio. Tuve que cargar con Zärven.
A duras penas pude con él. Pesaba mucho más que yo, y sin duda me podía. Aun así tenía que hacerlo.
 ¡No les dejéis escapar! – Gritó Zenthilus, el cual intentaba quitarse de encima a los incesantes partocnis.
Sin duda los partocnis eran unos fieles aliados. Aves negras de mediana estatura, con dos alas a cada lado, y un solo ojo, cuyas garras se clavaban en todo lo que se posaran.
No obstante, uno de los uruntambanos colocó su lanza sobre el hombro y la lanzó, con tan mala suerte que vino a dar a mi pierna. La pica atravesó y quedó estancada en mi pernil izquierdo.
Caí, arrojando al pobre Zärven, que se hallaba inconsciente. El dolor era insoportable, pero al menos los uruntambanos se vieron obligados a huir.
Ambos yacíamos tirados en medio del camino. Intenté quitarme la lanza pero nada más tocarla suponía un continuo dolor.
Que sería de nosotros sin nadie que pasara por esta carretera. Zärven acabaría muriendo y yo también. Poco a poco mis ojos iban pesando cada vez más. Intentaba mantenerme despierta pero me era imposible. Finalmente se desplomaron, dejándome en un profundo sueño.
No supe cuanto tiempo pasó hasta que oí las primeras voces.
“Cogedle a él también”, “Tened cuidado, están muy débiles”.
Notaba como me llevaban en brazos. Todavía mi cuerpo se encontraba inactivo pero podía seguir oyendo voces.
“Llevadlos al palacio”, “No, ella viene con nosotros”
Durante un tiempo dejé de escuchar. Estaba ausente de lo que me ocurría, pero pude despertar de mi letargo.
Eché un vistazo a mí alrededor. Pude comprobar también que mi pierna estaba vendada. Me encontraba en una especie de enfermería, donde había más personas heridas, quejándose lentamente de sus agonías.
Aún me dolía la pierna izquierda, pero logré ponerme en pie. Justo en ese momento entró el capitán de la guardia; acompañado de dos soldados.
 Si fuera tú me volvería a acostar.
 ¿Dónde estoy? ¿Y cómo he llegado hasta aquí?
 Este es el hospital del palacio. Un pastor os encontró tumbados en el suelo, alertado por unos estrepitosos graznidos. Llamó de inmediato a la guardia.
 He de agradecerle su ayuda entonces, y la vuestra. ¿Qué hay de Zärven?
 El comandante Solano se halla en otro lugar del hospital. Sus heridas eran más graves.
Intenté caminar, aunque la pierna no cesaba en su dolor.
 Eres elfa, sanarás pronto. Mientras tanto descansa. El Imperátor vendrá después ha visitarte.
Como mismo vino se fue.
Pasaron varias horas hasta que volví a escuchar ruidos de metales. El Gran Emperador apareció por una de las puertas laterales. Se acercó a mí.
 Enviaros al pueblo uruntambano fue una mala idea.
 Obligaron a Zärven a matarme, aparte claro está, de las importantes lesiones que recibimos.
 ¿Descubristeis sus intenciones? – Hizo caso omiso a mis palabras.
 Sí, ellos eran los Traidores, y sin duda intentaron asesinarlo.
 ¡Malditos hijos de Üjiel!, que el Antiguo les haga sufrir.
 Invocar a los dioses no va a servir de nada.
 Tienes razón. Los uruntambanos ya no os molestarán más. Ahora tenemos otros asuntos de los que tratar.
 ¡No pienso volver a trabajar para vos!
 Tranquilízate Aelenta. Zärven ya ha cumplido con las expectativas de Linda, la general Solano. Lo que te voy a contar tiene que ver con Borgduás.
 ¿Qué ha ocurrido?
 Quiternus ha arrasado la ciudad enana de Grömmor. El Paléntogo enano, Karit, ha muerto en la batalla, y su hijo ha sido encarcelado.
 Quieres decir que los enanos…
 Todos muertos, excepto algunos de la nobleza enana. Pero eso no es todo. Linda también ha sido encarcelada por intentar detenerlo.
 ¿Por qué?
 Al parecer intervino en los planes de su hermano y esto no le sentó nada bien a Quiternus.
 Pobre Zärven, cuando se entere le dará un infarto.
 Aún queda algo por decir. Quiternus marcha a la isla de Légacy con un contingente de soldados Solano.
 ¿Qué quiere hacer en la isla?
 No lo sabemos pero pensamos que…
 Las esencias – Interrumpí al Imperátor, cosa que no le sentó nada bien.
 En efecto – Contestó con rabia – O al menos eso es lo que creemos el capitán y yo.
 ¿Por qué me cuenta todo esto?
 Zärven y tú tenéis permiso para ir a Légacy. Un barco os estará esperando en el puerto de la ciudad – Se dio la vuelta – Si Quiternus consigue las dos esencias podrá llamar a los ejércitos demoníacos, y sin duda nos atacará. Kling no puede hacer frente a una amenaza demoníaca en estos momentos, por eso debéis conseguirlas antes que él. Mañana irás junto a Zärven y podréis marcharos – Decía al tiempo que se marchaba.
Todo lo que me dijo el Imperátor me dejó aturdida. Quiternus estaba fuera de control, y sin su hermana de por medio lo estaba aún más.
Su pequeña conquista por el continente de Alamús había hecho que el miedo de los ciudadanos hacia él aumentara. El hijo del aclamado héroe nacional, Marcu II, era solo una sombra de lo que su padre fue. Y nadie lo quería como rey.
Quiternus había recluido al hijo de Karit y heredero al trono enano. Su nombre era Kariten, un afamado soldado que destacaba por su bravura y su negativa a huir de la batalla. Pero al parecer esta vez no funcionó.
No podía dejar de pensar en lo que el rey había hecho con todos esos pobres enanos, aniquilados y su ciudad devastada.
El odio de Quiternus hacia las razas había ido muy lejos, y en ese momento me propuse en pararle lo pies fuera como fuera.
Mientras, en el pueblo uruntambano ocurría algo muy ajeno a la hazaña de Quiternus.
 Hemos sido espantados por los animales del bosque, es lamentable señor.
 ¡Calla!, sabes lo que significa esto. Mi puesto como marqués de Gelodia pende de un hilo.
 En lo que llevamos de historia, nadie había escapado de nuestro pueblo. Eso sólo puede significar que eres el peor líder que hemos tenido.
 Vuelve a decir eso y te corto la lengua, y luego te la hago tragar – Dijo Zenthilus mientras agarraba a uno de sus subordinados por el cuello.
El líder lo soltó y se llevó las manos a su costado.
 Nuestro trabajo ha concluido. Ahora es el momento de ese humano.
Antes de que amaneciera, mis ojos empezaron a abrirse. Noté como el dolor de mi pierna se desvaneció. Lo más probable es que desapareciera a lo largo de la noche. Era una de las ventajas de ser elfa, aparte claro está de la inmortalidad.
De un salto me puse de pie. Gozaba ahora de una salud fuerte, y apenas sentía dolencias en mi pernil.
Tenía que encontrar a Zärven y explicarle todo lo que ha acontecido.
Salí del hospital y me interné en los anchos pasillos del palacio. Aparte de ser amplios, también eran altos. Me sentía omnipotente al pasar por esos lujosos pasillos, a cada cual mejor.
Como mismo ocurría en el palacio de Borgduás, en el pasillo en el que me encontraba se hallaban los cuadros de los reyes de Kling.
La maravillosa y sempiterna Dalea, primera y única reina femenina de Kling, que unificó los reinos salvajes y los unió a su reino. También fue la fundadora de la capital, a la que debe su nombre.
Más adelante se encontraba Lintilas III, rey de Kling durante la ascensión de los dioses. Su hijo iba a casarse con la diosa Alinda, pero Üjiel se lo impidió.
Otro rey importante del país de Kling es Lintilas XI. Durante su reinado hizo frente a los Altos Elfos que intentaban reclamar por la fuerza la isla de Légacy. Lintilas XI mantuvo en raya a los elfos y éstos salieron perdiendo, viéndose obligados a huir al archipiélago de Man-Falaoor, al sur de Alamús.
Gracias a este rey, nosotros, los Bajos Elfos pudimos vivir en paz, pero a costa de miles de los nuestros abatidos y muertos en el campo de batalla.
Un soldado del palacio se acercó a mí.
 ¿Puedo ayudarla en algo señorita?
 Sí, estaba buscando a Zärven.
 El comandante Solano se encuentra tras esa puerta – Señaló un gran portón.
 Gracias.
Fui de inmediato.
Los guardias abrieron la puerta. En medio de la habitación se encontraba Zärven, despierto, hablando con el capitán de la guardia de Kling.
Me acerqué lentamente. El capitán se percató de mi presencia.
 Os dejo solos.
Dio un paso a atrás y se dirigió a la puerta. Los guardias la cerraron después de que éste se marchara.
 ¿Cómo te encuentras Zärven?
 Ahora mucho mejor. Gracias a tu ayuda.
 Más bien fue por la asistencia de los animales del bosque. Yo simplemente los avisé.
El comandante esbozó una apenada sonrisa.
Aparte de que su estado de ánimo no era el adecuado, yo debía de contarle todo lo acontecido en los últimos días. No sabía como se lo iba a tomar.
 Zärven…
 Lo sé Aelenta, el capitán me lo acaba de comentar. Nos vamos a Légacy, debemos impedir que Quiternus se haga con las esencias.
 Es un consuelo. Pensé que sería yo la que te tendría que decir las acciones de Quiternus – Suspiré aliviadamente.
 El capitán me habló de la isla, pero no de eso. ¿A qué te refieres?
Al parecer, después de todo, era yo la que debía de explicarle las malas noticias.
 Quiternus ha asediado Grömmor. Todos los enanos han muerto, a excepción de algunos nobles. La general Linda ha sido encarcelada y ahora marcha a Légacy a buscar las esencias para provocar una guerra entre Borgduás y Kling, o al menos eso es lo que dice el Imperátor.
 ¡¿Qué?!
Zärven pegó un rebote y se levantó en un instante; yo diría que ajeno a sus dolores.
 ¡La locura de Quiternus está yendo más allá de lo que esperaba!
 ¿Qué hacemos?
 Nos vamos a Légacy.
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MensajeTema: Re: Zärven. Historias de ÜaT   Lun 30 Ene 2012, 22:20

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